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Entre el olor de la feijoada y las percusiones de la samba, se cuenta la saga de la familia Pinto, habitantes de un quilombo —una comunidad de descendientes de esclavos en fuga— enclavado como oasis verde en la ladera de una de las zonas residenciales más opulentas del sur de Río de Janeiro. Es una historia de décadas de resistencia ante la presión del negocio inmobiliario, y un símbolo acabado de las tensiones racistas que corren por los subterráneos de la sociedad carioca.
Aquel día de 1929, cuando Manoel Jr. Pinto llegó a ese morro ubicado a 200 metros de un lago turquesa, sintió que un caballo le galopaba en el pecho. La leve neblina se fue disipando, dejando al descubierto la majestuosa masa verde donde tan solo un puñado de casitas construidas de barro y bambú desafiaban la densidad de la flora tropical de Río de Janeiro. El sitio coincidía con las pocas indicaciones que había conseguido sobre el lugar donde se encontraba el “quilombo” (la comunidad de esclavos en fuga) en el que se había refugiado décadas atrás su padre, un antiguo esclavo que había escapado de una hacienda cafetera.
Pero Manoel Jr. no esperaba encontrar a su padre. Hacía años que había perdido su rastro. Probablemente ya estaba muerto. Lo que realmente buscaba era aquello que la ladera le había regalado: la libertad. Si bien formaba parte de la primera generación de afrodescendientes libres, no lo era realmente. El 13 de mayo de 1888, la princesa Isabel, regente del Imperio de Brasil, un país que se había independizado de la Corona portuguesa desde 1822, abolió finalmente la esclavitud. Pero, por falta de una reforma agraria, los millones de esclavos libertos y sus descendientes fueron abandonados a su suerte, sin acceso a la tierra, a una vivienda digna ni a un empleo decente. Muchos regresaron al África con la esperanza de reencontrar la vida que les habían arrebatado. Quienes se quedaron en Brasil terminaron sembrando y cosechando caña de azúcar, café, algodón y tabaco, en las mismas tierras donde habían sido oprimidos durante siglos.
Manoel Jr. había trabajado durante años como jornalero agrícola en la sierra de Nova Friburgo, en el interior del estado de Río de Janeiro. Se sentía exhausto. Pasaba los días deambulando de hacienda en hacienda, buscando trabajo para que su esposa, Doña Eva Manoela da Cruz, y sus cinco hijos pequeños —Eduardo, Sebastião, Édimo, Maria Bernardina y João— no pasaran hambre. Manoel Jr. los miraba, tan pequeños y llenos de vida. No estaba dispuesto a condenarlos a la miseria, de modo que decidió, en 1929, partir rumbo al morro donde su padre se había refugiado, con la esperanza de que ese lugar le trajera la misma suerte. La ciudad de Río de Janeiro estaba creciendo y atrayendo a personas del campo que, como él, buscaban un futuro mejor.
Dejó atrás a Doña Eva y a los niños. Era más prudente que se quedaran en Nova Friburgo hasta que él encontrara primero un empleo, un techo, algo de estabilidad. Manoel Jr. prometió que los visitaría cuantas veces pudiera. Si las cosas salían bien, los llevaría con él más adelante. Besó a sus cinco hijos uno por uno, abrazó a su mujer y partió solo, rumbo a la ladera salvadora.
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Encontrar trabajo no fue difícil. Las tierras pertenecían a la poderosa familia Darke de Mattos, de origen alemán, que había hecho fortuna como propietaria de la empresa fabricante de chocolates Bhering y del famoso Café Globo. La hermana del dueño de la empresa, Astréia Darke de Mattos, una viuda, buscaba un empleado de confianza y versátil que pudiera cuidar su terreno, limpiar su mansión y trabajar como jardinero.
No dudó en dar una oportunidad a Manoel Jr. Era callado, dispuesto a trabajar día y noche. Sabía cuidar plantas y animales, y su bigote fino le daba una apariencia seria que inspiraba confianza. Astréia Darke de Mattos le permitió construir un pequeño barracón al comienzo de la subida del morro para que tuviera donde vivir. Entusiasmado, Manoel Jr. plantó árboles de yaca (una fruta gigantesca de pulpa amarilla y fibrosa y de cáscara verde y dura), cocoteros y bananeras para que su familia pudiera alimentarse de ellas cuando llegara.
Pero fue tan solo 10 años después, cuando la viuda le encargó una nueva tarea, que Manoel Jr. decidió finalmente traer a su familia. En 1939, Astréia Darke de Mattos le pidió que abriera una calle sobre el morro, a unos 100 metros de su barracón. Río de Janeiro estaba experimentando una rápida expansión urbana debido a la falta de espacio en la ciudad. La familia Darke de Mattos, que tenía olfato para los negocios, decidió fundar una inmobiliaria para urbanizar la ladera, cuya proximidad al lago y cuya vista espectacular del Cristo Redentor, inaugurado en 1931, seguramente atraería a constructoras deseosas de levantar grandes edificios.
Pronto comenzaron a llegar obreros, en su mayoría del noroeste del país, para abrir otras calles. Entusiasmado por el dinamismo creciente de la zona, Manoel Jr. pensó que no faltarían oportunidades de trabajo para su esposa e hijos. Además, el 19 de diciembre de 1934 había nacido su sexta hija, Maria Laudellina, a quien le decían Neném. No quería perderse su infancia. Pero lo que nunca imaginó fue que, en realidad, estaba pavimentando el camino hacia su propio infierno.

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Tras su llegada a la ladera, la familia Pinto no conoció descanso. Salvo João y Neném, demasiado pequeños aún para trabajar, todos se pusieron manos a la obra para acondicionar el terreno. Édimo, apodado “Mosquito”, aficionado a la albañilería, construyó unas escaleras de cemento, de peldaños bajos, para abrir paso entre la vegetación densa, surcada por un riachuelo, hasta la pequeña casa de barro y con ventanas diminutas que había levantado Manoel Jr.
Junto a la vivienda pusieron también una chimenea de ladrillos para que doña Eva preparara las quentinhas, almuerzos caseros que luego vendía, con la ayuda de Eduardo, Sebastião y Maria Bernardina, a la multitud de albañiles que abrían calles bajo el sol abrasador. La familia Pinto se ganó pronto el cariño del vecindario, que empezó a llamarla, con afecto, “la familia Sacopã”, por el nombre de la calle que Manoel Jr. había pavimentado. Doña Eva, curandera y partera, también era conocida como “la abuelita del ombligo” por los muchos niños a los que ayudó a nacer.
A los Pinto no les faltaba nada. Bebían el agua que brotaba de la tierra oscura, canalizada con troncos huecos de bambú hasta un barril de roble donde la almacenaban. Comían frutas y verduras de la huerta que Manoel Jr. y doña Eva habían cultivado, y criaban cerdos y gallinas. En medio de aquella vida que parecía ir encontrando su cauce, doña Eva y Manoel Jr. tuvieron dos hijos más: primero Antonio, nacido en 1935, y luego Luiz, el 13 de diciembre de 1941.
Luiz salió más rebelde que los otros. Era protestón y travieso, pero también divertido y sociable. Le encantaba jugar al fútbol con los niños de las casitas vecinas, siempre cuidándose de no pisar alguna culebra escondida entre las piedras. También disfrutaba de cantar con su hermana Neném, que soñaba con convertirse en estrella. Tenía talento. Su voz cristalina dejaba a todos en silencio cuando entonaba el Ave María en la iglesia de Santa Margarida, a 10 minutos a pie desde su barracón. También deslumbraba en las fiestas familiares cuando cantaba sambas heredadas de sus antepasados: muchos esclavos solían tocar samba en círculo, con tambores y cantos, como una forma de respiro. Para los Pinto, la música era también una manera de contar el mundo. Como Manoel Jr y Doña Eva eran analfabetos, transformaban los acontecimientos de la época en canción para transmitirlos a sus hijos.
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La paz de los Pinto no duró mucho. A partir de los años 60, la alcaldía de Río de Janeiro lanzó una política para “higienizar” la ciudad, alarmada por el crecimiento desordenado de viviendas informales de obreros que fueron instalándose en Río para trabajar en las obras de urbanización. En realidad, lo que se buscaba era alejar a los negros pobres de zonas de interés para las inmobiliarias.
Las remociones eran rápidas y violentas. Llegaba una orden de desalojo y, 15 días después, aparecían unos 50 funcionarios acompañados por policías, empleados del servicio de saneamiento, y tractores. Ataban una cuerda al techo de una casa y la arrastraban hasta reducirla a escombros. Días más tarde, las familias eran reubicadas en viviendas alejadas del centro. Para 1973, más de 175 000 personas habían sido removidas de diversas favelas de Río de Janeiro.
El 13 de abril de 1975 llegó el turno de la ladera donde vivía la familia Pinto. Para entonces, allí residían unas 120 personas, que fueron trasladadas a Inhoaíba, un barrio en la zona oeste de Río. Pero la familia Pinto se resistió a salir. Manoel Jr. explicó que la señora Astréia Darke de Mattos le había dado permiso para vivir allí con su familia. También que tenía conexiones con personas importantes. Doña Eva había conseguido trabajo como empleada doméstica para personas influyentes, como el gobernador del entonces estado de Guanabara —un estado brasileño que existió entre 1960 y 1975 y estaba formado solo por la ciudad de Río de Janeiro—, Antônio de Pádua Chagas Freitas, un político conservador, de gruesas gafas y mirada severa, que vivía cerca de allí.
Mientras las demás viviendas caían una a una, como fichas de dominó, los agentes de la prefectura hicieron una excepción con la familia Pinto. Y así fue como se convirtieron en los últimos quilombolas —como se llama a los descendientes de esclavos fugitivos— en resistir en la zona sur y opulenta de Río de Janeiro.
Pero los Pinto sabían que aquella protección de la que se habían beneficiado no duraría para siempre. Astréia Darke estaba envejeciendo. Temían que la próxima vez que recibieran una orden de desalojo no tendrían cómo defender su derecho a permanecer allí. Era una cuestión de tiempo.
Tampoco tendrían fuerzas. Manoel Jr. se había convertido en un viejo solitario, que pasaba los días hojeando una Biblia, preguntándose qué significaban todas esas letras diminutas que no lograba descifrar. Y doña Eva era ya una abuela impaciente, cuyo único interés era disciplinar a sus nietos y bendecirlos con hierbas santas. Todos se habían rendido al destino que parecía inevitable. Todos, menos Luiz.
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Cuando removieron a los habitantes del morro, Luiz tenía 34 años, y la rebeldía que doña Eva esperaba que fuera pasajera no había hecho más que acentuarse. Le gustaba vestir camisas amplias, llevar trenzas y gorros de crochet en amarillo, verde y negro, como los cantantes de reggae. Trabajaba como chofer y, en su tiempo libre, componía sambas junto a Neném. Le encantaban las fiestas, la cerveza y los cantantes de izquierda que resistían a la dictadura militar.
Luiz no quería irse de la ladera. Amaba la paz del lugar: el murmullo del agua del riachuelo deslizándose por la pendiente, el canto de los pájaros, la humedad de las plantas después de la lluvia. Se había casado con Albertina, la hermana de un amigo de infancia con quien había estudiado en la escuela, a la que le decían “Tina”, y soñaba con criar a sus hijos y a sus nietos en el mismo lugar en el que había nacido. Con el crecimiento de la familia, añadieron un piso a la casita de Manoel Jr. y, a su lado, construyeron un barracón de dos plantas. Neném levantó otra vivienda a unos 20 metros más arriba, en el morro. Pero Luiz sabía que, para poder criar allí a sus descendientes, necesitaba obtener un título de propiedad. Sin ese documento, él y su familia estarían perdidos.
Tras la remoción de sus vecinos, Luiz se inscribió en las clases nocturnas de la Facultad de Derecho Cândido Mendes, en el centro de Río, en busca de una vía legal para defender el derecho a la tierra de su familia. Trabajaba manejando ambulancias y aprovechaba los huecos entre emergencias para asistir a clases: si surgía un accidente, lo llamaban, él salía corriendo, atendía a muertos y heridos, y volvía como si nada.
Una noche, en la biblioteca de la facultad, mientras hojeaba el Código Civil, descubrió el artículo 183: una ley que establece el derecho a la usucapión urbana. Esta otorga a toda persona que ocupe, de forma pacífica, continua y sin oposición, un terreno urbano durante al menos cinco años, la posibilidad de solicitar su titularidad legal. La familia Pinto llevaba más de 40 años viviendo en la ladera. Luiz pensó que sería fácil.
El 15 de agosto de 1975, tres meses después de la remoción de sus vecinos, presentó la solicitud de usucapión a nombre de sus padres ante la Vara de Registros Públicos de Río de Janeiro. El documento reclamaba el derecho de propiedad sobre un terreno de 32 300 metros cuadrados. Tenía seis páginas mecanografiadas y ocho pruebas que demostraban su residencia desde, por lo menos, los años 50. Entre ellas, una factura de una radio que doña Eva había comprado en 1952; boletas amarillentas de gas y luz de 1951 de la antigua Société Anonyme du Gaz de Rio de Janeiro; registros de salud y credenciales electorales a nombre de sus hermanos, de 1953.
Pero para un descendiente de esclavos las cosas no eran tan sencillas.
Entre peritajes, burocracia e idas y vueltas legales, Luiz sabía que el proceso demoraría décadas. Mientras él y su familia esperaban pacientemente la decisión de la justicia, intentando llevar una vida tranquila, la transformación de la ladera se aceleró. Las constructoras enviaron tractores para devastar la vegetación, aplanar los terrenos y elevar edificios de lujo.

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Hoy, la ladera a la que llegó Manoel Jr. se llama Lagoa y apenas conserva rastros de lo que fue. La calle empedrada por Manoel Jr., Sacopã, que nace en una avenida y serpentea por el barrio, está flanqueada por edificios de cinco, 10 y hasta 15 pisos, con balcones de mármol y vistas al lago turquesa, que da nombre a la zona, y a la estatua del Cristo Redentor. Muchos edificios llevan nombres de ciudades europeas, como Fontana di Trevi; de estaciones de esquí suizas, como Crans Montana; o de autores célebres, como Saint-Exupéry, y están habitados por actores de telenovela y políticos influyentes.
Están blindados por cercas y tienen entradas imponentes, custodiadas por guardias uniformados que pasan el día mirando las cámaras de seguridad con cara de aburridos. El movimiento en la zona es escaso. A diferencia de otros barrios de Río de Janeiro, siempre bulliciosos y concurridos, Lagoa es muy tranquilo. Solo se ven algunas personas en ropa deportiva que suben la empinada calle para ejercitarse, o que pasean perros diminutos de ladrido agudo. De vez en cuando, un repartidor de iFood pedalea en una bicicleta precaria para llevar comida a algún residente de esos mastodontes lujosos.
Muchas de las palmeras y de los arbustos tropicales han desaparecido. En la calle Sacopã, tan solo sobrevivieron pequeños reductos de vegetación confinados en macetas para decorar los balcones o las aceras. Muchas plantas rebeldes han logrado agrietar el contenedor, trepando por los muros y enredándose en los cables eléctricos.
En medio de ese paisaje, el quilombo emerge como un oasis verde: es como un parque sitiado por edificios enormes que parecen querer devorarlo. Cualquiera puede entrar. Su acceso está delimitado apenas por una reja que permanece siempre abierta y que da paso a un estacionamiento con piso de tierra. Al fondo se encuentran las escaleras que construyó Édimo, que se pierden entre la flora tropical.
Al subirlas para llegar al patio central del quilombo —una especie de salón abierto con piso de piedra, cubierto por un frágil techo metálico sostenido por vigas de madera y atravesado por dos árboles grandes—, el visitante siente que se interna en un mundo desaparecido. La vegetación densa regala sombra y frescor. Los tobillos empiezan a picar, atacados por mosquitos. Aparecen grandes hormigas que avanzan en fila sobre los troncos, y lagartijas que se escabullen entre la maleza. Es como si toda la fauna expulsada por la urbanización hubiera encontrado allí su último refugio. Incluso el olor cambia: se respira un aroma fermentado, causado por las papayas que se pudren sobre la tierra negra.
El quilombo es, en cierto modo, un tesoro: el último rincón virgen de Lagoa, aún sin construir. Un rincón que vale oro. Lagoa tiene el tercer metro cuadrado más caro de Río de Janeiro, con un valor cercano a los 3 000 dólares. Si se toma en cuenta el precio medio de la zona, el terreno donde resiste la familia Pinto podría venderse por 69 millones de dólares.
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El retorno a la democracia en Brasil, en 1985, tras 21 años de dictadura militar, abrió una esperanza de mejora para la población afrodescendiente del país. Con la convocatoria de la Asamblea Nacional Constituyente por parte del gobierno de José Sarney (1985-1990), el movimiento negro se organizó para asegurar que su derecho a la tierra, históricamente ignorado, quedara inscripto en la nueva Constitución Federal de 1988. Conocida como la “Constitución Ciudadana”, esta reconoció finalmente a Brasil como una nación multicultural y, en su artículo 68, estableció que el Estado debía otorgar la titularidad de las tierras ocupadas por los quilombos, como forma de reparación histórica por la esclavitud.
