No items found.
No items found.
No items found.
No items found.

Saudade y desarraigo: Diego Luna habla de la migración retratada en <i>Ceniza en la boca</i>

Saudade y desarraigo: Diego Luna habla de la migración retratada en <i>Ceniza en la boca</i>

Texto de
Fotografía de
Realización de
Ilustración de
Traducción de
Foto de Corey Nickols.
05
.
11
.
26
AAAA
Tiempo de Lectura: 00 min

El actor mexicano presenta el quinto largometraje de su filmografía en la silla de dirección; una adaptación libre de la novela homónima de Brenda Navarro que perfila el dolor provocado por migrar, dejando atrás tu identidad.

Son raras, pero hay emociones profundas y complejas que pueden ser nombradas con una sola palabra, capaz de capturar todo su significado. En las provincias gallegas (y también, claro, en las amplias zonas del mundo lusófono) se le llama saudade a ese sentimiento de desgarramiento matizado —agridulce y melancólico— provocado por una persona o una realidad que solo vive ya en nuestros recuerdos. Y hay quienes dicen que, una vez adquirido, es prácticamente imposible despegarte esa tristeza del corazón.

A Diego Luna, la saudade por la tierra en que nació le llegó de golpe cuando tuvo en sus manos, por primera vez, Ceniza en la boca, una novela de Brenda Navarro, que narra con maestría la historia de Lucila, una joven golpeada por el desarraigo en cada paso de su vida. Lo sufrió cuando su madre se fue a España en busca de una vida mejor para ella y su hermano; también cuando ambos emigraron a una ciudad como Madrid, que siempre les recordaba que no pertenecían. Lo mismo cuando ella huyó a Barcelona para iniciar su propio camino, sin su hermano, y convirtiéndose en lo que tanto le reprochó a su madre. Finalmente, la herida estuvo allí en su viaje de regreso a un México que ya no era el suyo, pero al que regresaba con las cenizas de su hermano entre las manos, el último recuerdo de un joven a quien la soledad y el abandono empujaron desde el balcón de un quinto piso.

Como lector, Diego quedó destrozado con aquel relato. Como cineasta, supo que bien podría contar esa gran historia. Y como migrante, visualizó la saga de incontables generaciones que huyeron de su hogar, dejándolo todo.

Inicio de rodaje.

“Yo agradezco mucho la generosidad de Brenda de poner en nuestras manos la responsabilidad [de adaptar su obra], y dejarnos, además, actuar con total libertad, y contar la película que encontramos nosotros”, me dice Diego Luna en entrevista. “No estamos haciendo necesariamente la versión cinematográfica del libro, porque eso es imposible. Es un libro riquísimo, y la experiencia que yo tuve como lector no cabe en una película. Sin embargo, sí hay una historia dentro que a mí me parecía digna de hacer en cine y Brenda nos dio ese chance”.

De la mano de los guionistas Abia Castillo (Huesera) y Diego Rabasa (El secreto del río), el cineasta mexicano comenzó a materializar la experiencia del primer contacto con las letras de Brenda Navarro, que de alguna forma fue reforzada por su encuentro con la actriz Adriana Paz en el programa Leémelo, de TV UNAM, en el que ambos leyeron un fragmento de Ceniza en la boca para luego compartir, entre lágrimas, el doloroso espíritu de la obra.

—Ésta película habla sobre el desarraigo —le pregunto a Diego— y, al mismo tiempo, del hilo de amor que nunca se rompe entre México y quienes se van del país. ¿Tú cómo vives ese vínculo?

—Sí, nunca se rompe. Tienes razón. Mi vínculo con México me ha acompañado y me ha fortalecido, además de que me ha dado el valor de moverme y de sentir que tengo algo que aportar y decir. Eso siempre está contigo, a donde vayas.

Con una carrera que lo ha llevado a distintas latitudes y en proyectos que lo han convertido en una estrella internacional, Diego Luna siempre regresa a su tierra, especialmente si hay una historia que quiere contar detrás de la cámara.

—La historia de Lucila es un vehículo para reflexionar sobre la migración desde varias perspectivas —continúa el director—. Al inicio, ella ve a su madre irse y aprende a vivir con esa ausencia. Luego es ella quien se va y deja todo atrás. Pero después regresa a encontrarse con un México y una realidad que no conoce, que no empata con la idealización que ella ha construido de ese lugar que dejó.

—Es una migración más “sola”, ¿no? Sé que la gente que vive en Estados Unidos no deja de extrañar y añorar lo que dejó aquí. Pero me da la sensación de que la gente que se va a Europa pareciera sentirse todavía más desolada.

—Sí, es como más dura, ¿no? El océano que nos divide, la diferencia horaria también amplifican esa sensación de distancia. Además, nosotros quisimos hablar de una “migración moderna”: la población mexicana que hay ahorita en Europa no es comparable a la que habita en Estados Unidos. Allá hay comunidades donde hay tantos connacionales que te sientes en México, porque son comunidades que se mueven con sus tradiciones y su cultura. En España eso no pasa. Y un mexicano está mucho más solo porque la comunidad latina está mucho más enriquecida por gente de Centro y Sudamérica. Hay muchos más ecuatorianos, venezolanos y caribeños que mexicanos. Las historias de nuestros compatriotas en Europa son de los últimos años. Tienen mucho que ver con lo que ha pasado en Estados Unidos y los mandatos de Donald Trump, con sus persecuciones totalmente desalmadas y esa brutalidad que hay hoy en torno a la comunidad latina. Son políticas migratorias y un discurso de odio que han hecho que muchas migraciones se planteen a España como un destino más seguro. Los números van creciendo y la única certeza que tenemos es que van a crecer más.

{{ linea }}

En esta vida, donde todo parece estar conectado, uno puede encontrar las respuestas necesarias si mira al pasado o analiza lo que hay a su alrededor.

—Mira, me encontré este libro, viejísimo —le muestro un ejemplar de Rudo y cursi. El libro de la película de Carlos Cuarón, editado por Sexto Piso en 2009.

—¡Mira! ¡Rudo y cursi! —reacciona Diego, emocionado, al ver el lomo de color verde limón con el título de la cinta donde compartió pantalla con una joven y entonces poco conocida Adriana Paz.

—Lo traje porque encontré una frase tuya…

—Venga.