Pero Luiz no tenía mucha fe en ese nuevo derecho. Para hacerlo valer, primero era necesario atravesar un trámite complejo y burocrático de modo que la comunidad fuera reconocida como quilombo. Tendría que demostrar que él y su familia descendían de personas esclavizadas y que mantenían un vínculo ancestral con el territorio que habitaban. ¿Cómo probar que el abuelo de Luiz se había refugiado en la ladera cuando aún era esclavo?
Muchos archivos de aquella época fueron destruidos. Dos años después de la abolición de la esclavitud, en diciembre de 1890, el entonces ministro de Hacienda, Rui Barbosa, ordenó la incineración de registros del Imperio brasileño vinculados a la población esclavizada. Los historiadores creen que probablemente buscaba impedir que los antiguos propietarios de esclavos reclamaran indemnizaciones al Estado por la pérdida de “sus bienes”.
Además, como muchos esclavos eran analfabetos, tampoco dejaron rastros escritos. Y Dona Eva y Manoel Jr. se negaban a hablar de lo poco que sus padres les habían transmitido sobre el sufrimiento que habían padecido. No querían que los relatos amargos de aquella época sembraran en sus hijos odio hacia su color de piel ni dudas sobre su igualdad con los blancos. Querían que pudieran reconstruir la historia familiar lejos del tormento del pasado.
De todos modos, como el proceso de usucapión se demoraba, Luiz inició en 1999 el trámite para el reconocimiento de su terreno como quilombo amparado en el artículo 68 de la nueva Constitución, y abrió las puertas de la comunidad, en la ladera, a varios antropólogos de la Universidad Federal Fluminense de Río de Janeiro, con la esperanza de desentrañar los misterios del pasado familiar. Luiz nunca pensó que llegaría a conseguirlo, pero no perdía nada con intentarlo.
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En 2002, 27 años después de la solicitud de usucapión presentada por Luiz, la justicia finalmente tomó una decisión. Y era favorable. La Vara de Registros Públicos había accedido a otorgarles el título de propiedad del terreno en primera instancia. Pero los Pinto no pudieron celebrar por mucho tiempo. Una inmobiliaria llamada Higienópolis impugnó la decisión judicial, alegando ser heredera de la Inmobiliaria Darke, perteneciente a la misma familia que había permitido a Manoel Jr. instalarse en el terreno y a la cual él había servido fielmente durante décadas, hasta jubilarse. Astréia Darke de Mattos ya no estaba allí para testificarlo: había fallecido en 1993, a los 90 años.
Luiz sabía que las facturas y boletas de gas y de luz no bastarían para enfrentar a la inmobiliaria. Necesitaba ayuda legal especializada. Luiz no dudó un segundo en llamar al mejor. Humberto Adami, también afrodescendiente, ha dedicado su vida a combatir el racismo en Brasil. Es un hombre impaciente y cascarrabias que ha llevado decenas de casos relacionados con los 8 441 quilombos existentes en el país. Esa vasta experiencia le ha dado una intuición casi felina.
«Cuando tomé el caso, enseguida supe que algo olía a podrido», dice, mientras bebe una gaseosa en un quiosco frente a la playa de Copacabana, a una cuadra de su casa. Lleva una camisa rosada y sandalias de cuero, su atuendo de días de descanso. Es miércoles 19 de junio de 2025, feriado de Corpus Christi. El único momento libre en su apretada agenda. Llegó a la hora que había anunciado: a las 16:30 en punto. No tiene mucho tiempo, así que va directo al grano.
«Higienópolis es un fraude», asegura. Está convencido de que la inmobiliaria fue creada, con la intención de desalojar el quilombo, con la complicidad del vecindario. Según él, hay varios indicios clave de lo que considera una farsa: la empresa fue creada poco tiempo antes de la decisión judicial; no se encontró ningún Registro General de Inmuebles a nombre de la inmobiliaria en la notaría. Además, hay un detalle que parece una curiosa coincidencia: el juez que tomó la causa, Roberto Wider, vivía en uno de los edificios vecinos al quilombo, construido justo sobre los terrenos que la familia Pinto reclamaba como propios, y tenía fama de ser corrupto.
Para probar su hipótesis, Humberto Adami dedicó innumerables noches de insomnio a trabajar bajo la luz de una vieja lámpara verde en su despacho, Adami e Associados, en el piso 208 de un gran edificio moderno en el centro de Río. Pero el trabajo cada vez era mayor. Pronto, otras inmobiliarias, condominios y constructoras del barrio se sumaron a la causa de Higienópolis —cuyos representantes no respondieron a los múltiples pedidos de entrevista enviados por correo electrónico— para sostener que ese terreno no pertenecía a los Pinto. Humberto Adami llegó a acumular 42 expedientes sobre su escritorio. El trabajo lo desbordaba, y los fondos que consiguió de la Fundación Ford para financiar su labor voluntaria en favor de los Pinto —que no tenían recursos para pagarle— se quedaron cortos. «¡Este caso casi quiebra mi firma!», gruñe. Necesitaba ayuda extra. Así que, a regañadientes, organizó una colecta de fondos para contratar a un pasante.

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En los años 80, la familia Pinto atravesó dificultades financieras. El barrio ya estaba construido, los obreros se habían ido y el negocio de las quentinhas dejó de ser rentable. Luiz y Édimo abrieron un punto de taxi en el estacionamiento del terreno, pero no alcanzaba para cubrir unos gastos cada vez mayores. Como sus hermanos, él también había tenido hijos: Luiz y Marcio. Hoy, 37 miembros de la familia Pinto viven en la ladera, repartidos en nueve barracones.
Fue entonces cuando Neném decidió que había llegado el momento de perseguir su sueño de convertirse en estrella. Para aumentar los ingresos, organizaría una roda de samba una vez por mes, en la que cantaría y vendería feijoada, un plato típico de Brasil preparado con frijoles negros y restos de cerdo. Puso todo su empeño en que la idea saliera a la perfección.
En enero de 1984, con ayuda de toda la familia, retiraron 30 toneladas de tierra para levantar un patio central en el quilombo, al que llamaron “terreiro”, que se convertiría en el escenario de las rodas de samba.
Su hijo mayor, José Cláudio, un chico alto y flaco, y de piel más clara que su madre, que había sido invitado a jugar fútbol en el Flamengo, renunció a su carrera deportiva para ayudar a Neném. La acompañaba hasta el mercado de San Pedro, en Niterói, una ciudad a una hora de distancia, a la que se llega cruzando un puente gigantesco o en barco, para buscar la mejor carne de cerdo. Dejaban la carne en sal desde el día anterior, para quitarle el exceso de grasa. Luego, Neném la cocinaba durante horas en una chimenea exterior de leña, que le daba un toque ahumado especial, antes de mezclarla con frijoles negros, ajo, cilantro y sal. Al final, removía la mezcla lentamente en viejas ollas de hierro, con una paciencia que parecía de santa.
Neném construyó un pequeño altar tallado en piedra, donde colocó la imagen de la esclava Anastácia, símbolo de la resistencia, y le rezó para que todo saliera bien. Las plegarias fueron escuchadas. Poco a poco, la samba de la calle Sacopã se convirtió en una fiebre entre famosos, artistas, jóvenes alternativos e intelectuales del sur de Río de Janeiro, y llegó a recibir hasta 400 personas.
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Este sábado 14 de junio de 2025, a las cinco de la tarde, ya hay unas 30 personas en “el terreiro”, que permanece casi intacto, tal como lo levantó la familia. Siguen allí la misma chimenea de leña donde cocinaba doña Eva, el piso de piedra y el techo metálico. Lo único que cambió fue la pared del fondo del patio, donde ahora aparecen pintados Luiz, con sus gorros de crochet en amarillo, verde y negro, y Tia Neném.
La feijoada, el arroz y la col se sirven en recipientes metálicos, sobre una mesa frente a la chimenea, para que cada invitado pueda repetir a gusto y comer sentado en las mesitas de plástico. El ambiente es muy distendido. Un grupo de amigos, vestidos con ropa colorida, se ríe a carcajadas frente a sus platos vacíos, donde apenas quedan cáscaras de naranja. También hay un inglés cuarentón, con camiseta roja del Chelsea, bebiendo una cerveza fría en un pequeño vaso —de los llamados “copos americanos”— mientras acaricia a su perrita. Cerca, una pareja de señoras sexagenarias, con aire intelectual, conversa animadamente mientras bebe Coca-Cola.
Los músicos ensayan sentados en círculo alrededor de una mesa ovalada, cubierta con un mantel. Hacen pruebas de sonido, afinan los instrumentos y palmean las percusiones. El repertorio es siempre el mismo: clásicos del samba de los años 70 y 80, con nombres como Velha Guarda da Mangueira, Zeca Pagodinho y Beth Carvalho.
Por allí han pasado muchos artistas famosos: Regina Casé, Zezé Motta, Caetano Veloso, Tim Maia y el futbolista Sócrates, que adoraba las caipirinhas que preparaba José Cláudio. Pero no importa cuán célebre sea el invitado: a las 22:00 en punto, todo se detiene. La ley prohíbe hacer ruido en zonas residenciales después de esa hora. Los músicos guardan sus instrumentos y, en cuestión de minutos, los invitados descienden por la pequeña escalera hasta el portón del quilombo.
Luiz siempre advierte: «No se puede pasar ni un minuto más. Si no, los vecinos ricachones llaman a la policía».
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Las rodas de samba de la familia Pinto incomodan a gran parte del vecindario. Un productor audiovisual de cabello engominado, que vive en el penthouse con piscina de un edificio vecino al quilombo, dice que no las soporta. «Las sambas convierten el barrio en un caos», cuenta el 30 de junio de 2025 desde la sala de su apartamento, cubierta por una alfombra inmensa y perfumada con olor a limpiador, mientras una empleada doméstica, con un gorro parecido al que usan los cirujanos, barre la casa. Según él, los autos de los asistentes a las fiestas se amontonan en la calle empedrada y angosta de Sacopã, bloqueando el paso de los residentes, y el ruido impide que su hijo, de 17 años, pueda estudiar. «Tenemos que prender el aire acondicionado para que no se escuche tanto la bulla», dice.
Prefiere hablar de forma anónima por miedo a que los Pinto lo acusen de “racismo”, palabra que, asegura, la familia usa como escudo para descalificar cualquier reclamo de los vecinos. Al igual que otros residentes, sospecha que no descienden de esclavos fugitivos, sino que “inventaron esa historia” para evitar un desalojo y esquivar las reglas del barrio. «No tienen permiso para comercializar feijoada ni para hacer fiestas; sus infraestructuras son muy precarias», asegura, y teme que las casitas de los Pinto se derrumben con la lluvia carioca.
Pero lo que más lo inquieta es que lleguen nuevos miembros a la familia, y que, poco a poco, «el lugar termine por convertirse en una favela», dice. Él y su esposa colocaron dos sillas de madera frente a la enorme ventana de su apartamento, que les permiten vigilar el estacionamiento del quilombo. Si advierten un movimiento sospechoso, o el menor indicio de una construcción nueva, no dudan en avisar a Amofonte, la asociación de residentes de Lagoa, que ha presentado más de 20 denuncias contra el quilombo por construcción irregular, tala ilegal de árboles, ruido excesivo y uso indebido del estacionamiento. Pese a los numerosos correos, los mensajes en redes sociales y hasta las cartas entregadas en la sede de la asociación y a su abogado para solicitar una entrevista, no hubo respuesta.
En una de sus últimas declaraciones a la prensa, en una nota enviada al diario O Globo, el 1 de mayo de 2018, la asociación sostuvo que el sonido de las sambas «se propaga por varias cuadras» de Lagoa y que «llueven las quejas de los residentes del barrio». También alegó que los eventos «no tienen el menor sentido» ya que «nada de eso [las sambas] caracteriza la cultura quilombola». Esa «música se puede escuchar en un aparato o en una sala de espectáculos», aseguró Amofonte, defendiendo que su oposición a los eventos organizados por los Sacopã «no se trata de prejuicio, sino de sentido común y de entender el entorno en el que uno está situado».
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La hostilidad del vecindario ha vuelto pesada la atmósfera para la familia Pinto. En varias ocasiones, las denuncias desembocaron en multas, prohibiciones temporales de la samba y la feijoada, e incluso en el cierre con candado del portón y la vigilancia policial durante meses. Despiertan cada día sin saber qué nueva denuncia aparecerá en el buzón. Se sienten permanentemente amenazados y poco bienvenidos en el barrio, como si fueran extraterrestres en el lugar donde nacieron y crecieron.
Un vecino de un lujoso condominio incluso intentó sobornar a Tía Neném para que saliera del terreno. «Me llamó con un paquete de dinero; yo ni siquiera lo toqué. Él dijo que allí había 27 000 reales» (cerca de 5 200 dólares), cuenta ella en un diario que conserva su hijo José Cláudio. Lo más humillante fue la sorpresa que provocó su rechazo al vecino: el hombre nunca imaginó que se negara a aceptar ese dinero. «Su esposa me miró de arriba abajo: llevaba unas zapatillas viejas y un vestido remendado. La mujer puso una cara de repulsión y me dijo: ‘¿Cómo puede no aceptar una oferta así?’», se lee en el diario de Tía Nenem.
Con el paso de los años, esa presión se volvió insoportable para ella. Hasta que el 2 de marzo de 2006, a los 72 años, no aguanto más. Se encontró con la esposa del juez que llevaba uno de los múltiples juicios contra el quilombo en la iglesia donde cantaba. La mujer llamó a su marido por teléfono y le pasó el aparato a Neném. El juez le dijo que Luiz era “descarado” y “abusivo”, y prometió desalojar el lugar en 15 días. No era legal, pero Neném, que no tenía los conocimientos jurídicos de Luiz, le creyó. Esa misma noche sufrió un infarto. Luiz la encontró fría al día siguiente y se desmayó del susto.

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¿Tanto sacrificio valía la pena? Luiz ya no estaba seguro. La causa judicial contra Higienópolis no avanzaba, y tampoco el proceso de titularización del quilobo mediante el artículo 68 de la Constitución. El olfato de Humberto Adami respecto del juez Roberto Wider que dictó la sentencia a favor de la inmobiliaria no había fallado: en 2012, el Consejo Nacional de Justicia lo sancionó con jubilación obligatoria, la pena máxima en un proceso disciplinario, por haber nombrado irregularmente para dirigir registros notariales de Río a dos abogados sin concurso público.
Pero nada de eso cambió el rumbo del caso. A Luiz le costaba cada vez más salir a la calle y enfrentarse a un vecindario que lo miraba de reojo. «El racista cree que el negro no puede vivir en una zona noble», dice. «A veces estoy ahí abajo lavando mi coche, y la gente llega y dice que quiere hablar con mi patrón solo porque soy negro».
Luiz temía morir sin ver el desenlace de su batalla. Se estaba haciendo viejo. Le diagnosticaron diabetes e hipertensión. Tenía los tobillos hinchados y caminaba con lentitud. Además, el contexto político también se había vuelto más hostil: el impeachment de Dilma Rousseff en 2016 abrió el camino al ascenso de la derecha en Brasil y, en 2018, fue electo presidente Jair Bolsonaro, un militar de extrema derecha, abiertamente hostil a los quilombos. Durante su campaña llegó a comparar a los quilombolas con animales que “no hacen nada”.
El 18 de abril de 2020 murió Hugo, nieto de Luiz y uno de sus mayores aliados: un joven carismático y generoso en quien Luiz veía su propio reflejo. Hugo era músico, rebelde y tan apasionado por el quilombo como él. Tenía apenas 25 años. Dos años después, el 3 de octubre de 2022, Márcio, padre de Hugo e hijo de Luiz, falleció a los 58 años a causa de problemas cardíacos. Sus familiares afirman que su corazón no logró sobreponerse al dolor provocado por la partida tan inesperada de Hugo, de quien ni siquiera pudo despedirse.
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Triste y abatido Luiz pasaba los días en silencio, sentado en una silla de plástico en el patio del quilombo, murmurando el rap que había compuesto con su nieto Hugo para que nadie se olvidara nunca de la historia del quilombo.
Mi tatarabuelo, que llegó antes de la abolición
En esta tierra se asentó, comenzó la evolución.
Aquí él sembró, aquí él cosechó, aquí él resistió.
Aquí murió.
Mi bisabuelo heredó su gran misión:
no dejar de rendir culto a nuestro arte y tradición,
de tocar nuestro tambor, de hacer nuestra oración.
Mi bisabuelo también murió,
pero mi abuelo heredó el don
y, como cantante y compositor, creó esta canción
y me la dio para que yo la cantara.
Yo soy la sexta generación,
soy quilombo, quilombola, soy Zumbi.
Soy lo que soy: aún resistencia. No quiero salir de aquí.
Soy la raza brasileña que todavía sufre humillación.
Pero soy la historia verdadera que construyó esta nación.
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Las elecciones presidenciales del 30 de octubre de 2022 le dieron la victoria a Luiz Inácio Lula da Silva que, como candidato del Partido de los Trabajadores, ya había sido presidente entre 2003 y 2010. Eso le devolvió el ánimo a Luiz. Apenas asumió el cargo, el 1 de enero de 2023, Lula nombró como ministra de Igualdad Racial a Anielle Franco, una joven afrodescendiente y hermana de Marielle Franco, la activista antirracista y defensora de los derechos LGBTQ asesinada en Río de Janeiro el 14 de marzo de 2018 por denunciar proyectos inmobiliarios clandestinos de las milicias que dominan barrios enteros de la ciudad.
Fue una potente señal del compromiso del nuevo gobierno con la lucha por los derechos de los afrodescendientes que desde la Constitución de 1988 no había avanzado demasiado: apenas 54 de las 1 802 comunidades que reivindican ser quilombos han obtenido la titulación de sus tierras, debido a la complejidad y lentitud del proceso. Hoy, solo el 4.3 % de los 1.3 millones de quilombolas brasileños vive en territorios formalizados. Según la ONG Terra de Direitos, si el Estado mantuviera el ritmo actual de regularización, serían necesarios 2 188 años para titular todos los territorios quilombolas.
Anielle Franco parecía dispuesta a acelerar el proceso.
El 23 de julio de 2024, la ministra aprovechó un viaje oficial a Río de Janeiro, adonde había acudido para una reunión del G20, para visitar por la tarde el quilombo de Luiz. El patriarca le contó la historia de su familia. Conmovida, ella le dijo:
—Voy a intentar contactar al presidente. Lo voy a llamar para que hables con él.
Intentó comunicarse varias veces, sin éxito. Hasta que, finalmente, Lula respondió. Anielle le pasó el teléfono a Luiz, y ambos intercambiaron unas breves palabras.
—Mira, estoy en tránsito —le dijo Lula con su voz ronca—. Puede que se corte la llamada en cualquier momento. Estoy dentro de un automóvil, pero aquí estoy. Ahora vienen las elecciones municipales, así que voy a tener que pasar por Río. A ver si logro conocer ese quilombo… a ver si me doy una vueltita. Ponte en contacto con Anielle. Mira, ahora estoy por entrar a un túnel…
Antes de que se interrumpiera la llamada, Luiz apenas tuvo tiempo de agradecer:
—Muchas gracias. Es un placer enorme. Lo espero ansiosamente.
Lula no volvió a comunicarse, pero cuatro meses después de la visita de Anielle Franco, el 29 de noviembre, mientras escribía una letra de samba para el carnaval, Luiz recibió otra llamada. Esta vez era Gustavo Noronha, funcionario del Instituto Nacional de Colonización y Reforma Agraria (Incra), responsable de regularizar la propiedad de la tierra en Brasil. Le dijo:
—El documento para titularizar tu tierra está sobre la mesa del presidente, listo para ser firmado. Cuando lo firme, te llamo.
Lula había decidido firmar un decreto que declaraba 15 quilombos de “interés social, cultural e histórico”. Es decir, un decreto que permitiría al Incra iniciar un proceso de regularización del quilombo y garantizaría que el área no pudiera ser vendida. Entre los territorios seleccionados estaba el de la familia Pinto.
—¿Es verdad? —preguntó Luiz, echándose a llorar.
A los pocos minutos, Noronha lo volvió a llamar:
—Lula acaba de firmar el decreto.
Luiz no podía sentirse más orgulloso. Lo había logrado. Había sido una batalla larga. Ahora tenía 82 años, pero todo había valido la pena. Aunque la obtención del título de tenencia de la tierra del quilombo todavía iba a tardar, solo era un proceso burocrático, y no corrían el riesgo de ser expulsados de su terreno.
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Tras el decreto de Lula, la presión arterial de Luiz se estabilizó. Pero Humberto Adami cree que la batalla está lejos de terminar. El terreno oficialmente registrado no es el mismo de antes. A medida que los nuevos edificios fueron comiéndose el territorio y reduciéndolo poco a poco, el Incra prevé regularizar un área mucho más pequeña —911 metros cuadrados— en comparación con los más de 32 300 metros cuadrados que había ocupado su abuelo. Los quilombolas tampoco pueden beber el agua que brota de la tierra como lo hacía Luiz de niño. El agua ya no está limpia: las nuevas construcciones contaminaron la zona.
Humberto Adami sostiene que el quilombo merece exigir compensación por esas pérdidas. «¡Los deberían indemnizar con millones!», dice. El miércoles 22 de abril de 2026, al mediodía, mientras toma un trago de cerveza en el mismo quiosco de Copacabana de siempre, cuenta que en una de sus noches de insomnio se le ocurrió una idea brillante para lograrlo: tras el reconocimiento del terreno de los Pinto como sitio de interés público, podría lograrse la anulación de la causa con Higienópolis, alegando la incompetencia del tribunal que la juzgó. «El caso fue tramitado por la Justicia estatal, pero los asuntos vinculados a quilombos como este debieron pasar a la Justicia federal», explica, convencido también de que la condena por corrupción contra el juez Roberto Wider podría ayudar a convencer a la justicia de desmontar la sentencia.
A Adami le brillan los ojos, cargados de insomnio y de ambición por un nuevo desafío. «Pero esas estrategias jurídicas dan mucho trabajo», dice. Y en el quilombo no hay ahora quien esté dispuesto a pelear. «Luiz está viejo, enfermo, y no preparó a otra generación para continuar esta lucha», lamenta. «Yo no puedo empezar un proceso y luego andar solo como un Don Quijote. Y en los procesos hay que pagar, gente».
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Varios familiares de Luiz están cansados de pelear. Nueve meses después de la decisión de declarar al quilombo de interés general, el 23 de mayo de 2025 llegó por correo una nueva denuncia de Amofonte, enviada al promotor de Justicia de Medio Ambiente del estado de Río de Janeiro por el volumen excesivo de la samba, medido con un sonómetro. Incluso adjuntaron fotos del quilombo tomadas con drones.
José Cláudio, el hijo de Neném, que ahora tiene 62 años y vive con su esposa y uno de sus dos hijos en la casa que construyó junto a Tia Neném, está dispuesto a bajar las armas, aunque eso moleste a Luiz. «Hoy tenemos un gran desencuentro en el quilombo. Eso me duele mucho», lamenta el sábado 6 de septiembre, mientras comparte con su prima Márcia, hija de Édimo y un año mayor que él, un pedazo de pastel de maíz en la mesa de la cocina. Desde allí se ve, en la pared de la sala, un enorme retrato de Tia Neném.
Ambos aseguran respetar mucho a su tío Luiz, pero creen que ha llegado el momento de poner fin a las sambas. «Hacer ruido solo alimenta una imagen negativa del quilombo», dice José Cláudio, que ha pasado por un largo tratamiento psicológico para sobrellevar las tensiones del barrio y la pérdida de su madre, con quien mantenía una relación muy cercana. A Márcia, el prejuicio de los vecinos hacia el quilombo le afecta en el trabajo: se dedica a pasear perros en el barrio y cuenta que perdió a una clienta que un día le ofreció llevarla a su casa y, al descubrir dónde vivía, nunca volvió a llamarla.
También les preocupa el futuro de las nuevas generaciones. María Eduarda y Luiz Eduardo, hijos del primogénito de Luiz, son excluidos de la vida social del barrio. En 2024, cuando tenían 15 y 12 años, se hicieron amigos de Manoel, un chico de un edificio situado a unos 100 metros, que se aventuró en bicicleta hasta el quilombo. Empezaron a jugar fútbol juntos y, a menudo, almorzaban en casa de Rosane, su madre. Pero la amistad se quebró cuando Manoel los invitó a la suya: los padres del chico recibieron a María Eduarda y Luiz Eduardo con frialdad al descubrir de dónde venían los nuevos amigos de su hijo. María Eduarda y Luiz Eduardo regresaron apagados a casa y Manoel no volvió a aparecer en el quilombo.
José Cláudio y Márcia piensan que, con ayuda de universitarios y de la Defensoría Pública, podrían abrir un diálogo con el vecindario para reconciliarse. «El racismo en Brasil lo sufrieron nuestros abuelos; nosotros también lo sufrimos, pero cada generación tiene distintas formas de defenderse», dice Márcia. «Luiz pertenece a una generación anterior que quiere resistir peleando; nosotros pensamos que tenemos que imaginar otras estrategias», añade, con un suspiro de cansancio, ansiosa por reencontrar, tras décadas de lucha, esa paz que un día llevó a su bisabuelo y a su abuelo a refugiarse en la ladera.
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Entre el olor de la feijoada y las percusiones de la samba, se cuenta la saga de la familia Pinto, habitantes de un quilombo —una comunidad de descendientes de esclavos en fuga— enclavado como oasis verde en la ladera de una de las zonas residenciales más opulentas del sur de Río de Janeiro. Es una historia de décadas de resistencia ante la presión del negocio inmobiliario, y un símbolo acabado de las tensiones racistas que corren por los subterráneos de la sociedad carioca.
Aquel día de 1929, cuando Manoel Jr. Pinto llegó a ese morro ubicado a 200 metros de un lago turquesa, sintió que un caballo le galopaba en el pecho. La leve neblina se fue disipando, dejando al descubierto la majestuosa masa verde donde tan solo un puñado de casitas construidas de barro y bambú desafiaban la densidad de la flora tropical de Río de Janeiro. El sitio coincidía con las pocas indicaciones que había conseguido sobre el lugar donde se encontraba el “quilombo” (la comunidad de esclavos en fuga) en el que se había refugiado décadas atrás su padre, un antiguo esclavo que había escapado de una hacienda cafetera.
Pero Manoel Jr. no esperaba encontrar a su padre. Hacía años que había perdido su rastro. Probablemente ya estaba muerto. Lo que realmente buscaba era aquello que la ladera le había regalado: la libertad. Si bien formaba parte de la primera generación de afrodescendientes libres, no lo era realmente. El 13 de mayo de 1888, la princesa Isabel, regente del Imperio de Brasil, un país que se había independizado de la Corona portuguesa desde 1822, abolió finalmente la esclavitud. Pero, por falta de una reforma agraria, los millones de esclavos libertos y sus descendientes fueron abandonados a su suerte, sin acceso a la tierra, a una vivienda digna ni a un empleo decente. Muchos regresaron al África con la esperanza de reencontrar la vida que les habían arrebatado. Quienes se quedaron en Brasil terminaron sembrando y cosechando caña de azúcar, café, algodón y tabaco, en las mismas tierras donde habían sido oprimidos durante siglos.
Manoel Jr. había trabajado durante años como jornalero agrícola en la sierra de Nova Friburgo, en el interior del estado de Río de Janeiro. Se sentía exhausto. Pasaba los días deambulando de hacienda en hacienda, buscando trabajo para que su esposa, Doña Eva Manoela da Cruz, y sus cinco hijos pequeños —Eduardo, Sebastião, Édimo, Maria Bernardina y João— no pasaran hambre. Manoel Jr. los miraba, tan pequeños y llenos de vida. No estaba dispuesto a condenarlos a la miseria, de modo que decidió, en 1929, partir rumbo al morro donde su padre se había refugiado, con la esperanza de que ese lugar le trajera la misma suerte. La ciudad de Río de Janeiro estaba creciendo y atrayendo a personas del campo que, como él, buscaban un futuro mejor.
Dejó atrás a Doña Eva y a los niños. Era más prudente que se quedaran en Nova Friburgo hasta que él encontrara primero un empleo, un techo, algo de estabilidad. Manoel Jr. prometió que los visitaría cuantas veces pudiera. Si las cosas salían bien, los llevaría con él más adelante. Besó a sus cinco hijos uno por uno, abrazó a su mujer y partió solo, rumbo a la ladera salvadora.
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Encontrar trabajo no fue difícil. Las tierras pertenecían a la poderosa familia Darke de Mattos, de origen alemán, que había hecho fortuna como propietaria de la empresa fabricante de chocolates Bhering y del famoso Café Globo. La hermana del dueño de la empresa, Astréia Darke de Mattos, una viuda, buscaba un empleado de confianza y versátil que pudiera cuidar su terreno, limpiar su mansión y trabajar como jardinero.
No dudó en dar una oportunidad a Manoel Jr. Era callado, dispuesto a trabajar día y noche. Sabía cuidar plantas y animales, y su bigote fino le daba una apariencia seria que inspiraba confianza. Astréia Darke de Mattos le permitió construir un pequeño barracón al comienzo de la subida del morro para que tuviera donde vivir. Entusiasmado, Manoel Jr. plantó árboles de yaca (una fruta gigantesca de pulpa amarilla y fibrosa y de cáscara verde y dura), cocoteros y bananeras para que su familia pudiera alimentarse de ellas cuando llegara.
Pero fue tan solo 10 años después, cuando la viuda le encargó una nueva tarea, que Manoel Jr. decidió finalmente traer a su familia. En 1939, Astréia Darke de Mattos le pidió que abriera una calle sobre el morro, a unos 100 metros de su barracón. Río de Janeiro estaba experimentando una rápida expansión urbana debido a la falta de espacio en la ciudad. La familia Darke de Mattos, que tenía olfato para los negocios, decidió fundar una inmobiliaria para urbanizar la ladera, cuya proximidad al lago y cuya vista espectacular del Cristo Redentor, inaugurado en 1931, seguramente atraería a constructoras deseosas de levantar grandes edificios.
Pronto comenzaron a llegar obreros, en su mayoría del noroeste del país, para abrir otras calles. Entusiasmado por el dinamismo creciente de la zona, Manoel Jr. pensó que no faltarían oportunidades de trabajo para su esposa e hijos. Además, el 19 de diciembre de 1934 había nacido su sexta hija, Maria Laudellina, a quien le decían Neném. No quería perderse su infancia. Pero lo que nunca imaginó fue que, en realidad, estaba pavimentando el camino hacia su propio infierno.

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Tras su llegada a la ladera, la familia Pinto no conoció descanso. Salvo João y Neném, demasiado pequeños aún para trabajar, todos se pusieron manos a la obra para acondicionar el terreno. Édimo, apodado “Mosquito”, aficionado a la albañilería, construyó unas escaleras de cemento, de peldaños bajos, para abrir paso entre la vegetación densa, surcada por un riachuelo, hasta la pequeña casa de barro y con ventanas diminutas que había levantado Manoel Jr.
Junto a la vivienda pusieron también una chimenea de ladrillos para que doña Eva preparara las quentinhas, almuerzos caseros que luego vendía, con la ayuda de Eduardo, Sebastião y Maria Bernardina, a la multitud de albañiles que abrían calles bajo el sol abrasador. La familia Pinto se ganó pronto el cariño del vecindario, que empezó a llamarla, con afecto, “la familia Sacopã”, por el nombre de la calle que Manoel Jr. había pavimentado. Doña Eva, curandera y partera, también era conocida como “la abuelita del ombligo” por los muchos niños a los que ayudó a nacer.
A los Pinto no les faltaba nada. Bebían el agua que brotaba de la tierra oscura, canalizada con troncos huecos de bambú hasta un barril de roble donde la almacenaban. Comían frutas y verduras de la huerta que Manoel Jr. y doña Eva habían cultivado, y criaban cerdos y gallinas. En medio de aquella vida que parecía ir encontrando su cauce, doña Eva y Manoel Jr. tuvieron dos hijos más: primero Antonio, nacido en 1935, y luego Luiz, el 13 de diciembre de 1941.
Luiz salió más rebelde que los otros. Era protestón y travieso, pero también divertido y sociable. Le encantaba jugar al fútbol con los niños de las casitas vecinas, siempre cuidándose de no pisar alguna culebra escondida entre las piedras. También disfrutaba de cantar con su hermana Neném, que soñaba con convertirse en estrella. Tenía talento. Su voz cristalina dejaba a todos en silencio cuando entonaba el Ave María en la iglesia de Santa Margarida, a 10 minutos a pie desde su barracón. También deslumbraba en las fiestas familiares cuando cantaba sambas heredadas de sus antepasados: muchos esclavos solían tocar samba en círculo, con tambores y cantos, como una forma de respiro. Para los Pinto, la música era también una manera de contar el mundo. Como Manoel Jr y Doña Eva eran analfabetos, transformaban los acontecimientos de la época en canción para transmitirlos a sus hijos.
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La paz de los Pinto no duró mucho. A partir de los años 60, la alcaldía de Río de Janeiro lanzó una política para “higienizar” la ciudad, alarmada por el crecimiento desordenado de viviendas informales de obreros que fueron instalándose en Río para trabajar en las obras de urbanización. En realidad, lo que se buscaba era alejar a los negros pobres de zonas de interés para las inmobiliarias.
Las remociones eran rápidas y violentas. Llegaba una orden de desalojo y, 15 días después, aparecían unos 50 funcionarios acompañados por policías, empleados del servicio de saneamiento, y tractores. Ataban una cuerda al techo de una casa y la arrastraban hasta reducirla a escombros. Días más tarde, las familias eran reubicadas en viviendas alejadas del centro. Para 1973, más de 175 000 personas habían sido removidas de diversas favelas de Río de Janeiro.
El 13 de abril de 1975 llegó el turno de la ladera donde vivía la familia Pinto. Para entonces, allí residían unas 120 personas, que fueron trasladadas a Inhoaíba, un barrio en la zona oeste de Río. Pero la familia Pinto se resistió a salir. Manoel Jr. explicó que la señora Astréia Darke de Mattos le había dado permiso para vivir allí con su familia. También que tenía conexiones con personas importantes. Doña Eva había conseguido trabajo como empleada doméstica para personas influyentes, como el gobernador del entonces estado de Guanabara —un estado brasileño que existió entre 1960 y 1975 y estaba formado solo por la ciudad de Río de Janeiro—, Antônio de Pádua Chagas Freitas, un político conservador, de gruesas gafas y mirada severa, que vivía cerca de allí.