—Cuando actúas resulta muy útil tener referencias e imágenes de gente cercana que te ayude a crear un personaje y acercarte a un texto —leo el texto escrito por él— y me imagino que en esta ocasión así lo fue.

—Sí, fíjate que yo con esta película… ¡Qué lindo que tengas ese libro!

Diego se toma unos segundos para retomar su respuesta:

—Sin duda, esta película me hizo pensar muchísimo en toda la gente que me ha cuidado. Aquí conocemos a una mujer que le toca o dedica su vida a los cuidados de niños y de adultos mayores. Y pocas veces nos preguntamos quién cuida a nuestros hijos, o a nuestras madres o abuelas, qué referentes o carencias tienen. Fue ahí donde yo pensé mucho en toda la gente que me ha tendido esa mano, que me han dado un abrazo, que me han contenido cuando lo he necesitado. Yo perdí a mi madre cuando tenía dos años. Entonces, en mi vida, siempre ha estado muy presente esa figura de alguien que dedicó su tiempo a cuidarme a mí. Y Ceniza en la boca me hizo pensar mucho en ellas y ellos.

Apoyado en el talento de Anna Díaz (La cocina), la actriz premiada en Cannes Adriana Paz (Animales) y el novel Sergio Bautista (Familia de medianoche), Diego Luna ha materializado su quinto largometraje en la silla de dirección, con el que parece encontrar, quizás más que nunca, la elocuencia.

Las señales del mensaje bien calibrado y transmitido están ahí. Explica Diego: “A donde nos presentamos, la película convoca a mexicanos que están fuera y vemos cómo los reconecta con eso que dejaron. No importa de qué migración estemos hablando, porque a todas siempre las acompaña un sentimiento de soledad, un hueco, una ausencia. Y nosotros quisimos hablar de esa brecha entre lo que se quedan con quienes se van”.

Con un premio bajo el brazo a Mejor guion en el Festival de Roma, y posterior a la presentación de la cinta en San Sebastián y como parte de la Selección Oficial del FICM 2026, Diego se enorgullece por el esfuerzo colectivo:

“Me siento muy afortunado. Ha sido un viaje muy lindo. Y ahora estamos aquí, listos para que la gente de México la vea, que es, sin duda, la deuda pendiente que tenemos con esta película (…) Que encuentre un público aquí en el país donde nació todo”.

Si hubiera una cura para la saudade, esa tendría que ser el amor de tu gente, el cariño de quienes te jalan del abismo y te impulsan hacia la cima, y aquellos lugares donde un abrazo, una conversación o una taza de café aligeran el espíritu.

—A ti te importa mucho tu país —le digo a Diego al final de la charla—. Te importa la gente que hace cosas aquí, que cuenta historias y que tiene algo que mostrar, ya sea actuando, escribiendo o dirigiendo. ¿Por qué te importa tanto? ¿Por qué sigues estando aquí y haciendo películas como esta?

—Porque cuando quieres contar algo, y de forma honesta, más te vale que hables de algo que conoces; especialmente si quieres contribuir a una reflexión colectiva. Yo adoro lo que hago y dedico la mayor parte de mi tiempo a hablar de México y de mi entorno, mi contexto, y de lo que me tocó vivir y mamar. Entonces siempre estoy en conexión con el lugar al que pertenezco. Es una sensación profunda de arraigo. Porque, además, aquí están todos los referentes que crecí viendo, en cine y teatro, y que me contagiaron de su pasión. Y es gracias a todas esas relaciones que he forjado en el camino que yo hago lo que hago. Ahí hay una relación que a mí me ha enriquecido muchísimo y donde, además, me siento siempre muy bienvenido. Es una comunidad a la que pertenezco y en la que me siento cada vez más productivo.

{{ linea }}

‍

Newsletter
¡Gracias!
Oops! Something went wrong while submitting the form.

Saudade y desarraigo: Diego Luna habla de la migración retratada en <i>Ceniza en la boca</i>

Saudade y desarraigo: Diego Luna habla de la migración retratada en <i>Ceniza en la boca</i>

Texto de
Fotografía de
Realización de
Ilustración de
Traducción de
05
.
11
.
26
AAAA
Tiempo de Lectura: 00 min

El actor mexicano presenta el quinto largometraje de su filmografía en la silla de dirección; una adaptación libre de la novela homónima de Brenda Navarro que perfila el dolor provocado por migrar, dejando atrás tu identidad.

Son raras, pero hay emociones profundas y complejas que pueden ser nombradas con una sola palabra, capaz de capturar todo su significado. En las provincias gallegas (y también, claro, en las amplias zonas del mundo lusófono) se le llama saudade a ese sentimiento de desgarramiento matizado —agridulce y melancólico— provocado por una persona o una realidad que solo vive ya en nuestros recuerdos. Y hay quienes dicen que, una vez adquirido, es prácticamente imposible despegarte esa tristeza del corazón.

A Diego Luna, la saudade por la tierra en que nació le llegó de golpe cuando tuvo en sus manos, por primera vez, Ceniza en la boca, una novela de Brenda Navarro, que narra con maestría la historia de Lucila, una joven golpeada por el desarraigo en cada paso de su vida. Lo sufrió cuando su madre se fue a España en busca de una vida mejor para ella y su hermano; también cuando ambos emigraron a una ciudad como Madrid, que siempre les recordaba que no pertenecían. Lo mismo cuando ella huyó a Barcelona para iniciar su propio camino, sin su hermano, y convirtiéndose en lo que tanto le reprochó a su madre. Finalmente, la herida estuvo allí en su viaje de regreso a un México que ya no era el suyo, pero al que regresaba con las cenizas de su hermano entre las manos, el último recuerdo de un joven a quien la soledad y el abandono empujaron desde el balcón de un quinto piso.

Como lector, Diego quedó destrozado con aquel relato. Como cineasta, supo que bien podría contar esa gran historia. Y como migrante, visualizó la saga de incontables generaciones que huyeron de su hogar, dejándolo todo.

Inicio de rodaje.

“Yo agradezco mucho la generosidad de Brenda de poner en nuestras manos la responsabilidad [de adaptar su obra], y dejarnos, además, actuar con total libertad, y contar la película que encontramos nosotros”, me dice Diego Luna en entrevista. “No estamos haciendo necesariamente la versión cinematográfica del libro, porque eso es imposible. Es un libro riquísimo, y la experiencia que yo tuve como lector no cabe en una película. Sin embargo, sí hay una historia dentro que a mí me parecía digna de hacer en cine y Brenda nos dio ese chance”.

De la mano de los guionistas Abia Castillo (Huesera) y Diego Rabasa (El secreto del río), el cineasta mexicano comenzó a materializar la experiencia del primer contacto con las letras de Brenda Navarro, que de alguna forma fue reforzada por su encuentro con la actriz Adriana Paz en el programa Leémelo, de TV UNAM, en el que ambos leyeron un fragmento de Ceniza en la boca para luego compartir, entre lágrimas, el doloroso espíritu de la obra.

—Ésta película habla sobre el desarraigo —le pregunto a Diego— y, al mismo tiempo, del hilo de amor que nunca se rompe entre México y quienes se van del país. ¿Tú cómo vives ese vínculo?

—Sí, nunca se rompe. Tienes razón. Mi vínculo con México me ha acompañado y me ha fortalecido, además de que me ha dado el valor de moverme y de sentir que tengo algo que aportar y decir. Eso siempre está contigo, a donde vayas.

Con una carrera que lo ha llevado a distintas latitudes y en proyectos que lo han convertido en una estrella internacional, Diego Luna siempre regresa a su tierra, especialmente si hay una historia que quiere contar detrás de la cámara.

—La historia de Lucila es un vehículo para reflexionar sobre la migración desde varias perspectivas —continúa el director—. Al inicio, ella ve a su madre irse y aprende a vivir con esa ausencia. Luego es ella quien se va y deja todo atrás. Pero después regresa a encontrarse con un México y una realidad que no conoce, que no empata con la idealización que ella ha construido de ese lugar que dejó.

—Es una migración más “sola”, ¿no? Sé que la gente que vive en Estados Unidos no deja de extrañar y añorar lo que dejó aquí. Pero me da la sensación de que la gente que se va a Europa pareciera sentirse todavía más desolada.

—Sí, es como más dura, ¿no? El océano que nos divide, la diferencia horaria también amplifican esa sensación de distancia. Además, nosotros quisimos hablar de una “migración moderna”: la población mexicana que hay ahorita en Europa no es comparable a la que habita en Estados Unidos. Allá hay comunidades donde hay tantos connacionales que te sientes en México, porque son comunidades que se mueven con sus tradiciones y su cultura. En España eso no pasa. Y un mexicano está mucho más solo porque la comunidad latina está mucho más enriquecida por gente de Centro y Sudamérica. Hay muchos más ecuatorianos, venezolanos y caribeños que mexicanos. Las historias de nuestros compatriotas en Europa son de los últimos años. Tienen mucho que ver con lo que ha pasado en Estados Unidos y los mandatos de Donald Trump, con sus persecuciones totalmente desalmadas y esa brutalidad que hay hoy en torno a la comunidad latina. Son políticas migratorias y un discurso de odio que han hecho que muchas migraciones se planteen a España como un destino más seguro. Los números van creciendo y la única certeza que tenemos es que van a crecer más.

{{ linea }}

En esta vida, donde todo parece estar conectado, uno puede encontrar las respuestas necesarias si mira al pasado o analiza lo que hay a su alrededor.

—Mira, me encontré este libro, viejísimo —le muestro un ejemplar de Rudo y cursi. El libro de la película de Carlos Cuarón, editado por Sexto Piso en 2009.

—¡Mira! ¡Rudo y cursi! —reacciona Diego, emocionado, al ver el lomo de color verde limón con el título de la cinta donde compartió pantalla con una joven y entonces poco conocida Adriana Paz.

—Lo traje porque encontré una frase tuya…

—Venga.

—Cuando actúas resulta muy útil tener referencias e imágenes de gente cercana que te ayude a crear un personaje y acercarte a un texto —leo el texto escrito por él— y me imagino que en esta ocasión así lo fue.

—Sí, fíjate que yo con esta película… ¡Qué lindo que tengas ese libro!

Diego se toma unos segundos para retomar su respuesta:

—Sin duda, esta película me hizo pensar muchísimo en toda la gente que me ha cuidado. Aquí conocemos a una mujer que le toca o dedica su vida a los cuidados de niños y de adultos mayores. Y pocas veces nos preguntamos quién cuida a nuestros hijos, o a nuestras madres o abuelas, qué referentes o carencias tienen. Fue ahí donde yo pensé mucho en toda la gente que me ha tendido esa mano, que me han dado un abrazo, que me han contenido cuando lo he necesitado. Yo perdí a mi madre cuando tenía dos años. Entonces, en mi vida, siempre ha estado muy presente esa figura de alguien que dedicó su tiempo a cuidarme a mí. Y Ceniza en la boca me hizo pensar mucho en ellas y ellos.

Apoyado en el talento de Anna Díaz (La cocina), la actriz premiada en Cannes Adriana Paz (Animales) y el novel Sergio Bautista (Familia de medianoche), Diego Luna ha materializado su quinto largometraje en la silla de dirección, con el que parece encontrar, quizás más que nunca, la elocuencia.

Las señales del mensaje bien calibrado y transmitido están ahí. Explica Diego: “A donde nos presentamos, la película convoca a mexicanos que están fuera y vemos cómo los reconecta con eso que dejaron. No importa de qué migración estemos hablando, porque a todas siempre las acompaña un sentimiento de soledad, un hueco, una ausencia. Y nosotros quisimos hablar de esa brecha entre lo que se quedan con quienes se van”.

Con un premio bajo el brazo a Mejor guion en el Festival de Roma, y posterior a la presentación de la cinta en San Sebastián y como parte de la Selección Oficial del FICM 2026, Diego se enorgullece por el esfuerzo colectivo:

“Me siento muy afortunado. Ha sido un viaje muy lindo. Y ahora estamos aquí, listos para que la gente de México la vea, que es, sin duda, la deuda pendiente que tenemos con esta película (…) Que encuentre un público aquí en el país donde nació todo”.

Si hubiera una cura para la saudade, esa tendría que ser el amor de tu gente, el cariño de quienes te jalan del abismo y te impulsan hacia la cima, y aquellos lugares donde un abrazo, una conversación o una taza de café aligeran el espíritu.