Mientras las demás viviendas caían una a una, como fichas de dominó, los agentes de la prefectura hicieron una excepción con la familia Pinto. Y así fue como se convirtieron en los últimos quilombolas —como se llama a los descendientes de esclavos fugitivos— en resistir en la zona sur y opulenta de Río de Janeiro.
Pero los Pinto sabían que aquella protección de la que se habían beneficiado no duraría para siempre. Astréia Darke estaba envejeciendo. Temían que la próxima vez que recibieran una orden de desalojo no tendrían cómo defender su derecho a permanecer allí. Era una cuestión de tiempo.
Tampoco tendrían fuerzas. Manoel Jr. se había convertido en un viejo solitario, que pasaba los días hojeando una Biblia, preguntándose qué significaban todas esas letras diminutas que no lograba descifrar. Y doña Eva era ya una abuela impaciente, cuyo único interés era disciplinar a sus nietos y bendecirlos con hierbas santas. Todos se habían rendido al destino que parecía inevitable. Todos, menos Luiz.
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Cuando removieron a los habitantes del morro, Luiz tenía 34 años, y la rebeldía que doña Eva esperaba que fuera pasajera no había hecho más que acentuarse. Le gustaba vestir camisas amplias, llevar trenzas y gorros de crochet en amarillo, verde y negro, como los cantantes de reggae. Trabajaba como chofer y, en su tiempo libre, componía sambas junto a Neném. Le encantaban las fiestas, la cerveza y los cantantes de izquierda que resistían a la dictadura militar.
Luiz no quería irse de la ladera. Amaba la paz del lugar: el murmullo del agua del riachuelo deslizándose por la pendiente, el canto de los pájaros, la humedad de las plantas después de la lluvia. Se había casado con Albertina, la hermana de un amigo de infancia con quien había estudiado en la escuela, a la que le decían “Tina”, y soñaba con criar a sus hijos y a sus nietos en el mismo lugar en el que había nacido. Con el crecimiento de la familia, añadieron un piso a la casita de Manoel Jr. y, a su lado, construyeron un barracón de dos plantas. Neném levantó otra vivienda a unos 20 metros más arriba, en el morro. Pero Luiz sabía que, para poder criar allí a sus descendientes, necesitaba obtener un título de propiedad. Sin ese documento, él y su familia estarían perdidos.
Tras la remoción de sus vecinos, Luiz se inscribió en las clases nocturnas de la Facultad de Derecho Cândido Mendes, en el centro de Río, en busca de una vía legal para defender el derecho a la tierra de su familia. Trabajaba manejando ambulancias y aprovechaba los huecos entre emergencias para asistir a clases: si surgía un accidente, lo llamaban, él salía corriendo, atendía a muertos y heridos, y volvía como si nada.
Una noche, en la biblioteca de la facultad, mientras hojeaba el Código Civil, descubrió el artículo 183: una ley que establece el derecho a la usucapión urbana. Esta otorga a toda persona que ocupe, de forma pacífica, continua y sin oposición, un terreno urbano durante al menos cinco años, la posibilidad de solicitar su titularidad legal. La familia Pinto llevaba más de 40 años viviendo en la ladera. Luiz pensó que sería fácil.
El 15 de agosto de 1975, tres meses después de la remoción de sus vecinos, presentó la solicitud de usucapión a nombre de sus padres ante la Vara de Registros Públicos de Río de Janeiro. El documento reclamaba el derecho de propiedad sobre un terreno de 32 300 metros cuadrados. Tenía seis páginas mecanografiadas y ocho pruebas que demostraban su residencia desde, por lo menos, los años 50. Entre ellas, una factura de una radio que doña Eva había comprado en 1952; boletas amarillentas de gas y luz de 1951 de la antigua Société Anonyme du Gaz de Rio de Janeiro; registros de salud y credenciales electorales a nombre de sus hermanos, de 1953.
Pero para un descendiente de esclavos las cosas no eran tan sencillas.
Entre peritajes, burocracia e idas y vueltas legales, Luiz sabía que el proceso demoraría décadas. Mientras él y su familia esperaban pacientemente la decisión de la justicia, intentando llevar una vida tranquila, la transformación de la ladera se aceleró. Las constructoras enviaron tractores para devastar la vegetación, aplanar los terrenos y elevar edificios de lujo.

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Hoy, la ladera a la que llegó Manoel Jr. se llama Lagoa y apenas conserva rastros de lo que fue. La calle empedrada por Manoel Jr., Sacopã, que nace en una avenida y serpentea por el barrio, está flanqueada por edificios de cinco, 10 y hasta 15 pisos, con balcones de mármol y vistas al lago turquesa, que da nombre a la zona, y a la estatua del Cristo Redentor. Muchos edificios llevan nombres de ciudades europeas, como Fontana di Trevi; de estaciones de esquí suizas, como Crans Montana; o de autores célebres, como Saint-Exupéry, y están habitados por actores de telenovela y políticos influyentes.
Están blindados por cercas y tienen entradas imponentes, custodiadas por guardias uniformados que pasan el día mirando las cámaras de seguridad con cara de aburridos. El movimiento en la zona es escaso. A diferencia de otros barrios de Río de Janeiro, siempre bulliciosos y concurridos, Lagoa es muy tranquilo. Solo se ven algunas personas en ropa deportiva que suben la empinada calle para ejercitarse, o que pasean perros diminutos de ladrido agudo. De vez en cuando, un repartidor de iFood pedalea en una bicicleta precaria para llevar comida a algún residente de esos mastodontes lujosos.
Muchas de las palmeras y de los arbustos tropicales han desaparecido. En la calle Sacopã, tan solo sobrevivieron pequeños reductos de vegetación confinados en macetas para decorar los balcones o las aceras. Muchas plantas rebeldes han logrado agrietar el contenedor, trepando por los muros y enredándose en los cables eléctricos.
En medio de ese paisaje, el quilombo emerge como un oasis verde: es como un parque sitiado por edificios enormes que parecen querer devorarlo. Cualquiera puede entrar. Su acceso está delimitado apenas por una reja que permanece siempre abierta y que da paso a un estacionamiento con piso de tierra. Al fondo se encuentran las escaleras que construyó Édimo, que se pierden entre la flora tropical.
Al subirlas para llegar al patio central del quilombo —una especie de salón abierto con piso de piedra, cubierto por un frágil techo metálico sostenido por vigas de madera y atravesado por dos árboles grandes—, el visitante siente que se interna en un mundo desaparecido. La vegetación densa regala sombra y frescor. Los tobillos empiezan a picar, atacados por mosquitos. Aparecen grandes hormigas que avanzan en fila sobre los troncos, y lagartijas que se escabullen entre la maleza. Es como si toda la fauna expulsada por la urbanización hubiera encontrado allí su último refugio. Incluso el olor cambia: se respira un aroma fermentado, causado por las papayas que se pudren sobre la tierra negra.
El quilombo es, en cierto modo, un tesoro: el último rincón virgen de Lagoa, aún sin construir. Un rincón que vale oro. Lagoa tiene el tercer metro cuadrado más caro de Río de Janeiro, con un valor cercano a los 3 000 dólares. Si se toma en cuenta el precio medio de la zona, el terreno donde resiste la familia Pinto podría venderse por 69 millones de dólares.
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El retorno a la democracia en Brasil, en 1985, tras 21 años de dictadura militar, abrió una esperanza de mejora para la población afrodescendiente del país. Con la convocatoria de la Asamblea Nacional Constituyente por parte del gobierno de José Sarney (1985-1990), el movimiento negro se organizó para asegurar que su derecho a la tierra, históricamente ignorado, quedara inscripto en la nueva Constitución Federal de 1988. Conocida como la “Constitución Ciudadana”, esta reconoció finalmente a Brasil como una nación multicultural y, en su artículo 68, estableció que el Estado debía otorgar la titularidad de las tierras ocupadas por los quilombos, como forma de reparación histórica por la esclavitud.
Pero Luiz no tenía mucha fe en ese nuevo derecho. Para hacerlo valer, primero era necesario atravesar un trámite complejo y burocrático de modo que la comunidad fuera reconocida como quilombo. Tendría que demostrar que él y su familia descendían de personas esclavizadas y que mantenían un vínculo ancestral con el territorio que habitaban. ¿Cómo probar que el abuelo de Luiz se había refugiado en la ladera cuando aún era esclavo?
Muchos archivos de aquella época fueron destruidos. Dos años después de la abolición de la esclavitud, en diciembre de 1890, el entonces ministro de Hacienda, Rui Barbosa, ordenó la incineración de registros del Imperio brasileño vinculados a la población esclavizada. Los historiadores creen que probablemente buscaba impedir que los antiguos propietarios de esclavos reclamaran indemnizaciones al Estado por la pérdida de “sus bienes”.
Además, como muchos esclavos eran analfabetos, tampoco dejaron rastros escritos. Y Dona Eva y Manoel Jr. se negaban a hablar de lo poco que sus padres les habían transmitido sobre el sufrimiento que habían padecido. No querían que los relatos amargos de aquella época sembraran en sus hijos odio hacia su color de piel ni dudas sobre su igualdad con los blancos. Querían que pudieran reconstruir la historia familiar lejos del tormento del pasado.
De todos modos, como el proceso de usucapión se demoraba, Luiz inició en 1999 el trámite para el reconocimiento de su terreno como quilombo amparado en el artículo 68 de la nueva Constitución, y abrió las puertas de la comunidad, en la ladera, a varios antropólogos de la Universidad Federal Fluminense de Río de Janeiro, con la esperanza de desentrañar los misterios del pasado familiar. Luiz nunca pensó que llegaría a conseguirlo, pero no perdía nada con intentarlo.
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En 2002, 27 años después de la solicitud de usucapión presentada por Luiz, la justicia finalmente tomó una decisión. Y era favorable. La Vara de Registros Públicos había accedido a otorgarles el título de propiedad del terreno en primera instancia. Pero los Pinto no pudieron celebrar por mucho tiempo. Una inmobiliaria llamada Higienópolis impugnó la decisión judicial, alegando ser heredera de la Inmobiliaria Darke, perteneciente a la misma familia que había permitido a Manoel Jr. instalarse en el terreno y a la cual él había servido fielmente durante décadas, hasta jubilarse. Astréia Darke de Mattos ya no estaba allí para testificarlo: había fallecido en 1993, a los 90 años.
Luiz sabía que las facturas y boletas de gas y de luz no bastarían para enfrentar a la inmobiliaria. Necesitaba ayuda legal especializada. Luiz no dudó un segundo en llamar al mejor. Humberto Adami, también afrodescendiente, ha dedicado su vida a combatir el racismo en Brasil. Es un hombre impaciente y cascarrabias que ha llevado decenas de casos relacionados con los 8 441 quilombos existentes en el país. Esa vasta experiencia le ha dado una intuición casi felina.
«Cuando tomé el caso, enseguida supe que algo olía a podrido», dice, mientras bebe una gaseosa en un quiosco frente a la playa de Copacabana, a una cuadra de su casa. Lleva una camisa rosada y sandalias de cuero, su atuendo de días de descanso. Es miércoles 19 de junio de 2025, feriado de Corpus Christi. El único momento libre en su apretada agenda. Llegó a la hora que había anunciado: a las 16:30 en punto. No tiene mucho tiempo, así que va directo al grano.
«Higienópolis es un fraude», asegura. Está convencido de que la inmobiliaria fue creada, con la intención de desalojar el quilombo, con la complicidad del vecindario. Según él, hay varios indicios clave de lo que considera una farsa: la empresa fue creada poco tiempo antes de la decisión judicial; no se encontró ningún Registro General de Inmuebles a nombre de la inmobiliaria en la notaría. Además, hay un detalle que parece una curiosa coincidencia: el juez que tomó la causa, Roberto Wider, vivía en uno de los edificios vecinos al quilombo, construido justo sobre los terrenos que la familia Pinto reclamaba como propios, y tenía fama de ser corrupto.
Para probar su hipótesis, Humberto Adami dedicó innumerables noches de insomnio a trabajar bajo la luz de una vieja lámpara verde en su despacho, Adami e Associados, en el piso 208 de un gran edificio moderno en el centro de Río. Pero el trabajo cada vez era mayor. Pronto, otras inmobiliarias, condominios y constructoras del barrio se sumaron a la causa de Higienópolis —cuyos representantes no respondieron a los múltiples pedidos de entrevista enviados por correo electrónico— para sostener que ese terreno no pertenecía a los Pinto. Humberto Adami llegó a acumular 42 expedientes sobre su escritorio. El trabajo lo desbordaba, y los fondos que consiguió de la Fundación Ford para financiar su labor voluntaria en favor de los Pinto —que no tenían recursos para pagarle— se quedaron cortos. «¡Este caso casi quiebra mi firma!», gruñe. Necesitaba ayuda extra. Así que, a regañadientes, organizó una colecta de fondos para contratar a un pasante.

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En los años 80, la familia Pinto atravesó dificultades financieras. El barrio ya estaba construido, los obreros se habían ido y el negocio de las quentinhas dejó de ser rentable. Luiz y Édimo abrieron un punto de taxi en el estacionamiento del terreno, pero no alcanzaba para cubrir unos gastos cada vez mayores. Como sus hermanos, él también había tenido hijos: Luiz y Marcio. Hoy, 37 miembros de la familia Pinto viven en la ladera, repartidos en nueve barracones.
Fue entonces cuando Neném decidió que había llegado el momento de perseguir su sueño de convertirse en estrella. Para aumentar los ingresos, organizaría una roda de samba una vez por mes, en la que cantaría y vendería feijoada, un plato típico de Brasil preparado con frijoles negros y restos de cerdo. Puso todo su empeño en que la idea saliera a la perfección.
En enero de 1984, con ayuda de toda la familia, retiraron 30 toneladas de tierra para levantar un patio central en el quilombo, al que llamaron “terreiro”, que se convertiría en el escenario de las rodas de samba.
Su hijo mayor, José Cláudio, un chico alto y flaco, y de piel más clara que su madre, que había sido invitado a jugar fútbol en el Flamengo, renunció a su carrera deportiva para ayudar a Neném. La acompañaba hasta el mercado de San Pedro, en Niterói, una ciudad a una hora de distancia, a la que se llega cruzando un puente gigantesco o en barco, para buscar la mejor carne de cerdo. Dejaban la carne en sal desde el día anterior, para quitarle el exceso de grasa. Luego, Neném la cocinaba durante horas en una chimenea exterior de leña, que le daba un toque ahumado especial, antes de mezclarla con frijoles negros, ajo, cilantro y sal. Al final, removía la mezcla lentamente en viejas ollas de hierro, con una paciencia que parecía de santa.
Neném construyó un pequeño altar tallado en piedra, donde colocó la imagen de la esclava Anastácia, símbolo de la resistencia, y le rezó para que todo saliera bien. Las plegarias fueron escuchadas. Poco a poco, la samba de la calle Sacopã se convirtió en una fiebre entre famosos, artistas, jóvenes alternativos e intelectuales del sur de Río de Janeiro, y llegó a recibir hasta 400 personas.
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Este sábado 14 de junio de 2025, a las cinco de la tarde, ya hay unas 30 personas en “el terreiro”, que permanece casi intacto, tal como lo levantó la familia. Siguen allí la misma chimenea de leña donde cocinaba doña Eva, el piso de piedra y el techo metálico. Lo único que cambió fue la pared del fondo del patio, donde ahora aparecen pintados Luiz, con sus gorros de crochet en amarillo, verde y negro, y Tia Neném.
La feijoada, el arroz y la col se sirven en recipientes metálicos, sobre una mesa frente a la chimenea, para que cada invitado pueda repetir a gusto y comer sentado en las mesitas de plástico. El ambiente es muy distendido. Un grupo de amigos, vestidos con ropa colorida, se ríe a carcajadas frente a sus platos vacíos, donde apenas quedan cáscaras de naranja. También hay un inglés cuarentón, con camiseta roja del Chelsea, bebiendo una cerveza fría en un pequeño vaso —de los llamados “copos americanos”— mientras acaricia a su perrita. Cerca, una pareja de señoras sexagenarias, con aire intelectual, conversa animadamente mientras bebe Coca-Cola.
Los músicos ensayan sentados en círculo alrededor de una mesa ovalada, cubierta con un mantel. Hacen pruebas de sonido, afinan los instrumentos y palmean las percusiones. El repertorio es siempre el mismo: clásicos del samba de los años 70 y 80, con nombres como Velha Guarda da Mangueira, Zeca Pagodinho y Beth Carvalho.
Por allí han pasado muchos artistas famosos: Regina Casé, Zezé Motta, Caetano Veloso, Tim Maia y el futbolista Sócrates, que adoraba las caipirinhas que preparaba José Cláudio. Pero no importa cuán célebre sea el invitado: a las 22:00 en punto, todo se detiene. La ley prohíbe hacer ruido en zonas residenciales después de esa hora. Los músicos guardan sus instrumentos y, en cuestión de minutos, los invitados descienden por la pequeña escalera hasta el portón del quilombo.
Luiz siempre advierte: «No se puede pasar ni un minuto más. Si no, los vecinos ricachones llaman a la policía».