—A ti te importa mucho tu país —le digo a Diego al final de la charla—. Te importa la gente que hace cosas aquí, que cuenta historias y que tiene algo que mostrar, ya sea actuando, escribiendo o dirigiendo. ¿Por qué te importa tanto? ¿Por qué sigues estando aquí y haciendo películas como esta?

—Porque cuando quieres contar algo, y de forma honesta, más te vale que hables de algo que conoces; especialmente si quieres contribuir a una reflexión colectiva. Yo adoro lo que hago y dedico la mayor parte de mi tiempo a hablar de México y de mi entorno, mi contexto, y de lo que me tocó vivir y mamar. Entonces siempre estoy en conexión con el lugar al que pertenezco. Es una sensación profunda de arraigo. Porque, además, aquí están todos los referentes que crecí viendo, en cine y teatro, y que me contagiaron de su pasión. Y es gracias a todas esas relaciones que he forjado en el camino que yo hago lo que hago. Ahí hay una relación que a mí me ha enriquecido muchísimo y donde, además, me siento siempre muy bienvenido. Es una comunidad a la que pertenezco y en la que me siento cada vez más productivo.

{{ linea }}

‍

Newsletter
¡Gracias!
Oops! Something went wrong while submitting the form.

Saudade y desarraigo: Diego Luna habla de la migración retratada en <i>Ceniza en la boca</i>

Saudade y desarraigo: Diego Luna habla de la migración retratada en <i>Ceniza en la boca</i>

Texto de
Fotografía de
Realización de
Ilustración de
Traducción de
Foto de Corey Nickols.
05
.
11
.
26
AAAA
Tiempo de Lectura: 00 min

El actor mexicano presenta el quinto largometraje de su filmografía en la silla de dirección; una adaptación libre de la novela homónima de Brenda Navarro que perfila el dolor provocado por migrar, dejando atrás tu identidad.

Son raras, pero hay emociones profundas y complejas que pueden ser nombradas con una sola palabra, capaz de capturar todo su significado. En las provincias gallegas (y también, claro, en las amplias zonas del mundo lusófono) se le llama saudade a ese sentimiento de desgarramiento matizado —agridulce y melancólico— provocado por una persona o una realidad que solo vive ya en nuestros recuerdos. Y hay quienes dicen que, una vez adquirido, es prácticamente imposible despegarte esa tristeza del corazón.

A Diego Luna, la saudade por la tierra en que nació le llegó de golpe cuando tuvo en sus manos, por primera vez, Ceniza en la boca, una novela de Brenda Navarro, que narra con maestría la historia de Lucila, una joven golpeada por el desarraigo en cada paso de su vida. Lo sufrió cuando su madre se fue a España en busca de una vida mejor para ella y su hermano; también cuando ambos emigraron a una ciudad como Madrid, que siempre les recordaba que no pertenecían. Lo mismo cuando ella huyó a Barcelona para iniciar su propio camino, sin su hermano, y convirtiéndose en lo que tanto le reprochó a su madre. Finalmente, la herida estuvo allí en su viaje de regreso a un México que ya no era el suyo, pero al que regresaba con las cenizas de su hermano entre las manos, el último recuerdo de un joven a quien la soledad y el abandono empujaron desde el balcón de un quinto piso.

Como lector, Diego quedó destrozado con aquel relato. Como cineasta, supo que bien podría contar esa gran historia. Y como migrante, visualizó la saga de incontables generaciones que huyeron de su hogar, dejándolo todo.

Inicio de rodaje.

“Yo agradezco mucho la generosidad de Brenda de poner en nuestras manos la responsabilidad [de adaptar su obra], y dejarnos, además, actuar con total libertad, y contar la película que encontramos nosotros”, me dice Diego Luna en entrevista. “No estamos haciendo necesariamente la versión cinematográfica del libro, porque eso es imposible. Es un libro riquísimo, y la experiencia que yo tuve como lector no cabe en una película. Sin embargo, sí hay una historia dentro que a mí me parecía digna de hacer en cine y Brenda nos dio ese chance”.

De la mano de los guionistas Abia Castillo (Huesera) y Diego Rabasa (El secreto del río), el cineasta mexicano comenzó a materializar la experiencia del primer contacto con las letras de Brenda Navarro, que de alguna forma fue reforzada por su encuentro con la actriz Adriana Paz en el programa Leémelo, de TV UNAM, en el que ambos leyeron un fragmento de Ceniza en la boca para luego compartir, entre lágrimas, el doloroso espíritu de la obra.

—Ésta película habla sobre el desarraigo —le pregunto a Diego— y, al mismo tiempo, del hilo de amor que nunca se rompe entre México y quienes se van del país. ¿Tú cómo vives ese vínculo?

—Sí, nunca se rompe. Tienes razón. Mi vínculo con México me ha acompañado y me ha fortalecido, además de que me ha dado el valor de moverme y de sentir que tengo algo que aportar y decir. Eso siempre está contigo, a donde vayas.

Con una carrera que lo ha llevado a distintas latitudes y en proyectos que lo han convertido en una estrella internacional, Diego Luna siempre regresa a su tierra, especialmente si hay una historia que quiere contar detrás de la cámara.

—La historia de Lucila es un vehículo para reflexionar sobre la migración desde varias perspectivas —continúa el director—. Al inicio, ella ve a su madre irse y aprende a vivir con esa ausencia. Luego es ella quien se va y deja todo atrás. Pero después regresa a encontrarse con un México y una realidad que no conoce, que no empata con la idealización que ella ha construido de ese lugar que dejó.

—Es una migración más “sola”, ¿no? Sé que la gente que vive en Estados Unidos no deja de extrañar y añorar lo que dejó aquí. Pero me da la sensación de que la gente que se va a Europa pareciera sentirse todavía más desolada.