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Las rodas de samba de la familia Pinto incomodan a gran parte del vecindario. Un productor audiovisual de cabello engominado, que vive en el penthouse con piscina de un edificio vecino al quilombo, dice que no las soporta. «Las sambas convierten el barrio en un caos», cuenta el 30 de junio de 2025 desde la sala de su apartamento, cubierta por una alfombra inmensa y perfumada con olor a limpiador, mientras una empleada doméstica, con un gorro parecido al que usan los cirujanos, barre la casa. Según él, los autos de los asistentes a las fiestas se amontonan en la calle empedrada y angosta de Sacopã, bloqueando el paso de los residentes, y el ruido impide que su hijo, de 17 años, pueda estudiar. «Tenemos que prender el aire acondicionado para que no se escuche tanto la bulla», dice.
Prefiere hablar de forma anónima por miedo a que los Pinto lo acusen de “racismo”, palabra que, asegura, la familia usa como escudo para descalificar cualquier reclamo de los vecinos. Al igual que otros residentes, sospecha que no descienden de esclavos fugitivos, sino que “inventaron esa historia” para evitar un desalojo y esquivar las reglas del barrio. «No tienen permiso para comercializar feijoada ni para hacer fiestas; sus infraestructuras son muy precarias», asegura, y teme que las casitas de los Pinto se derrumben con la lluvia carioca.
Pero lo que más lo inquieta es que lleguen nuevos miembros a la familia, y que, poco a poco, «el lugar termine por convertirse en una favela», dice. Él y su esposa colocaron dos sillas de madera frente a la enorme ventana de su apartamento, que les permiten vigilar el estacionamiento del quilombo. Si advierten un movimiento sospechoso, o el menor indicio de una construcción nueva, no dudan en avisar a Amofonte, la asociación de residentes de Lagoa, que ha presentado más de 20 denuncias contra el quilombo por construcción irregular, tala ilegal de árboles, ruido excesivo y uso indebido del estacionamiento. Pese a los numerosos correos, los mensajes en redes sociales y hasta las cartas entregadas en la sede de la asociación y a su abogado para solicitar una entrevista, no hubo respuesta.
En una de sus últimas declaraciones a la prensa, en una nota enviada al diario O Globo, el 1 de mayo de 2018, la asociación sostuvo que el sonido de las sambas «se propaga por varias cuadras» de Lagoa y que «llueven las quejas de los residentes del barrio». También alegó que los eventos «no tienen el menor sentido» ya que «nada de eso [las sambas] caracteriza la cultura quilombola». Esa «música se puede escuchar en un aparato o en una sala de espectáculos», aseguró Amofonte, defendiendo que su oposición a los eventos organizados por los Sacopã «no se trata de prejuicio, sino de sentido común y de entender el entorno en el que uno está situado».
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La hostilidad del vecindario ha vuelto pesada la atmósfera para la familia Pinto. En varias ocasiones, las denuncias desembocaron en multas, prohibiciones temporales de la samba y la feijoada, e incluso en el cierre con candado del portón y la vigilancia policial durante meses. Despiertan cada día sin saber qué nueva denuncia aparecerá en el buzón. Se sienten permanentemente amenazados y poco bienvenidos en el barrio, como si fueran extraterrestres en el lugar donde nacieron y crecieron.
Un vecino de un lujoso condominio incluso intentó sobornar a Tía Neném para que saliera del terreno. «Me llamó con un paquete de dinero; yo ni siquiera lo toqué. Él dijo que allí había 27 000 reales» (cerca de 5 200 dólares), cuenta ella en un diario que conserva su hijo José Cláudio. Lo más humillante fue la sorpresa que provocó su rechazo al vecino: el hombre nunca imaginó que se negara a aceptar ese dinero. «Su esposa me miró de arriba abajo: llevaba unas zapatillas viejas y un vestido remendado. La mujer puso una cara de repulsión y me dijo: ‘¿Cómo puede no aceptar una oferta así?’», se lee en el diario de Tía Nenem.
Con el paso de los años, esa presión se volvió insoportable para ella. Hasta que el 2 de marzo de 2006, a los 72 años, no aguanto más. Se encontró con la esposa del juez que llevaba uno de los múltiples juicios contra el quilombo en la iglesia donde cantaba. La mujer llamó a su marido por teléfono y le pasó el aparato a Neném. El juez le dijo que Luiz era “descarado” y “abusivo”, y prometió desalojar el lugar en 15 días. No era legal, pero Neném, que no tenía los conocimientos jurídicos de Luiz, le creyó. Esa misma noche sufrió un infarto. Luiz la encontró fría al día siguiente y se desmayó del susto.

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¿Tanto sacrificio valía la pena? Luiz ya no estaba seguro. La causa judicial contra Higienópolis no avanzaba, y tampoco el proceso de titularización del quilobo mediante el artículo 68 de la Constitución. El olfato de Humberto Adami respecto del juez Roberto Wider que dictó la sentencia a favor de la inmobiliaria no había fallado: en 2012, el Consejo Nacional de Justicia lo sancionó con jubilación obligatoria, la pena máxima en un proceso disciplinario, por haber nombrado irregularmente para dirigir registros notariales de Río a dos abogados sin concurso público.
Pero nada de eso cambió el rumbo del caso. A Luiz le costaba cada vez más salir a la calle y enfrentarse a un vecindario que lo miraba de reojo. «El racista cree que el negro no puede vivir en una zona noble», dice. «A veces estoy ahí abajo lavando mi coche, y la gente llega y dice que quiere hablar con mi patrón solo porque soy negro».
Luiz temía morir sin ver el desenlace de su batalla. Se estaba haciendo viejo. Le diagnosticaron diabetes e hipertensión. Tenía los tobillos hinchados y caminaba con lentitud. Además, el contexto político también se había vuelto más hostil: el impeachment de Dilma Rousseff en 2016 abrió el camino al ascenso de la derecha en Brasil y, en 2018, fue electo presidente Jair Bolsonaro, un militar de extrema derecha, abiertamente hostil a los quilombos. Durante su campaña llegó a comparar a los quilombolas con animales que “no hacen nada”.
El 18 de abril de 2020 murió Hugo, nieto de Luiz y uno de sus mayores aliados: un joven carismático y generoso en quien Luiz veía su propio reflejo. Hugo era músico, rebelde y tan apasionado por el quilombo como él. Tenía apenas 25 años. Dos años después, el 3 de octubre de 2022, Márcio, padre de Hugo e hijo de Luiz, falleció a los 58 años a causa de problemas cardíacos. Sus familiares afirman que su corazón no logró sobreponerse al dolor provocado por la partida tan inesperada de Hugo, de quien ni siquiera pudo despedirse.
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Triste y abatido Luiz pasaba los días en silencio, sentado en una silla de plástico en el patio del quilombo, murmurando el rap que había compuesto con su nieto Hugo para que nadie se olvidara nunca de la historia del quilombo.
Mi tatarabuelo, que llegó antes de la abolición
En esta tierra se asentó, comenzó la evolución.
Aquí él sembró, aquí él cosechó, aquí él resistió.
Aquí murió.
Mi bisabuelo heredó su gran misión:
no dejar de rendir culto a nuestro arte y tradición,
de tocar nuestro tambor, de hacer nuestra oración.
Mi bisabuelo también murió,
pero mi abuelo heredó el don
y, como cantante y compositor, creó esta canción
y me la dio para que yo la cantara.
Yo soy la sexta generación,
soy quilombo, quilombola, soy Zumbi.
Soy lo que soy: aún resistencia. No quiero salir de aquí.
Soy la raza brasileña que todavía sufre humillación.
Pero soy la historia verdadera que construyó esta nación.
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Las elecciones presidenciales del 30 de octubre de 2022 le dieron la victoria a Luiz Inácio Lula da Silva que, como candidato del Partido de los Trabajadores, ya había sido presidente entre 2003 y 2010. Eso le devolvió el ánimo a Luiz. Apenas asumió el cargo, el 1 de enero de 2023, Lula nombró como ministra de Igualdad Racial a Anielle Franco, una joven afrodescendiente y hermana de Marielle Franco, la activista antirracista y defensora de los derechos LGBTQ asesinada en Río de Janeiro el 14 de marzo de 2018 por denunciar proyectos inmobiliarios clandestinos de las milicias que dominan barrios enteros de la ciudad.
Fue una potente señal del compromiso del nuevo gobierno con la lucha por los derechos de los afrodescendientes que desde la Constitución de 1988 no había avanzado demasiado: apenas 54 de las 1 802 comunidades que reivindican ser quilombos han obtenido la titulación de sus tierras, debido a la complejidad y lentitud del proceso. Hoy, solo el 4.3 % de los 1.3 millones de quilombolas brasileños vive en territorios formalizados. Según la ONG Terra de Direitos, si el Estado mantuviera el ritmo actual de regularización, serían necesarios 2 188 años para titular todos los territorios quilombolas.
Anielle Franco parecía dispuesta a acelerar el proceso.
El 23 de julio de 2024, la ministra aprovechó un viaje oficial a Río de Janeiro, adonde había acudido para una reunión del G20, para visitar por la tarde el quilombo de Luiz. El patriarca le contó la historia de su familia. Conmovida, ella le dijo:
—Voy a intentar contactar al presidente. Lo voy a llamar para que hables con él.
Intentó comunicarse varias veces, sin éxito. Hasta que, finalmente, Lula respondió. Anielle le pasó el teléfono a Luiz, y ambos intercambiaron unas breves palabras.
—Mira, estoy en tránsito —le dijo Lula con su voz ronca—. Puede que se corte la llamada en cualquier momento. Estoy dentro de un automóvil, pero aquí estoy. Ahora vienen las elecciones municipales, así que voy a tener que pasar por Río. A ver si logro conocer ese quilombo… a ver si me doy una vueltita. Ponte en contacto con Anielle. Mira, ahora estoy por entrar a un túnel…
Antes de que se interrumpiera la llamada, Luiz apenas tuvo tiempo de agradecer:
—Muchas gracias. Es un placer enorme. Lo espero ansiosamente.
Lula no volvió a comunicarse, pero cuatro meses después de la visita de Anielle Franco, el 29 de noviembre, mientras escribía una letra de samba para el carnaval, Luiz recibió otra llamada. Esta vez era Gustavo Noronha, funcionario del Instituto Nacional de Colonización y Reforma Agraria (Incra), responsable de regularizar la propiedad de la tierra en Brasil. Le dijo:
—El documento para titularizar tu tierra está sobre la mesa del presidente, listo para ser firmado. Cuando lo firme, te llamo.
Lula había decidido firmar un decreto que declaraba 15 quilombos de “interés social, cultural e histórico”. Es decir, un decreto que permitiría al Incra iniciar un proceso de regularización del quilombo y garantizaría que el área no pudiera ser vendida. Entre los territorios seleccionados estaba el de la familia Pinto.
—¿Es verdad? —preguntó Luiz, echándose a llorar.
A los pocos minutos, Noronha lo volvió a llamar:
—Lula acaba de firmar el decreto.
Luiz no podía sentirse más orgulloso. Lo había logrado. Había sido una batalla larga. Ahora tenía 82 años, pero todo había valido la pena. Aunque la obtención del título de tenencia de la tierra del quilombo todavía iba a tardar, solo era un proceso burocrático, y no corrían el riesgo de ser expulsados de su terreno.
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Tras el decreto de Lula, la presión arterial de Luiz se estabilizó. Pero Humberto Adami cree que la batalla está lejos de terminar. El terreno oficialmente registrado no es el mismo de antes. A medida que los nuevos edificios fueron comiéndose el territorio y reduciéndolo poco a poco, el Incra prevé regularizar un área mucho más pequeña —911 metros cuadrados— en comparación con los más de 32 300 metros cuadrados que había ocupado su abuelo. Los quilombolas tampoco pueden beber el agua que brota de la tierra como lo hacía Luiz de niño. El agua ya no está limpia: las nuevas construcciones contaminaron la zona.
Humberto Adami sostiene que el quilombo merece exigir compensación por esas pérdidas. «¡Los deberían indemnizar con millones!», dice. El miércoles 22 de abril de 2026, al mediodía, mientras toma un trago de cerveza en el mismo quiosco de Copacabana de siempre, cuenta que en una de sus noches de insomnio se le ocurrió una idea brillante para lograrlo: tras el reconocimiento del terreno de los Pinto como sitio de interés público, podría lograrse la anulación de la causa con Higienópolis, alegando la incompetencia del tribunal que la juzgó. «El caso fue tramitado por la Justicia estatal, pero los asuntos vinculados a quilombos como este debieron pasar a la Justicia federal», explica, convencido también de que la condena por corrupción contra el juez Roberto Wider podría ayudar a convencer a la justicia de desmontar la sentencia.
A Adami le brillan los ojos, cargados de insomnio y de ambición por un nuevo desafío. «Pero esas estrategias jurídicas dan mucho trabajo», dice. Y en el quilombo no hay ahora quien esté dispuesto a pelear. «Luiz está viejo, enfermo, y no preparó a otra generación para continuar esta lucha», lamenta. «Yo no puedo empezar un proceso y luego andar solo como un Don Quijote. Y en los procesos hay que pagar, gente».
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Varios familiares de Luiz están cansados de pelear. Nueve meses después de la decisión de declarar al quilombo de interés general, el 23 de mayo de 2025 llegó por correo una nueva denuncia de Amofonte, enviada al promotor de Justicia de Medio Ambiente del estado de Río de Janeiro por el volumen excesivo de la samba, medido con un sonómetro. Incluso adjuntaron fotos del quilombo tomadas con drones.
José Cláudio, el hijo de Neném, que ahora tiene 62 años y vive con su esposa y uno de sus dos hijos en la casa que construyó junto a Tia Neném, está dispuesto a bajar las armas, aunque eso moleste a Luiz. «Hoy tenemos un gran desencuentro en el quilombo. Eso me duele mucho», lamenta el sábado 6 de septiembre, mientras comparte con su prima Márcia, hija de Édimo y un año mayor que él, un pedazo de pastel de maíz en la mesa de la cocina. Desde allí se ve, en la pared de la sala, un enorme retrato de Tia Neném.
Ambos aseguran respetar mucho a su tío Luiz, pero creen que ha llegado el momento de poner fin a las sambas. «Hacer ruido solo alimenta una imagen negativa del quilombo», dice José Cláudio, que ha pasado por un largo tratamiento psicológico para sobrellevar las tensiones del barrio y la pérdida de su madre, con quien mantenía una relación muy cercana. A Márcia, el prejuicio de los vecinos hacia el quilombo le afecta en el trabajo: se dedica a pasear perros en el barrio y cuenta que perdió a una clienta que un día le ofreció llevarla a su casa y, al descubrir dónde vivía, nunca volvió a llamarla.
También les preocupa el futuro de las nuevas generaciones. María Eduarda y Luiz Eduardo, hijos del primogénito de Luiz, son excluidos de la vida social del barrio. En 2024, cuando tenían 15 y 12 años, se hicieron amigos de Manoel, un chico de un edificio situado a unos 100 metros, que se aventuró en bicicleta hasta el quilombo. Empezaron a jugar fútbol juntos y, a menudo, almorzaban en casa de Rosane, su madre. Pero la amistad se quebró cuando Manoel los invitó a la suya: los padres del chico recibieron a María Eduarda y Luiz Eduardo con frialdad al descubrir de dónde venían los nuevos amigos de su hijo. María Eduarda y Luiz Eduardo regresaron apagados a casa y Manoel no volvió a aparecer en el quilombo.
José Cláudio y Márcia piensan que, con ayuda de universitarios y de la Defensoría Pública, podrían abrir un diálogo con el vecindario para reconciliarse. «El racismo en Brasil lo sufrieron nuestros abuelos; nosotros también lo sufrimos, pero cada generación tiene distintas formas de defenderse», dice Márcia. «Luiz pertenece a una generación anterior que quiere resistir peleando; nosotros pensamos que tenemos que imaginar otras estrategias», añade, con un suspiro de cansancio, ansiosa por reencontrar, tras décadas de lucha, esa paz que un día llevó a su bisabuelo y a su abuelo a refugiarse en la ladera.
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Entre el olor de la feijoada y las percusiones de la samba, se cuenta la saga de la familia Pinto, habitantes de un quilombo —una comunidad de descendientes de esclavos en fuga— enclavado como oasis verde en la ladera de una de las zonas residenciales más opulentas del sur de Río de Janeiro. Es una historia de décadas de resistencia ante la presión del negocio inmobiliario, y un símbolo acabado de las tensiones racistas que corren por los subterráneos de la sociedad carioca.
Aquel día de 1929, cuando Manoel Jr. Pinto llegó a ese morro ubicado a 200 metros de un lago turquesa, sintió que un caballo le galopaba en el pecho. La leve neblina se fue disipando, dejando al descubierto la majestuosa masa verde donde tan solo un puñado de casitas construidas de barro y bambú desafiaban la densidad de la flora tropical de Río de Janeiro. El sitio coincidía con las pocas indicaciones que había conseguido sobre el lugar donde se encontraba el “quilombo” (la comunidad de esclavos en fuga) en el que se había refugiado décadas atrás su padre, un antiguo esclavo que había escapado de una hacienda cafetera.