—Sí, es como más dura, ¿no? El océano que nos divide, la diferencia horaria también amplifican esa sensación de distancia. Además, nosotros quisimos hablar de una “migración moderna”: la población mexicana que hay ahorita en Europa no es comparable a la que habita en Estados Unidos. Allá hay comunidades donde hay tantos connacionales que te sientes en México, porque son comunidades que se mueven con sus tradiciones y su cultura. En España eso no pasa. Y un mexicano está mucho más solo porque la comunidad latina está mucho más enriquecida por gente de Centro y Sudamérica. Hay muchos más ecuatorianos, venezolanos y caribeños que mexicanos. Las historias de nuestros compatriotas en Europa son de los últimos años. Tienen mucho que ver con lo que ha pasado en Estados Unidos y los mandatos de Donald Trump, con sus persecuciones totalmente desalmadas y esa brutalidad que hay hoy en torno a la comunidad latina. Son políticas migratorias y un discurso de odio que han hecho que muchas migraciones se planteen a España como un destino más seguro. Los números van creciendo y la única certeza que tenemos es que van a crecer más.

{{ linea }}

En esta vida, donde todo parece estar conectado, uno puede encontrar las respuestas necesarias si mira al pasado o analiza lo que hay a su alrededor.

—Mira, me encontré este libro, viejísimo —le muestro un ejemplar de Rudo y cursi. El libro de la película de Carlos Cuarón, editado por Sexto Piso en 2009.

—¡Mira! ¡Rudo y cursi! —reacciona Diego, emocionado, al ver el lomo de color verde limón con el título de la cinta donde compartió pantalla con una joven y entonces poco conocida Adriana Paz.

—Lo traje porque encontré una frase tuya…

—Venga.

—Cuando actúas resulta muy útil tener referencias e imágenes de gente cercana que te ayude a crear un personaje y acercarte a un texto —leo el texto escrito por él— y me imagino que en esta ocasión así lo fue.

—Sí, fíjate que yo con esta película… ¡Qué lindo que tengas ese libro!

Diego se toma unos segundos para retomar su respuesta:

—Sin duda, esta película me hizo pensar muchísimo en toda la gente que me ha cuidado. Aquí conocemos a una mujer que le toca o dedica su vida a los cuidados de niños y de adultos mayores. Y pocas veces nos preguntamos quién cuida a nuestros hijos, o a nuestras madres o abuelas, qué referentes o carencias tienen. Fue ahí donde yo pensé mucho en toda la gente que me ha tendido esa mano, que me han dado un abrazo, que me han contenido cuando lo he necesitado. Yo perdí a mi madre cuando tenía dos años. Entonces, en mi vida, siempre ha estado muy presente esa figura de alguien que dedicó su tiempo a cuidarme a mí. Y Ceniza en la boca me hizo pensar mucho en ellas y ellos.

Apoyado en el talento de Anna Díaz (La cocina), la actriz premiada en Cannes Adriana Paz (Animales) y el novel Sergio Bautista (Familia de medianoche), Diego Luna ha materializado su quinto largometraje en la silla de dirección, con el que parece encontrar, quizás más que nunca, la elocuencia.

Las señales del mensaje bien calibrado y transmitido están ahí. Explica Diego: “A donde nos presentamos, la película convoca a mexicanos que están fuera y vemos cómo los reconecta con eso que dejaron. No importa de qué migración estemos hablando, porque a todas siempre las acompaña un sentimiento de soledad, un hueco, una ausencia. Y nosotros quisimos hablar de esa brecha entre lo que se quedan con quienes se van”.

Con un premio bajo el brazo a Mejor guion en el Festival de Roma, y posterior a la presentación de la cinta en San Sebastián y como parte de la Selección Oficial del FICM 2026, Diego se enorgullece por el esfuerzo colectivo:

“Me siento muy afortunado. Ha sido un viaje muy lindo. Y ahora estamos aquí, listos para que la gente de México la vea, que es, sin duda, la deuda pendiente que tenemos con esta película (…) Que encuentre un público aquí en el país donde nació todo”.

Si hubiera una cura para la saudade, esa tendría que ser el amor de tu gente, el cariño de quienes te jalan del abismo y te impulsan hacia la cima, y aquellos lugares donde un abrazo, una conversación o una taza de café aligeran el espíritu.

—A ti te importa mucho tu país —le digo a Diego al final de la charla—. Te importa la gente que hace cosas aquí, que cuenta historias y que tiene algo que mostrar, ya sea actuando, escribiendo o dirigiendo. ¿Por qué te importa tanto? ¿Por qué sigues estando aquí y haciendo películas como esta?

—Porque cuando quieres contar algo, y de forma honesta, más te vale que hables de algo que conoces; especialmente si quieres contribuir a una reflexión colectiva. Yo adoro lo que hago y dedico la mayor parte de mi tiempo a hablar de México y de mi entorno, mi contexto, y de lo que me tocó vivir y mamar. Entonces siempre estoy en conexión con el lugar al que pertenezco. Es una sensación profunda de arraigo. Porque, además, aquí están todos los referentes que crecí viendo, en cine y teatro, y que me contagiaron de su pasión. Y es gracias a todas esas relaciones que he forjado en el camino que yo hago lo que hago. Ahí hay una relación que a mí me ha enriquecido muchísimo y donde, además, me siento siempre muy bienvenido. Es una comunidad a la que pertenezco y en la que me siento cada vez más productivo.

{{ linea }}

‍

Newsletter
¡Gracias!
Oops! Something went wrong while submitting the form.

Saudade y desarraigo: Diego Luna habla de la migración retratada en <i>Ceniza en la boca</i>

Saudade y desarraigo: Diego Luna habla de la migración retratada en <i>Ceniza en la boca</i>

05
.
11
.
26
2026
Texto de
Fotografía de
Realización de
Ilustración de
Traducción de
Ver Videos

El actor mexicano presenta el quinto largometraje de su filmografía en la silla de dirección; una adaptación libre de la novela homónima de Brenda Navarro que perfila el dolor provocado por migrar, dejando atrás tu identidad.

Son raras, pero hay emociones profundas y complejas que pueden ser nombradas con una sola palabra, capaz de capturar todo su significado. En las provincias gallegas (y también, claro, en las amplias zonas del mundo lusófono) se le llama saudade a ese sentimiento de desgarramiento matizado —agridulce y melancólico— provocado por una persona o una realidad que solo vive ya en nuestros recuerdos. Y hay quienes dicen que, una vez adquirido, es prácticamente imposible despegarte esa tristeza del corazón.

A Diego Luna, la saudade por la tierra en que nació le llegó de golpe cuando tuvo en sus manos, por primera vez, Ceniza en la boca, una novela de Brenda Navarro, que narra con maestría la historia de Lucila, una joven golpeada por el desarraigo en cada paso de su vida. Lo sufrió cuando su madre se fue a España en busca de una vida mejor para ella y su hermano; también cuando ambos emigraron a una ciudad como Madrid, que siempre les recordaba que no pertenecían. Lo mismo cuando ella huyó a Barcelona para iniciar su propio camino, sin su hermano, y convirtiéndose en lo que tanto le reprochó a su madre. Finalmente, la herida estuvo allí en su viaje de regreso a un México que ya no era el suyo, pero al que regresaba con las cenizas de su hermano entre las manos, el último recuerdo de un joven a quien la soledad y el abandono empujaron desde el balcón de un quinto piso.

Como lector, Diego quedó destrozado con aquel relato. Como cineasta, supo que bien podría contar esa gran historia. Y como migrante, visualizó la saga de incontables generaciones que huyeron de su hogar, dejándolo todo.

Inicio de rodaje.

“Yo agradezco mucho la generosidad de Brenda de poner en nuestras manos la responsabilidad [de adaptar su obra], y dejarnos, además, actuar con total libertad, y contar la película que encontramos nosotros”, me dice Diego Luna en entrevista. “No estamos haciendo necesariamente la versión cinematográfica del libro, porque eso es imposible. Es un libro riquísimo, y la experiencia que yo tuve como lector no cabe en una película. Sin embargo, sí hay una historia dentro que a mí me parecía digna de hacer en cine y Brenda nos dio ese chance”.

De la mano de los guionistas Abia Castillo (Huesera) y Diego Rabasa (El secreto del río), el cineasta mexicano comenzó a materializar la experiencia del primer contacto con las letras de Brenda Navarro, que de alguna forma fue reforzada por su encuentro con la actriz Adriana Paz en el programa Leémelo, de TV UNAM, en el que ambos leyeron un fragmento de Ceniza en la boca para luego compartir, entre lágrimas, el doloroso espíritu de la obra.

—Ésta película habla sobre el desarraigo —le pregunto a Diego— y, al mismo tiempo, del hilo de amor que nunca se rompe entre México y quienes se van del país. ¿Tú cómo vives ese vínculo?

—Sí, nunca se rompe. Tienes razón. Mi vínculo con México me ha acompañado y me ha fortalecido, además de que me ha dado el valor de moverme y de sentir que tengo algo que aportar y decir. Eso siempre está contigo, a donde vayas.

Con una carrera que lo ha llevado a distintas latitudes y en proyectos que lo han convertido en una estrella internacional, Diego Luna siempre regresa a su tierra, especialmente si hay una historia que quiere contar detrás de la cámara.

—La historia de Lucila es un vehículo para reflexionar sobre la migración desde varias perspectivas —continúa el director—. Al inicio, ella ve a su madre irse y aprende a vivir con esa ausencia. Luego es ella quien se va y deja todo atrás. Pero después regresa a encontrarse con un México y una realidad que no conoce, que no empata con la idealización que ella ha construido de ese lugar que dejó.

—Es una migración más “sola”, ¿no? Sé que la gente que vive en Estados Unidos no deja de extrañar y añorar lo que dejó aquí. Pero me da la sensación de que la gente que se va a Europa pareciera sentirse todavía más desolada.

—Sí, es como más dura, ¿no? El océano que nos divide, la diferencia horaria también amplifican esa sensación de distancia. Además, nosotros quisimos hablar de una “migración moderna”: la población mexicana que hay ahorita en Europa no es comparable a la que habita en Estados Unidos. Allá hay comunidades donde hay tantos connacionales que te sientes en México, porque son comunidades que se mueven con sus tradiciones y su cultura. En España eso no pasa. Y un mexicano está mucho más solo porque la comunidad latina está mucho más enriquecida por gente de Centro y Sudamérica. Hay muchos más ecuatorianos, venezolanos y caribeños que mexicanos. Las historias de nuestros compatriotas en Europa son de los últimos años. Tienen mucho que ver con lo que ha pasado en Estados Unidos y los mandatos de Donald Trump, con sus persecuciones totalmente desalmadas y esa brutalidad que hay hoy en torno a la comunidad latina. Son políticas migratorias y un discurso de odio que han hecho que muchas migraciones se planteen a España como un destino más seguro. Los números van creciendo y la única certeza que tenemos es que van a crecer más.

{{ linea }}

En esta vida, donde todo parece estar conectado, uno puede encontrar las respuestas necesarias si mira al pasado o analiza lo que hay a su alrededor.

—Mira, me encontré este libro, viejísimo —le muestro un ejemplar de Rudo y cursi. El libro de la película de Carlos Cuarón, editado por Sexto Piso en 2009.

—¡Mira! ¡Rudo y cursi! —reacciona Diego, emocionado, al ver el lomo de color verde limón con el título de la cinta donde compartió pantalla con una joven y entonces poco conocida Adriana Paz.

—Lo traje porque encontré una frase tuya…

—Venga.

—Cuando actúas resulta muy útil tener referencias e imágenes de gente cercana que te ayude a crear un personaje y acercarte a un texto —leo el texto escrito por él— y me imagino que en esta ocasión así lo fue.

—Sí, fíjate que yo con esta película… ¡Qué lindo que tengas ese libro!

Diego se toma unos segundos para retomar su respuesta:

—Sin duda, esta película me hizo pensar muchísimo en toda la gente que me ha cuidado. Aquí conocemos a una mujer que le toca o dedica su vida a los cuidados de niños y de adultos mayores. Y pocas veces nos preguntamos quién cuida a nuestros hijos, o a nuestras madres o abuelas, qué referentes o carencias tienen. Fue ahí donde yo pensé mucho en toda la gente que me ha tendido esa mano, que me han dado un abrazo, que me han contenido cuando lo he necesitado. Yo perdí a mi madre cuando tenía dos años. Entonces, en mi vida, siempre ha estado muy presente esa figura de alguien que dedicó su tiempo a cuidarme a mí. Y Ceniza en la boca me hizo pensar mucho en ellas y ellos.

Apoyado en el talento de Anna Díaz (La cocina), la actriz premiada en Cannes Adriana Paz (Animales) y el novel Sergio Bautista (Familia de medianoche), Diego Luna ha materializado su quinto largometraje en la silla de dirección, con el que parece encontrar, quizás más que nunca, la elocuencia.