Pero Manoel Jr. no esperaba encontrar a su padre. Hacía años que había perdido su rastro. Probablemente ya estaba muerto. Lo que realmente buscaba era aquello que la ladera le había regalado: la libertad. Si bien formaba parte de la primera generación de afrodescendientes libres, no lo era realmente. El 13 de mayo de 1888, la princesa Isabel, regente del Imperio de Brasil, un país que se había independizado de la Corona portuguesa desde 1822, abolió finalmente la esclavitud. Pero, por falta de una reforma agraria, los millones de esclavos libertos y sus descendientes fueron abandonados a su suerte, sin acceso a la tierra, a una vivienda digna ni a un empleo decente. Muchos regresaron al África con la esperanza de reencontrar la vida que les habían arrebatado. Quienes se quedaron en Brasil terminaron sembrando y cosechando caña de azúcar, café, algodón y tabaco, en las mismas tierras donde habían sido oprimidos durante siglos.
Manoel Jr. había trabajado durante años como jornalero agrícola en la sierra de Nova Friburgo, en el interior del estado de Río de Janeiro. Se sentía exhausto. Pasaba los días deambulando de hacienda en hacienda, buscando trabajo para que su esposa, Doña Eva Manoela da Cruz, y sus cinco hijos pequeños —Eduardo, Sebastião, Édimo, Maria Bernardina y João— no pasaran hambre. Manoel Jr. los miraba, tan pequeños y llenos de vida. No estaba dispuesto a condenarlos a la miseria, de modo que decidió, en 1929, partir rumbo al morro donde su padre se había refugiado, con la esperanza de que ese lugar le trajera la misma suerte. La ciudad de Río de Janeiro estaba creciendo y atrayendo a personas del campo que, como él, buscaban un futuro mejor.
Dejó atrás a Doña Eva y a los niños. Era más prudente que se quedaran en Nova Friburgo hasta que él encontrara primero un empleo, un techo, algo de estabilidad. Manoel Jr. prometió que los visitaría cuantas veces pudiera. Si las cosas salían bien, los llevaría con él más adelante. Besó a sus cinco hijos uno por uno, abrazó a su mujer y partió solo, rumbo a la ladera salvadora.
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Encontrar trabajo no fue difícil. Las tierras pertenecían a la poderosa familia Darke de Mattos, de origen alemán, que había hecho fortuna como propietaria de la empresa fabricante de chocolates Bhering y del famoso Café Globo. La hermana del dueño de la empresa, Astréia Darke de Mattos, una viuda, buscaba un empleado de confianza y versátil que pudiera cuidar su terreno, limpiar su mansión y trabajar como jardinero.
No dudó en dar una oportunidad a Manoel Jr. Era callado, dispuesto a trabajar día y noche. Sabía cuidar plantas y animales, y su bigote fino le daba una apariencia seria que inspiraba confianza. Astréia Darke de Mattos le permitió construir un pequeño barracón al comienzo de la subida del morro para que tuviera donde vivir. Entusiasmado, Manoel Jr. plantó árboles de yaca (una fruta gigantesca de pulpa amarilla y fibrosa y de cáscara verde y dura), cocoteros y bananeras para que su familia pudiera alimentarse de ellas cuando llegara.
Pero fue tan solo 10 años después, cuando la viuda le encargó una nueva tarea, que Manoel Jr. decidió finalmente traer a su familia. En 1939, Astréia Darke de Mattos le pidió que abriera una calle sobre el morro, a unos 100 metros de su barracón. Río de Janeiro estaba experimentando una rápida expansión urbana debido a la falta de espacio en la ciudad. La familia Darke de Mattos, que tenía olfato para los negocios, decidió fundar una inmobiliaria para urbanizar la ladera, cuya proximidad al lago y cuya vista espectacular del Cristo Redentor, inaugurado en 1931, seguramente atraería a constructoras deseosas de levantar grandes edificios.
Pronto comenzaron a llegar obreros, en su mayoría del noroeste del país, para abrir otras calles. Entusiasmado por el dinamismo creciente de la zona, Manoel Jr. pensó que no faltarían oportunidades de trabajo para su esposa e hijos. Además, el 19 de diciembre de 1934 había nacido su sexta hija, Maria Laudellina, a quien le decían Neném. No quería perderse su infancia. Pero lo que nunca imaginó fue que, en realidad, estaba pavimentando el camino hacia su propio infierno.

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Tras su llegada a la ladera, la familia Pinto no conoció descanso. Salvo João y Neném, demasiado pequeños aún para trabajar, todos se pusieron manos a la obra para acondicionar el terreno. Édimo, apodado “Mosquito”, aficionado a la albañilería, construyó unas escaleras de cemento, de peldaños bajos, para abrir paso entre la vegetación densa, surcada por un riachuelo, hasta la pequeña casa de barro y con ventanas diminutas que había levantado Manoel Jr.
Junto a la vivienda pusieron también una chimenea de ladrillos para que doña Eva preparara las quentinhas, almuerzos caseros que luego vendía, con la ayuda de Eduardo, Sebastião y Maria Bernardina, a la multitud de albañiles que abrían calles bajo el sol abrasador. La familia Pinto se ganó pronto el cariño del vecindario, que empezó a llamarla, con afecto, “la familia Sacopã”, por el nombre de la calle que Manoel Jr. había pavimentado. Doña Eva, curandera y partera, también era conocida como “la abuelita del ombligo” por los muchos niños a los que ayudó a nacer.
A los Pinto no les faltaba nada. Bebían el agua que brotaba de la tierra oscura, canalizada con troncos huecos de bambú hasta un barril de roble donde la almacenaban. Comían frutas y verduras de la huerta que Manoel Jr. y doña Eva habían cultivado, y criaban cerdos y gallinas. En medio de aquella vida que parecía ir encontrando su cauce, doña Eva y Manoel Jr. tuvieron dos hijos más: primero Antonio, nacido en 1935, y luego Luiz, el 13 de diciembre de 1941.
Luiz salió más rebelde que los otros. Era protestón y travieso, pero también divertido y sociable. Le encantaba jugar al fútbol con los niños de las casitas vecinas, siempre cuidándose de no pisar alguna culebra escondida entre las piedras. También disfrutaba de cantar con su hermana Neném, que soñaba con convertirse en estrella. Tenía talento. Su voz cristalina dejaba a todos en silencio cuando entonaba el Ave María en la iglesia de Santa Margarida, a 10 minutos a pie desde su barracón. También deslumbraba en las fiestas familiares cuando cantaba sambas heredadas de sus antepasados: muchos esclavos solían tocar samba en círculo, con tambores y cantos, como una forma de respiro. Para los Pinto, la música era también una manera de contar el mundo. Como Manoel Jr y Doña Eva eran analfabetos, transformaban los acontecimientos de la época en canción para transmitirlos a sus hijos.
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La paz de los Pinto no duró mucho. A partir de los años 60, la alcaldía de Río de Janeiro lanzó una política para “higienizar” la ciudad, alarmada por el crecimiento desordenado de viviendas informales de obreros que fueron instalándose en Río para trabajar en las obras de urbanización. En realidad, lo que se buscaba era alejar a los negros pobres de zonas de interés para las inmobiliarias.
Las remociones eran rápidas y violentas. Llegaba una orden de desalojo y, 15 días después, aparecían unos 50 funcionarios acompañados por policías, empleados del servicio de saneamiento, y tractores. Ataban una cuerda al techo de una casa y la arrastraban hasta reducirla a escombros. Días más tarde, las familias eran reubicadas en viviendas alejadas del centro. Para 1973, más de 175 000 personas habían sido removidas de diversas favelas de Río de Janeiro.
El 13 de abril de 1975 llegó el turno de la ladera donde vivía la familia Pinto. Para entonces, allí residían unas 120 personas, que fueron trasladadas a Inhoaíba, un barrio en la zona oeste de Río. Pero la familia Pinto se resistió a salir. Manoel Jr. explicó que la señora Astréia Darke de Mattos le había dado permiso para vivir allí con su familia. También que tenía conexiones con personas importantes. Doña Eva había conseguido trabajo como empleada doméstica para personas influyentes, como el gobernador del entonces estado de Guanabara —un estado brasileño que existió entre 1960 y 1975 y estaba formado solo por la ciudad de Río de Janeiro—, Antônio de Pádua Chagas Freitas, un político conservador, de gruesas gafas y mirada severa, que vivía cerca de allí.
Mientras las demás viviendas caían una a una, como fichas de dominó, los agentes de la prefectura hicieron una excepción con la familia Pinto. Y así fue como se convirtieron en los últimos quilombolas —como se llama a los descendientes de esclavos fugitivos— en resistir en la zona sur y opulenta de Río de Janeiro.
Pero los Pinto sabían que aquella protección de la que se habían beneficiado no duraría para siempre. Astréia Darke estaba envejeciendo. Temían que la próxima vez que recibieran una orden de desalojo no tendrían cómo defender su derecho a permanecer allí. Era una cuestión de tiempo.
Tampoco tendrían fuerzas. Manoel Jr. se había convertido en un viejo solitario, que pasaba los días hojeando una Biblia, preguntándose qué significaban todas esas letras diminutas que no lograba descifrar. Y doña Eva era ya una abuela impaciente, cuyo único interés era disciplinar a sus nietos y bendecirlos con hierbas santas. Todos se habían rendido al destino que parecía inevitable. Todos, menos Luiz.
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Cuando removieron a los habitantes del morro, Luiz tenía 34 años, y la rebeldía que doña Eva esperaba que fuera pasajera no había hecho más que acentuarse. Le gustaba vestir camisas amplias, llevar trenzas y gorros de crochet en amarillo, verde y negro, como los cantantes de reggae. Trabajaba como chofer y, en su tiempo libre, componía sambas junto a Neném. Le encantaban las fiestas, la cerveza y los cantantes de izquierda que resistían a la dictadura militar.
Luiz no quería irse de la ladera. Amaba la paz del lugar: el murmullo del agua del riachuelo deslizándose por la pendiente, el canto de los pájaros, la humedad de las plantas después de la lluvia. Se había casado con Albertina, la hermana de un amigo de infancia con quien había estudiado en la escuela, a la que le decían “Tina”, y soñaba con criar a sus hijos y a sus nietos en el mismo lugar en el que había nacido. Con el crecimiento de la familia, añadieron un piso a la casita de Manoel Jr. y, a su lado, construyeron un barracón de dos plantas. Neném levantó otra vivienda a unos 20 metros más arriba, en el morro. Pero Luiz sabía que, para poder criar allí a sus descendientes, necesitaba obtener un título de propiedad. Sin ese documento, él y su familia estarían perdidos.
Tras la remoción de sus vecinos, Luiz se inscribió en las clases nocturnas de la Facultad de Derecho Cândido Mendes, en el centro de Río, en busca de una vía legal para defender el derecho a la tierra de su familia. Trabajaba manejando ambulancias y aprovechaba los huecos entre emergencias para asistir a clases: si surgía un accidente, lo llamaban, él salía corriendo, atendía a muertos y heridos, y volvía como si nada.
Una noche, en la biblioteca de la facultad, mientras hojeaba el Código Civil, descubrió el artículo 183: una ley que establece el derecho a la usucapión urbana. Esta otorga a toda persona que ocupe, de forma pacífica, continua y sin oposición, un terreno urbano durante al menos cinco años, la posibilidad de solicitar su titularidad legal. La familia Pinto llevaba más de 40 años viviendo en la ladera. Luiz pensó que sería fácil.
El 15 de agosto de 1975, tres meses después de la remoción de sus vecinos, presentó la solicitud de usucapión a nombre de sus padres ante la Vara de Registros Públicos de Río de Janeiro. El documento reclamaba el derecho de propiedad sobre un terreno de 32 300 metros cuadrados. Tenía seis páginas mecanografiadas y ocho pruebas que demostraban su residencia desde, por lo menos, los años 50. Entre ellas, una factura de una radio que doña Eva había comprado en 1952; boletas amarillentas de gas y luz de 1951 de la antigua Société Anonyme du Gaz de Rio de Janeiro; registros de salud y credenciales electorales a nombre de sus hermanos, de 1953.
Pero para un descendiente de esclavos las cosas no eran tan sencillas.
Entre peritajes, burocracia e idas y vueltas legales, Luiz sabía que el proceso demoraría décadas. Mientras él y su familia esperaban pacientemente la decisión de la justicia, intentando llevar una vida tranquila, la transformación de la ladera se aceleró. Las constructoras enviaron tractores para devastar la vegetación, aplanar los terrenos y elevar edificios de lujo.

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Hoy, la ladera a la que llegó Manoel Jr. se llama Lagoa y apenas conserva rastros de lo que fue. La calle empedrada por Manoel Jr., Sacopã, que nace en una avenida y serpentea por el barrio, está flanqueada por edificios de cinco, 10 y hasta 15 pisos, con balcones de mármol y vistas al lago turquesa, que da nombre a la zona, y a la estatua del Cristo Redentor. Muchos edificios llevan nombres de ciudades europeas, como Fontana di Trevi; de estaciones de esquí suizas, como Crans Montana; o de autores célebres, como Saint-Exupéry, y están habitados por actores de telenovela y políticos influyentes.
Están blindados por cercas y tienen entradas imponentes, custodiadas por guardias uniformados que pasan el día mirando las cámaras de seguridad con cara de aburridos. El movimiento en la zona es escaso. A diferencia de otros barrios de Río de Janeiro, siempre bulliciosos y concurridos, Lagoa es muy tranquilo. Solo se ven algunas personas en ropa deportiva que suben la empinada calle para ejercitarse, o que pasean perros diminutos de ladrido agudo. De vez en cuando, un repartidor de iFood pedalea en una bicicleta precaria para llevar comida a algún residente de esos mastodontes lujosos.
Muchas de las palmeras y de los arbustos tropicales han desaparecido. En la calle Sacopã, tan solo sobrevivieron pequeños reductos de vegetación confinados en macetas para decorar los balcones o las aceras. Muchas plantas rebeldes han logrado agrietar el contenedor, trepando por los muros y enredándose en los cables eléctricos.
En medio de ese paisaje, el quilombo emerge como un oasis verde: es como un parque sitiado por edificios enormes que parecen querer devorarlo. Cualquiera puede entrar. Su acceso está delimitado apenas por una reja que permanece siempre abierta y que da paso a un estacionamiento con piso de tierra. Al fondo se encuentran las escaleras que construyó Édimo, que se pierden entre la flora tropical.
Al subirlas para llegar al patio central del quilombo —una especie de salón abierto con piso de piedra, cubierto por un frágil techo metálico sostenido por vigas de madera y atravesado por dos árboles grandes—, el visitante siente que se interna en un mundo desaparecido. La vegetación densa regala sombra y frescor. Los tobillos empiezan a picar, atacados por mosquitos. Aparecen grandes hormigas que avanzan en fila sobre los troncos, y lagartijas que se escabullen entre la maleza. Es como si toda la fauna expulsada por la urbanización hubiera encontrado allí su último refugio. Incluso el olor cambia: se respira un aroma fermentado, causado por las papayas que se pudren sobre la tierra negra.
El quilombo es, en cierto modo, un tesoro: el último rincón virgen de Lagoa, aún sin construir. Un rincón que vale oro. Lagoa tiene el tercer metro cuadrado más caro de Río de Janeiro, con un valor cercano a los 3 000 dólares. Si se toma en cuenta el precio medio de la zona, el terreno donde resiste la familia Pinto podría venderse por 69 millones de dólares.
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El retorno a la democracia en Brasil, en 1985, tras 21 años de dictadura militar, abrió una esperanza de mejora para la población afrodescendiente del país. Con la convocatoria de la Asamblea Nacional Constituyente por parte del gobierno de José Sarney (1985-1990), el movimiento negro se organizó para asegurar que su derecho a la tierra, históricamente ignorado, quedara inscripto en la nueva Constitución Federal de 1988. Conocida como la “Constitución Ciudadana”, esta reconoció finalmente a Brasil como una nación multicultural y, en su artículo 68, estableció que el Estado debía otorgar la titularidad de las tierras ocupadas por los quilombos, como forma de reparación histórica por la esclavitud.
Pero Luiz no tenía mucha fe en ese nuevo derecho. Para hacerlo valer, primero era necesario atravesar un trámite complejo y burocrático de modo que la comunidad fuera reconocida como quilombo. Tendría que demostrar que él y su familia descendían de personas esclavizadas y que mantenían un vínculo ancestral con el territorio que habitaban. ¿Cómo probar que el abuelo de Luiz se había refugiado en la ladera cuando aún era esclavo?
Muchos archivos de aquella época fueron destruidos. Dos años después de la abolición de la esclavitud, en diciembre de 1890, el entonces ministro de Hacienda, Rui Barbosa, ordenó la incineración de registros del Imperio brasileño vinculados a la población esclavizada. Los historiadores creen que probablemente buscaba impedir que los antiguos propietarios de esclavos reclamaran indemnizaciones al Estado por la pérdida de “sus bienes”.
Además, como muchos esclavos eran analfabetos, tampoco dejaron rastros escritos. Y Dona Eva y Manoel Jr. se negaban a hablar de lo poco que sus padres les habían transmitido sobre el sufrimiento que habían padecido. No querían que los relatos amargos de aquella época sembraran en sus hijos odio hacia su color de piel ni dudas sobre su igualdad con los blancos. Querían que pudieran reconstruir la historia familiar lejos del tormento del pasado.