Las señales del mensaje bien calibrado y transmitido están ahí. Explica Diego: “A donde nos presentamos, la película convoca a mexicanos que están fuera y vemos cómo los reconecta con eso que dejaron. No importa de qué migración estemos hablando, porque a todas siempre las acompaña un sentimiento de soledad, un hueco, una ausencia. Y nosotros quisimos hablar de esa brecha entre lo que se quedan con quienes se van”.

Con un premio bajo el brazo a Mejor guion en el Festival de Roma, y posterior a la presentación de la cinta en San Sebastián y como parte de la Selección Oficial del FICM 2026, Diego se enorgullece por el esfuerzo colectivo:

“Me siento muy afortunado. Ha sido un viaje muy lindo. Y ahora estamos aquí, listos para que la gente de México la vea, que es, sin duda, la deuda pendiente que tenemos con esta película (…) Que encuentre un público aquí en el país donde nació todo”.

Si hubiera una cura para la saudade, esa tendría que ser el amor de tu gente, el cariño de quienes te jalan del abismo y te impulsan hacia la cima, y aquellos lugares donde un abrazo, una conversación o una taza de café aligeran el espíritu.

—A ti te importa mucho tu país —le digo a Diego al final de la charla—. Te importa la gente que hace cosas aquí, que cuenta historias y que tiene algo que mostrar, ya sea actuando, escribiendo o dirigiendo. ¿Por qué te importa tanto? ¿Por qué sigues estando aquí y haciendo películas como esta?

—Porque cuando quieres contar algo, y de forma honesta, más te vale que hables de algo que conoces; especialmente si quieres contribuir a una reflexión colectiva. Yo adoro lo que hago y dedico la mayor parte de mi tiempo a hablar de México y de mi entorno, mi contexto, y de lo que me tocó vivir y mamar. Entonces siempre estoy en conexión con el lugar al que pertenezco. Es una sensación profunda de arraigo. Porque, además, aquí están todos los referentes que crecí viendo, en cine y teatro, y que me contagiaron de su pasión. Y es gracias a todas esas relaciones que he forjado en el camino que yo hago lo que hago. Ahí hay una relación que a mí me ha enriquecido muchísimo y donde, además, me siento siempre muy bienvenido. Es una comunidad a la que pertenezco y en la que me siento cada vez más productivo.

{{ linea }}

‍

Newsletter
¡Gracias!
Oops! Something went wrong while submitting the form.
Foto de Corey Nickols.

Saudade y desarraigo: Diego Luna habla de la migración retratada en <i>Ceniza en la boca</i>

Saudade y desarraigo: Diego Luna habla de la migración retratada en <i>Ceniza en la boca</i>

05
.
11
.
26
AAAA
Tiempo de Lectura: 00 min

El actor mexicano presenta el quinto largometraje de su filmografía en la silla de dirección; una adaptación libre de la novela homónima de Brenda Navarro que perfila el dolor provocado por migrar, dejando atrás tu identidad.

Texto de
Fotografía de
Realización de
Ilustración de
Traducción de

Son raras, pero hay emociones profundas y complejas que pueden ser nombradas con una sola palabra, capaz de capturar todo su significado. En las provincias gallegas (y también, claro, en las amplias zonas del mundo lusófono) se le llama saudade a ese sentimiento de desgarramiento matizado —agridulce y melancólico— provocado por una persona o una realidad que solo vive ya en nuestros recuerdos. Y hay quienes dicen que, una vez adquirido, es prácticamente imposible despegarte esa tristeza del corazón.

A Diego Luna, la saudade por la tierra en que nació le llegó de golpe cuando tuvo en sus manos, por primera vez, Ceniza en la boca, una novela de Brenda Navarro, que narra con maestría la historia de Lucila, una joven golpeada por el desarraigo en cada paso de su vida. Lo sufrió cuando su madre se fue a España en busca de una vida mejor para ella y su hermano; también cuando ambos emigraron a una ciudad como Madrid, que siempre les recordaba que no pertenecían. Lo mismo cuando ella huyó a Barcelona para iniciar su propio camino, sin su hermano, y convirtiéndose en lo que tanto le reprochó a su madre. Finalmente, la herida estuvo allí en su viaje de regreso a un México que ya no era el suyo, pero al que regresaba con las cenizas de su hermano entre las manos, el último recuerdo de un joven a quien la soledad y el abandono empujaron desde el balcón de un quinto piso.

Como lector, Diego quedó destrozado con aquel relato. Como cineasta, supo que bien podría contar esa gran historia. Y como migrante, visualizó la saga de incontables generaciones que huyeron de su hogar, dejándolo todo.

Inicio de rodaje.

“Yo agradezco mucho la generosidad de Brenda de poner en nuestras manos la responsabilidad [de adaptar su obra], y dejarnos, además, actuar con total libertad, y contar la película que encontramos nosotros”, me dice Diego Luna en entrevista. “No estamos haciendo necesariamente la versión cinematográfica del libro, porque eso es imposible. Es un libro riquísimo, y la experiencia que yo tuve como lector no cabe en una película. Sin embargo, sí hay una historia dentro que a mí me parecía digna de hacer en cine y Brenda nos dio ese chance”.

De la mano de los guionistas Abia Castillo (Huesera) y Diego Rabasa (El secreto del río), el cineasta mexicano comenzó a materializar la experiencia del primer contacto con las letras de Brenda Navarro, que de alguna forma fue reforzada por su encuentro con la actriz Adriana Paz en el programa Leémelo, de TV UNAM, en el que ambos leyeron un fragmento de Ceniza en la boca para luego compartir, entre lágrimas, el doloroso espíritu de la obra.

—Ésta película habla sobre el desarraigo —le pregunto a Diego— y, al mismo tiempo, del hilo de amor que nunca se rompe entre México y quienes se van del país. ¿Tú cómo vives ese vínculo?

—Sí, nunca se rompe. Tienes razón. Mi vínculo con México me ha acompañado y me ha fortalecido, además de que me ha dado el valor de moverme y de sentir que tengo algo que aportar y decir. Eso siempre está contigo, a donde vayas.

Con una carrera que lo ha llevado a distintas latitudes y en proyectos que lo han convertido en una estrella internacional, Diego Luna siempre regresa a su tierra, especialmente si hay una historia que quiere contar detrás de la cámara.