De todos modos, como el proceso de usucapión se demoraba, Luiz inició en 1999 el trámite para el reconocimiento de su terreno como quilombo amparado en el artículo 68 de la nueva Constitución, y abrió las puertas de la comunidad, en la ladera, a varios antropólogos de la Universidad Federal Fluminense de Río de Janeiro, con la esperanza de desentrañar los misterios del pasado familiar. Luiz nunca pensó que llegaría a conseguirlo, pero no perdía nada con intentarlo.
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En 2002, 27 años después de la solicitud de usucapión presentada por Luiz, la justicia finalmente tomó una decisión. Y era favorable. La Vara de Registros Públicos había accedido a otorgarles el título de propiedad del terreno en primera instancia. Pero los Pinto no pudieron celebrar por mucho tiempo. Una inmobiliaria llamada Higienópolis impugnó la decisión judicial, alegando ser heredera de la Inmobiliaria Darke, perteneciente a la misma familia que había permitido a Manoel Jr. instalarse en el terreno y a la cual él había servido fielmente durante décadas, hasta jubilarse. Astréia Darke de Mattos ya no estaba allí para testificarlo: había fallecido en 1993, a los 90 años.
Luiz sabía que las facturas y boletas de gas y de luz no bastarían para enfrentar a la inmobiliaria. Necesitaba ayuda legal especializada. Luiz no dudó un segundo en llamar al mejor. Humberto Adami, también afrodescendiente, ha dedicado su vida a combatir el racismo en Brasil. Es un hombre impaciente y cascarrabias que ha llevado decenas de casos relacionados con los 8 441 quilombos existentes en el país. Esa vasta experiencia le ha dado una intuición casi felina.
«Cuando tomé el caso, enseguida supe que algo olía a podrido», dice, mientras bebe una gaseosa en un quiosco frente a la playa de Copacabana, a una cuadra de su casa. Lleva una camisa rosada y sandalias de cuero, su atuendo de días de descanso. Es miércoles 19 de junio de 2025, feriado de Corpus Christi. El único momento libre en su apretada agenda. Llegó a la hora que había anunciado: a las 16:30 en punto. No tiene mucho tiempo, así que va directo al grano.
«Higienópolis es un fraude», asegura. Está convencido de que la inmobiliaria fue creada, con la intención de desalojar el quilombo, con la complicidad del vecindario. Según él, hay varios indicios clave de lo que considera una farsa: la empresa fue creada poco tiempo antes de la decisión judicial; no se encontró ningún Registro General de Inmuebles a nombre de la inmobiliaria en la notaría. Además, hay un detalle que parece una curiosa coincidencia: el juez que tomó la causa, Roberto Wider, vivía en uno de los edificios vecinos al quilombo, construido justo sobre los terrenos que la familia Pinto reclamaba como propios, y tenía fama de ser corrupto.
Para probar su hipótesis, Humberto Adami dedicó innumerables noches de insomnio a trabajar bajo la luz de una vieja lámpara verde en su despacho, Adami e Associados, en el piso 208 de un gran edificio moderno en el centro de Río. Pero el trabajo cada vez era mayor. Pronto, otras inmobiliarias, condominios y constructoras del barrio se sumaron a la causa de Higienópolis —cuyos representantes no respondieron a los múltiples pedidos de entrevista enviados por correo electrónico— para sostener que ese terreno no pertenecía a los Pinto. Humberto Adami llegó a acumular 42 expedientes sobre su escritorio. El trabajo lo desbordaba, y los fondos que consiguió de la Fundación Ford para financiar su labor voluntaria en favor de los Pinto —que no tenían recursos para pagarle— se quedaron cortos. «¡Este caso casi quiebra mi firma!», gruñe. Necesitaba ayuda extra. Así que, a regañadientes, organizó una colecta de fondos para contratar a un pasante.

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En los años 80, la familia Pinto atravesó dificultades financieras. El barrio ya estaba construido, los obreros se habían ido y el negocio de las quentinhas dejó de ser rentable. Luiz y Édimo abrieron un punto de taxi en el estacionamiento del terreno, pero no alcanzaba para cubrir unos gastos cada vez mayores. Como sus hermanos, él también había tenido hijos: Luiz y Marcio. Hoy, 37 miembros de la familia Pinto viven en la ladera, repartidos en nueve barracones.
Fue entonces cuando Neném decidió que había llegado el momento de perseguir su sueño de convertirse en estrella. Para aumentar los ingresos, organizaría una roda de samba una vez por mes, en la que cantaría y vendería feijoada, un plato típico de Brasil preparado con frijoles negros y restos de cerdo. Puso todo su empeño en que la idea saliera a la perfección.
En enero de 1984, con ayuda de toda la familia, retiraron 30 toneladas de tierra para levantar un patio central en el quilombo, al que llamaron “terreiro”, que se convertiría en el escenario de las rodas de samba.
Su hijo mayor, José Cláudio, un chico alto y flaco, y de piel más clara que su madre, que había sido invitado a jugar fútbol en el Flamengo, renunció a su carrera deportiva para ayudar a Neném. La acompañaba hasta el mercado de San Pedro, en Niterói, una ciudad a una hora de distancia, a la que se llega cruzando un puente gigantesco o en barco, para buscar la mejor carne de cerdo. Dejaban la carne en sal desde el día anterior, para quitarle el exceso de grasa. Luego, Neném la cocinaba durante horas en una chimenea exterior de leña, que le daba un toque ahumado especial, antes de mezclarla con frijoles negros, ajo, cilantro y sal. Al final, removía la mezcla lentamente en viejas ollas de hierro, con una paciencia que parecía de santa.
Neném construyó un pequeño altar tallado en piedra, donde colocó la imagen de la esclava Anastácia, símbolo de la resistencia, y le rezó para que todo saliera bien. Las plegarias fueron escuchadas. Poco a poco, la samba de la calle Sacopã se convirtió en una fiebre entre famosos, artistas, jóvenes alternativos e intelectuales del sur de Río de Janeiro, y llegó a recibir hasta 400 personas.
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Este sábado 14 de junio de 2025, a las cinco de la tarde, ya hay unas 30 personas en “el terreiro”, que permanece casi intacto, tal como lo levantó la familia. Siguen allí la misma chimenea de leña donde cocinaba doña Eva, el piso de piedra y el techo metálico. Lo único que cambió fue la pared del fondo del patio, donde ahora aparecen pintados Luiz, con sus gorros de crochet en amarillo, verde y negro, y Tia Neném.
La feijoada, el arroz y la col se sirven en recipientes metálicos, sobre una mesa frente a la chimenea, para que cada invitado pueda repetir a gusto y comer sentado en las mesitas de plástico. El ambiente es muy distendido. Un grupo de amigos, vestidos con ropa colorida, se ríe a carcajadas frente a sus platos vacíos, donde apenas quedan cáscaras de naranja. También hay un inglés cuarentón, con camiseta roja del Chelsea, bebiendo una cerveza fría en un pequeño vaso —de los llamados “copos americanos”— mientras acaricia a su perrita. Cerca, una pareja de señoras sexagenarias, con aire intelectual, conversa animadamente mientras bebe Coca-Cola.
Los músicos ensayan sentados en círculo alrededor de una mesa ovalada, cubierta con un mantel. Hacen pruebas de sonido, afinan los instrumentos y palmean las percusiones. El repertorio es siempre el mismo: clásicos del samba de los años 70 y 80, con nombres como Velha Guarda da Mangueira, Zeca Pagodinho y Beth Carvalho.
Por allí han pasado muchos artistas famosos: Regina Casé, Zezé Motta, Caetano Veloso, Tim Maia y el futbolista Sócrates, que adoraba las caipirinhas que preparaba José Cláudio. Pero no importa cuán célebre sea el invitado: a las 22:00 en punto, todo se detiene. La ley prohíbe hacer ruido en zonas residenciales después de esa hora. Los músicos guardan sus instrumentos y, en cuestión de minutos, los invitados descienden por la pequeña escalera hasta el portón del quilombo.
Luiz siempre advierte: «No se puede pasar ni un minuto más. Si no, los vecinos ricachones llaman a la policía».
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Las rodas de samba de la familia Pinto incomodan a gran parte del vecindario. Un productor audiovisual de cabello engominado, que vive en el penthouse con piscina de un edificio vecino al quilombo, dice que no las soporta. «Las sambas convierten el barrio en un caos», cuenta el 30 de junio de 2025 desde la sala de su apartamento, cubierta por una alfombra inmensa y perfumada con olor a limpiador, mientras una empleada doméstica, con un gorro parecido al que usan los cirujanos, barre la casa. Según él, los autos de los asistentes a las fiestas se amontonan en la calle empedrada y angosta de Sacopã, bloqueando el paso de los residentes, y el ruido impide que su hijo, de 17 años, pueda estudiar. «Tenemos que prender el aire acondicionado para que no se escuche tanto la bulla», dice.
Prefiere hablar de forma anónima por miedo a que los Pinto lo acusen de “racismo”, palabra que, asegura, la familia usa como escudo para descalificar cualquier reclamo de los vecinos. Al igual que otros residentes, sospecha que no descienden de esclavos fugitivos, sino que “inventaron esa historia” para evitar un desalojo y esquivar las reglas del barrio. «No tienen permiso para comercializar feijoada ni para hacer fiestas; sus infraestructuras son muy precarias», asegura, y teme que las casitas de los Pinto se derrumben con la lluvia carioca.
Pero lo que más lo inquieta es que lleguen nuevos miembros a la familia, y que, poco a poco, «el lugar termine por convertirse en una favela», dice. Él y su esposa colocaron dos sillas de madera frente a la enorme ventana de su apartamento, que les permiten vigilar el estacionamiento del quilombo. Si advierten un movimiento sospechoso, o el menor indicio de una construcción nueva, no dudan en avisar a Amofonte, la asociación de residentes de Lagoa, que ha presentado más de 20 denuncias contra el quilombo por construcción irregular, tala ilegal de árboles, ruido excesivo y uso indebido del estacionamiento. Pese a los numerosos correos, los mensajes en redes sociales y hasta las cartas entregadas en la sede de la asociación y a su abogado para solicitar una entrevista, no hubo respuesta.
En una de sus últimas declaraciones a la prensa, en una nota enviada al diario O Globo, el 1 de mayo de 2018, la asociación sostuvo que el sonido de las sambas «se propaga por varias cuadras» de Lagoa y que «llueven las quejas de los residentes del barrio». También alegó que los eventos «no tienen el menor sentido» ya que «nada de eso [las sambas] caracteriza la cultura quilombola». Esa «música se puede escuchar en un aparato o en una sala de espectáculos», aseguró Amofonte, defendiendo que su oposición a los eventos organizados por los Sacopã «no se trata de prejuicio, sino de sentido común y de entender el entorno en el que uno está situado».
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La hostilidad del vecindario ha vuelto pesada la atmósfera para la familia Pinto. En varias ocasiones, las denuncias desembocaron en multas, prohibiciones temporales de la samba y la feijoada, e incluso en el cierre con candado del portón y la vigilancia policial durante meses. Despiertan cada día sin saber qué nueva denuncia aparecerá en el buzón. Se sienten permanentemente amenazados y poco bienvenidos en el barrio, como si fueran extraterrestres en el lugar donde nacieron y crecieron.
Un vecino de un lujoso condominio incluso intentó sobornar a Tía Neném para que saliera del terreno. «Me llamó con un paquete de dinero; yo ni siquiera lo toqué. Él dijo que allí había 27 000 reales» (cerca de 5 200 dólares), cuenta ella en un diario que conserva su hijo José Cláudio. Lo más humillante fue la sorpresa que provocó su rechazo al vecino: el hombre nunca imaginó que se negara a aceptar ese dinero. «Su esposa me miró de arriba abajo: llevaba unas zapatillas viejas y un vestido remendado. La mujer puso una cara de repulsión y me dijo: ‘¿Cómo puede no aceptar una oferta así?’», se lee en el diario de Tía Nenem.
Con el paso de los años, esa presión se volvió insoportable para ella. Hasta que el 2 de marzo de 2006, a los 72 años, no aguanto más. Se encontró con la esposa del juez que llevaba uno de los múltiples juicios contra el quilombo en la iglesia donde cantaba. La mujer llamó a su marido por teléfono y le pasó el aparato a Neném. El juez le dijo que Luiz era “descarado” y “abusivo”, y prometió desalojar el lugar en 15 días. No era legal, pero Neném, que no tenía los conocimientos jurídicos de Luiz, le creyó. Esa misma noche sufrió un infarto. Luiz la encontró fría al día siguiente y se desmayó del susto.

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¿Tanto sacrificio valía la pena? Luiz ya no estaba seguro. La causa judicial contra Higienópolis no avanzaba, y tampoco el proceso de titularización del quilobo mediante el artículo 68 de la Constitución. El olfato de Humberto Adami respecto del juez Roberto Wider que dictó la sentencia a favor de la inmobiliaria no había fallado: en 2012, el Consejo Nacional de Justicia lo sancionó con jubilación obligatoria, la pena máxima en un proceso disciplinario, por haber nombrado irregularmente para dirigir registros notariales de Río a dos abogados sin concurso público.
Pero nada de eso cambió el rumbo del caso. A Luiz le costaba cada vez más salir a la calle y enfrentarse a un vecindario que lo miraba de reojo. «El racista cree que el negro no puede vivir en una zona noble», dice. «A veces estoy ahí abajo lavando mi coche, y la gente llega y dice que quiere hablar con mi patrón solo porque soy negro».
Luiz temía morir sin ver el desenlace de su batalla. Se estaba haciendo viejo. Le diagnosticaron diabetes e hipertensión. Tenía los tobillos hinchados y caminaba con lentitud. Además, el contexto político también se había vuelto más hostil: el impeachment de Dilma Rousseff en 2016 abrió el camino al ascenso de la derecha en Brasil y, en 2018, fue electo presidente Jair Bolsonaro, un militar de extrema derecha, abiertamente hostil a los quilombos. Durante su campaña llegó a comparar a los quilombolas con animales que “no hacen nada”.
El 18 de abril de 2020 murió Hugo, nieto de Luiz y uno de sus mayores aliados: un joven carismático y generoso en quien Luiz veía su propio reflejo. Hugo era músico, rebelde y tan apasionado por el quilombo como él. Tenía apenas 25 años. Dos años después, el 3 de octubre de 2022, Márcio, padre de Hugo e hijo de Luiz, falleció a los 58 años a causa de problemas cardíacos. Sus familiares afirman que su corazón no logró sobreponerse al dolor provocado por la partida tan inesperada de Hugo, de quien ni siquiera pudo despedirse.
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Triste y abatido Luiz pasaba los días en silencio, sentado en una silla de plástico en el patio del quilombo, murmurando el rap que había compuesto con su nieto Hugo para que nadie se olvidara nunca de la historia del quilombo.
Mi tatarabuelo, que llegó antes de la abolición
En esta tierra se asentó, comenzó la evolución.
Aquí él sembró, aquí él cosechó, aquí él resistió.
Aquí murió.
Mi bisabuelo heredó su gran misión:
no dejar de rendir culto a nuestro arte y tradición,
de tocar nuestro tambor, de hacer nuestra oración.
Mi bisabuelo también murió,
pero mi abuelo heredó el don
y, como cantante y compositor, creó esta canción
y me la dio para que yo la cantara.
Yo soy la sexta generación,
soy quilombo, quilombola, soy Zumbi.
Soy lo que soy: aún resistencia. No quiero salir de aquí.
Soy la raza brasileña que todavía sufre humillación.
Pero soy la historia verdadera que construyó esta nación.
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Las elecciones presidenciales del 30 de octubre de 2022 le dieron la victoria a Luiz Inácio Lula da Silva que, como candidato del Partido de los Trabajadores, ya había sido presidente entre 2003 y 2010. Eso le devolvió el ánimo a Luiz. Apenas asumió el cargo, el 1 de enero de 2023, Lula nombró como ministra de Igualdad Racial a Anielle Franco, una joven afrodescendiente y hermana de Marielle Franco, la activista antirracista y defensora de los derechos LGBTQ asesinada en Río de Janeiro el 14 de marzo de 2018 por denunciar proyectos inmobiliarios clandestinos de las milicias que dominan barrios enteros de la ciudad.
Fue una potente señal del compromiso del nuevo gobierno con la lucha por los derechos de los afrodescendientes que desde la Constitución de 1988 no había avanzado demasiado: apenas 54 de las 1 802 comunidades que reivindican ser quilombos han obtenido la titulación de sus tierras, debido a la complejidad y lentitud del proceso. Hoy, solo el 4.3 % de los 1.3 millones de quilombolas brasileños vive en territorios formalizados. Según la ONG Terra de Direitos, si el Estado mantuviera el ritmo actual de regularización, serían necesarios 2 188 años para titular todos los territorios quilombolas.
Anielle Franco parecía dispuesta a acelerar el proceso.
El 23 de julio de 2024, la ministra aprovechó un viaje oficial a Río de Janeiro, adonde había acudido para una reunión del G20, para visitar por la tarde el quilombo de Luiz. El patriarca le contó la historia de su familia. Conmovida, ella le dijo:
—Voy a intentar contactar al presidente. Lo voy a llamar para que hables con él.
Intentó comunicarse varias veces, sin éxito. Hasta que, finalmente, Lula respondió. Anielle le pasó el teléfono a Luiz, y ambos intercambiaron unas breves palabras.