—La historia de Lucila es un vehículo para reflexionar sobre la migración desde varias perspectivas —continúa el director—. Al inicio, ella ve a su madre irse y aprende a vivir con esa ausencia. Luego es ella quien se va y deja todo atrás. Pero después regresa a encontrarse con un México y una realidad que no conoce, que no empata con la idealización que ella ha construido de ese lugar que dejó.

—Es una migración más “sola”, ¿no? Sé que la gente que vive en Estados Unidos no deja de extrañar y añorar lo que dejó aquí. Pero me da la sensación de que la gente que se va a Europa pareciera sentirse todavía más desolada.

—Sí, es como más dura, ¿no? El océano que nos divide, la diferencia horaria también amplifican esa sensación de distancia. Además, nosotros quisimos hablar de una “migración moderna”: la población mexicana que hay ahorita en Europa no es comparable a la que habita en Estados Unidos. Allá hay comunidades donde hay tantos connacionales que te sientes en México, porque son comunidades que se mueven con sus tradiciones y su cultura. En España eso no pasa. Y un mexicano está mucho más solo porque la comunidad latina está mucho más enriquecida por gente de Centro y Sudamérica. Hay muchos más ecuatorianos, venezolanos y caribeños que mexicanos. Las historias de nuestros compatriotas en Europa son de los últimos años. Tienen mucho que ver con lo que ha pasado en Estados Unidos y los mandatos de Donald Trump, con sus persecuciones totalmente desalmadas y esa brutalidad que hay hoy en torno a la comunidad latina. Son políticas migratorias y un discurso de odio que han hecho que muchas migraciones se planteen a España como un destino más seguro. Los números van creciendo y la única certeza que tenemos es que van a crecer más.

{{ linea }}

En esta vida, donde todo parece estar conectado, uno puede encontrar las respuestas necesarias si mira al pasado o analiza lo que hay a su alrededor.

—Mira, me encontré este libro, viejísimo —le muestro un ejemplar de Rudo y cursi. El libro de la película de Carlos Cuarón, editado por Sexto Piso en 2009.

—¡Mira! ¡Rudo y cursi! —reacciona Diego, emocionado, al ver el lomo de color verde limón con el título de la cinta donde compartió pantalla con una joven y entonces poco conocida Adriana Paz.

—Lo traje porque encontré una frase tuya…

—Venga.

—Cuando actúas resulta muy útil tener referencias e imágenes de gente cercana que te ayude a crear un personaje y acercarte a un texto —leo el texto escrito por él— y me imagino que en esta ocasión así lo fue.

—Sí, fíjate que yo con esta película… ¡Qué lindo que tengas ese libro!

Diego se toma unos segundos para retomar su respuesta:

—Sin duda, esta película me hizo pensar muchísimo en toda la gente que me ha cuidado. Aquí conocemos a una mujer que le toca o dedica su vida a los cuidados de niños y de adultos mayores. Y pocas veces nos preguntamos quién cuida a nuestros hijos, o a nuestras madres o abuelas, qué referentes o carencias tienen. Fue ahí donde yo pensé mucho en toda la gente que me ha tendido esa mano, que me han dado un abrazo, que me han contenido cuando lo he necesitado. Yo perdí a mi madre cuando tenía dos años. Entonces, en mi vida, siempre ha estado muy presente esa figura de alguien que dedicó su tiempo a cuidarme a mí. Y Ceniza en la boca me hizo pensar mucho en ellas y ellos.

Apoyado en el talento de Anna Díaz (La cocina), la actriz premiada en Cannes Adriana Paz (Animales) y el novel Sergio Bautista (Familia de medianoche), Diego Luna ha materializado su quinto largometraje en la silla de dirección, con el que parece encontrar, quizás más que nunca, la elocuencia.

Las señales del mensaje bien calibrado y transmitido están ahí. Explica Diego: “A donde nos presentamos, la película convoca a mexicanos que están fuera y vemos cómo los reconecta con eso que dejaron. No importa de qué migración estemos hablando, porque a todas siempre las acompaña un sentimiento de soledad, un hueco, una ausencia. Y nosotros quisimos hablar de esa brecha entre lo que se quedan con quienes se van”.

Con un premio bajo el brazo a Mejor guion en el Festival de Roma, y posterior a la presentación de la cinta en San Sebastián y como parte de la Selección Oficial del FICM 2026, Diego se enorgullece por el esfuerzo colectivo:

“Me siento muy afortunado. Ha sido un viaje muy lindo. Y ahora estamos aquí, listos para que la gente de México la vea, que es, sin duda, la deuda pendiente que tenemos con esta película (…) Que encuentre un público aquí en el país donde nació todo”.

Si hubiera una cura para la saudade, esa tendría que ser el amor de tu gente, el cariño de quienes te jalan del abismo y te impulsan hacia la cima, y aquellos lugares donde un abrazo, una conversación o una taza de café aligeran el espíritu.

—A ti te importa mucho tu país —le digo a Diego al final de la charla—. Te importa la gente que hace cosas aquí, que cuenta historias y que tiene algo que mostrar, ya sea actuando, escribiendo o dirigiendo. ¿Por qué te importa tanto? ¿Por qué sigues estando aquí y haciendo películas como esta?

—Porque cuando quieres contar algo, y de forma honesta, más te vale que hables de algo que conoces; especialmente si quieres contribuir a una reflexión colectiva. Yo adoro lo que hago y dedico la mayor parte de mi tiempo a hablar de México y de mi entorno, mi contexto, y de lo que me tocó vivir y mamar. Entonces siempre estoy en conexión con el lugar al que pertenezco. Es una sensación profunda de arraigo. Porque, además, aquí están todos los referentes que crecí viendo, en cine y teatro, y que me contagiaron de su pasión. Y es gracias a todas esas relaciones que he forjado en el camino que yo hago lo que hago. Ahí hay una relación que a mí me ha enriquecido muchísimo y donde, además, me siento siempre muy bienvenido. Es una comunidad a la que pertenezco y en la que me siento cada vez más productivo.

{{ linea }}

‍

Newsletter
¡Gracias!
Oops! Something went wrong while submitting the form.
No items found.

Suscríbete a nuestro Newsletter

¡Bienvenido! Ya eres parte de nuestra comunidad.
Hay un error, por favor intenta nuevamente.