—Mira, estoy en tránsito —le dijo Lula con su voz ronca—. Puede que se corte la llamada en cualquier momento. Estoy dentro de un automóvil, pero aquí estoy. Ahora vienen las elecciones municipales, así que voy a tener que pasar por Río. A ver si logro conocer ese quilombo… a ver si me doy una vueltita. Ponte en contacto con Anielle. Mira, ahora estoy por entrar a un túnel…
Antes de que se interrumpiera la llamada, Luiz apenas tuvo tiempo de agradecer:
—Muchas gracias. Es un placer enorme. Lo espero ansiosamente.
Lula no volvió a comunicarse, pero cuatro meses después de la visita de Anielle Franco, el 29 de noviembre, mientras escribía una letra de samba para el carnaval, Luiz recibió otra llamada. Esta vez era Gustavo Noronha, funcionario del Instituto Nacional de Colonización y Reforma Agraria (Incra), responsable de regularizar la propiedad de la tierra en Brasil. Le dijo:
—El documento para titularizar tu tierra está sobre la mesa del presidente, listo para ser firmado. Cuando lo firme, te llamo.
Lula había decidido firmar un decreto que declaraba 15 quilombos de “interés social, cultural e histórico”. Es decir, un decreto que permitiría al Incra iniciar un proceso de regularización del quilombo y garantizaría que el área no pudiera ser vendida. Entre los territorios seleccionados estaba el de la familia Pinto.
—¿Es verdad? —preguntó Luiz, echándose a llorar.
A los pocos minutos, Noronha lo volvió a llamar:
—Lula acaba de firmar el decreto.
Luiz no podía sentirse más orgulloso. Lo había logrado. Había sido una batalla larga. Ahora tenía 82 años, pero todo había valido la pena. Aunque la obtención del título de tenencia de la tierra del quilombo todavía iba a tardar, solo era un proceso burocrático, y no corrían el riesgo de ser expulsados de su terreno.
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Tras el decreto de Lula, la presión arterial de Luiz se estabilizó. Pero Humberto Adami cree que la batalla está lejos de terminar. El terreno oficialmente registrado no es el mismo de antes. A medida que los nuevos edificios fueron comiéndose el territorio y reduciéndolo poco a poco, el Incra prevé regularizar un área mucho más pequeña —911 metros cuadrados— en comparación con los más de 32 300 metros cuadrados que había ocupado su abuelo. Los quilombolas tampoco pueden beber el agua que brota de la tierra como lo hacía Luiz de niño. El agua ya no está limpia: las nuevas construcciones contaminaron la zona.
Humberto Adami sostiene que el quilombo merece exigir compensación por esas pérdidas. «¡Los deberían indemnizar con millones!», dice. El miércoles 22 de abril de 2026, al mediodía, mientras toma un trago de cerveza en el mismo quiosco de Copacabana de siempre, cuenta que en una de sus noches de insomnio se le ocurrió una idea brillante para lograrlo: tras el reconocimiento del terreno de los Pinto como sitio de interés público, podría lograrse la anulación de la causa con Higienópolis, alegando la incompetencia del tribunal que la juzgó. «El caso fue tramitado por la Justicia estatal, pero los asuntos vinculados a quilombos como este debieron pasar a la Justicia federal», explica, convencido también de que la condena por corrupción contra el juez Roberto Wider podría ayudar a convencer a la justicia de desmontar la sentencia.
A Adami le brillan los ojos, cargados de insomnio y de ambición por un nuevo desafío. «Pero esas estrategias jurídicas dan mucho trabajo», dice. Y en el quilombo no hay ahora quien esté dispuesto a pelear. «Luiz está viejo, enfermo, y no preparó a otra generación para continuar esta lucha», lamenta. «Yo no puedo empezar un proceso y luego andar solo como un Don Quijote. Y en los procesos hay que pagar, gente».
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Varios familiares de Luiz están cansados de pelear. Nueve meses después de la decisión de declarar al quilombo de interés general, el 23 de mayo de 2025 llegó por correo una nueva denuncia de Amofonte, enviada al promotor de Justicia de Medio Ambiente del estado de Río de Janeiro por el volumen excesivo de la samba, medido con un sonómetro. Incluso adjuntaron fotos del quilombo tomadas con drones.
José Cláudio, el hijo de Neném, que ahora tiene 62 años y vive con su esposa y uno de sus dos hijos en la casa que construyó junto a Tia Neném, está dispuesto a bajar las armas, aunque eso moleste a Luiz. «Hoy tenemos un gran desencuentro en el quilombo. Eso me duele mucho», lamenta el sábado 6 de septiembre, mientras comparte con su prima Márcia, hija de Édimo y un año mayor que él, un pedazo de pastel de maíz en la mesa de la cocina. Desde allí se ve, en la pared de la sala, un enorme retrato de Tia Neném.
Ambos aseguran respetar mucho a su tío Luiz, pero creen que ha llegado el momento de poner fin a las sambas. «Hacer ruido solo alimenta una imagen negativa del quilombo», dice José Cláudio, que ha pasado por un largo tratamiento psicológico para sobrellevar las tensiones del barrio y la pérdida de su madre, con quien mantenía una relación muy cercana. A Márcia, el prejuicio de los vecinos hacia el quilombo le afecta en el trabajo: se dedica a pasear perros en el barrio y cuenta que perdió a una clienta que un día le ofreció llevarla a su casa y, al descubrir dónde vivía, nunca volvió a llamarla.
También les preocupa el futuro de las nuevas generaciones. María Eduarda y Luiz Eduardo, hijos del primogénito de Luiz, son excluidos de la vida social del barrio. En 2024, cuando tenían 15 y 12 años, se hicieron amigos de Manoel, un chico de un edificio situado a unos 100 metros, que se aventuró en bicicleta hasta el quilombo. Empezaron a jugar fútbol juntos y, a menudo, almorzaban en casa de Rosane, su madre. Pero la amistad se quebró cuando Manoel los invitó a la suya: los padres del chico recibieron a María Eduarda y Luiz Eduardo con frialdad al descubrir de dónde venían los nuevos amigos de su hijo. María Eduarda y Luiz Eduardo regresaron apagados a casa y Manoel no volvió a aparecer en el quilombo.
José Cláudio y Márcia piensan que, con ayuda de universitarios y de la Defensoría Pública, podrían abrir un diálogo con el vecindario para reconciliarse. «El racismo en Brasil lo sufrieron nuestros abuelos; nosotros también lo sufrimos, pero cada generación tiene distintas formas de defenderse», dice Márcia. «Luiz pertenece a una generación anterior que quiere resistir peleando; nosotros pensamos que tenemos que imaginar otras estrategias», añade, con un suspiro de cansancio, ansiosa por reencontrar, tras décadas de lucha, esa paz que un día llevó a su bisabuelo y a su abuelo a refugiarse en la ladera.
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Entre el olor de la feijoada y las percusiones de la samba, se cuenta la saga de la familia Pinto, habitantes de un quilombo —una comunidad de descendientes de esclavos en fuga— enclavado como oasis verde en la ladera de una de las zonas residenciales más opulentas del sur de Río de Janeiro. Es una historia de décadas de resistencia ante la presión del negocio inmobiliario, y un símbolo acabado de las tensiones racistas que corren por los subterráneos de la sociedad carioca.
Aquel día de 1929, cuando Manoel Jr. Pinto llegó a ese morro ubicado a 200 metros de un lago turquesa, sintió que un caballo le galopaba en el pecho. La leve neblina se fue disipando, dejando al descubierto la majestuosa masa verde donde tan solo un puñado de casitas construidas de barro y bambú desafiaban la densidad de la flora tropical de Río de Janeiro. El sitio coincidía con las pocas indicaciones que había conseguido sobre el lugar donde se encontraba el “quilombo” (la comunidad de esclavos en fuga) en el que se había refugiado décadas atrás su padre, un antiguo esclavo que había escapado de una hacienda cafetera.
Pero Manoel Jr. no esperaba encontrar a su padre. Hacía años que había perdido su rastro. Probablemente ya estaba muerto. Lo que realmente buscaba era aquello que la ladera le había regalado: la libertad. Si bien formaba parte de la primera generación de afrodescendientes libres, no lo era realmente. El 13 de mayo de 1888, la princesa Isabel, regente del Imperio de Brasil, un país que se había independizado de la Corona portuguesa desde 1822, abolió finalmente la esclavitud. Pero, por falta de una reforma agraria, los millones de esclavos libertos y sus descendientes fueron abandonados a su suerte, sin acceso a la tierra, a una vivienda digna ni a un empleo decente. Muchos regresaron al África con la esperanza de reencontrar la vida que les habían arrebatado. Quienes se quedaron en Brasil terminaron sembrando y cosechando caña de azúcar, café, algodón y tabaco, en las mismas tierras donde habían sido oprimidos durante siglos.
Manoel Jr. había trabajado durante años como jornalero agrícola en la sierra de Nova Friburgo, en el interior del estado de Río de Janeiro. Se sentía exhausto. Pasaba los días deambulando de hacienda en hacienda, buscando trabajo para que su esposa, Doña Eva Manoela da Cruz, y sus cinco hijos pequeños —Eduardo, Sebastião, Édimo, Maria Bernardina y João— no pasaran hambre. Manoel Jr. los miraba, tan pequeños y llenos de vida. No estaba dispuesto a condenarlos a la miseria, de modo que decidió, en 1929, partir rumbo al morro donde su padre se había refugiado, con la esperanza de que ese lugar le trajera la misma suerte. La ciudad de Río de Janeiro estaba creciendo y atrayendo a personas del campo que, como él, buscaban un futuro mejor.
Dejó atrás a Doña Eva y a los niños. Era más prudente que se quedaran en Nova Friburgo hasta que él encontrara primero un empleo, un techo, algo de estabilidad. Manoel Jr. prometió que los visitaría cuantas veces pudiera. Si las cosas salían bien, los llevaría con él más adelante. Besó a sus cinco hijos uno por uno, abrazó a su mujer y partió solo, rumbo a la ladera salvadora.
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Encontrar trabajo no fue difícil. Las tierras pertenecían a la poderosa familia Darke de Mattos, de origen alemán, que había hecho fortuna como propietaria de la empresa fabricante de chocolates Bhering y del famoso Café Globo. La hermana del dueño de la empresa, Astréia Darke de Mattos, una viuda, buscaba un empleado de confianza y versátil que pudiera cuidar su terreno, limpiar su mansión y trabajar como jardinero.
No dudó en dar una oportunidad a Manoel Jr. Era callado, dispuesto a trabajar día y noche. Sabía cuidar plantas y animales, y su bigote fino le daba una apariencia seria que inspiraba confianza. Astréia Darke de Mattos le permitió construir un pequeño barracón al comienzo de la subida del morro para que tuviera donde vivir. Entusiasmado, Manoel Jr. plantó árboles de yaca (una fruta gigantesca de pulpa amarilla y fibrosa y de cáscara verde y dura), cocoteros y bananeras para que su familia pudiera alimentarse de ellas cuando llegara.
Pero fue tan solo 10 años después, cuando la viuda le encargó una nueva tarea, que Manoel Jr. decidió finalmente traer a su familia. En 1939, Astréia Darke de Mattos le pidió que abriera una calle sobre el morro, a unos 100 metros de su barracón. Río de Janeiro estaba experimentando una rápida expansión urbana debido a la falta de espacio en la ciudad. La familia Darke de Mattos, que tenía olfato para los negocios, decidió fundar una inmobiliaria para urbanizar la ladera, cuya proximidad al lago y cuya vista espectacular del Cristo Redentor, inaugurado en 1931, seguramente atraería a constructoras deseosas de levantar grandes edificios.
Pronto comenzaron a llegar obreros, en su mayoría del noroeste del país, para abrir otras calles. Entusiasmado por el dinamismo creciente de la zona, Manoel Jr. pensó que no faltarían oportunidades de trabajo para su esposa e hijos. Además, el 19 de diciembre de 1934 había nacido su sexta hija, Maria Laudellina, a quien le decían Neném. No quería perderse su infancia. Pero lo que nunca imaginó fue que, en realidad, estaba pavimentando el camino hacia su propio infierno.

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Tras su llegada a la ladera, la familia Pinto no conoció descanso. Salvo João y Neném, demasiado pequeños aún para trabajar, todos se pusieron manos a la obra para acondicionar el terreno. Édimo, apodado “Mosquito”, aficionado a la albañilería, construyó unas escaleras de cemento, de peldaños bajos, para abrir paso entre la vegetación densa, surcada por un riachuelo, hasta la pequeña casa de barro y con ventanas diminutas que había levantado Manoel Jr.
Junto a la vivienda pusieron también una chimenea de ladrillos para que doña Eva preparara las quentinhas, almuerzos caseros que luego vendía, con la ayuda de Eduardo, Sebastião y Maria Bernardina, a la multitud de albañiles que abrían calles bajo el sol abrasador. La familia Pinto se ganó pronto el cariño del vecindario, que empezó a llamarla, con afecto, “la familia Sacopã”, por el nombre de la calle que Manoel Jr. había pavimentado. Doña Eva, curandera y partera, también era conocida como “la abuelita del ombligo” por los muchos niños a los que ayudó a nacer.
A los Pinto no les faltaba nada. Bebían el agua que brotaba de la tierra oscura, canalizada con troncos huecos de bambú hasta un barril de roble donde la almacenaban. Comían frutas y verduras de la huerta que Manoel Jr. y doña Eva habían cultivado, y criaban cerdos y gallinas. En medio de aquella vida que parecía ir encontrando su cauce, doña Eva y Manoel Jr. tuvieron dos hijos más: primero Antonio, nacido en 1935, y luego Luiz, el 13 de diciembre de 1941.
Luiz salió más rebelde que los otros. Era protestón y travieso, pero también divertido y sociable. Le encantaba jugar al fútbol con los niños de las casitas vecinas, siempre cuidándose de no pisar alguna culebra escondida entre las piedras. También disfrutaba de cantar con su hermana Neném, que soñaba con convertirse en estrella. Tenía talento. Su voz cristalina dejaba a todos en silencio cuando entonaba el Ave María en la iglesia de Santa Margarida, a 10 minutos a pie desde su barracón. También deslumbraba en las fiestas familiares cuando cantaba sambas heredadas de sus antepasados: muchos esclavos solían tocar samba en círculo, con tambores y cantos, como una forma de respiro. Para los Pinto, la música era también una manera de contar el mundo. Como Manoel Jr y Doña Eva eran analfabetos, transformaban los acontecimientos de la época en canción para transmitirlos a sus hijos.
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La paz de los Pinto no duró mucho. A partir de los años 60, la alcaldía de Río de Janeiro lanzó una política para “higienizar” la ciudad, alarmada por el crecimiento desordenado de viviendas informales de obreros que fueron instalándose en Río para trabajar en las obras de urbanización. En realidad, lo que se buscaba era alejar a los negros pobres de zonas de interés para las inmobiliarias.
Las remociones eran rápidas y violentas. Llegaba una orden de desalojo y, 15 días después, aparecían unos 50 funcionarios acompañados por policías, empleados del servicio de saneamiento, y tractores. Ataban una cuerda al techo de una casa y la arrastraban hasta reducirla a escombros. Días más tarde, las familias eran reubicadas en viviendas alejadas del centro. Para 1973, más de 175 000 personas habían sido removidas de diversas favelas de Río de Janeiro.
El 13 de abril de 1975 llegó el turno de la ladera donde vivía la familia Pinto. Para entonces, allí residían unas 120 personas, que fueron trasladadas a Inhoaíba, un barrio en la zona oeste de Río. Pero la familia Pinto se resistió a salir. Manoel Jr. explicó que la señora Astréia Darke de Mattos le había dado permiso para vivir allí con su familia. También que tenía conexiones con personas importantes. Doña Eva había conseguido trabajo como empleada doméstica para personas influyentes, como el gobernador del entonces estado de Guanabara —un estado brasileño que existió entre 1960 y 1975 y estaba formado solo por la ciudad de Río de Janeiro—, Antônio de Pádua Chagas Freitas, un político conservador, de gruesas gafas y mirada severa, que vivía cerca de allí.
Mientras las demás viviendas caían una a una, como fichas de dominó, los agentes de la prefectura hicieron una excepción con la familia Pinto. Y así fue como se convirtieron en los últimos quilombolas —como se llama a los descendientes de esclavos fugitivos— en resistir en la zona sur y opulenta de Río de Janeiro.
Pero los Pinto sabían que aquella protección de la que se habían beneficiado no duraría para siempre. Astréia Darke estaba envejeciendo. Temían que la próxima vez que recibieran una orden de desalojo no tendrían cómo defender su derecho a permanecer allí. Era una cuestión de tiempo.
Tampoco tendrían fuerzas. Manoel Jr. se había convertido en un viejo solitario, que pasaba los días hojeando una Biblia, preguntándose qué significaban todas esas letras diminutas que no lograba descifrar. Y doña Eva era ya una abuela impaciente, cuyo único interés era disciplinar a sus nietos y bendecirlos con hierbas santas. Todos se habían rendido al destino que parecía inevitable. Todos, menos Luiz.
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Cuando removieron a los habitantes del morro, Luiz tenía 34 años, y la rebeldía que doña Eva esperaba que fuera pasajera no había hecho más que acentuarse. Le gustaba vestir camisas amplias, llevar trenzas y gorros de crochet en amarillo, verde y negro, como los cantantes de reggae. Trabajaba como chofer y, en su tiempo libre, componía sambas junto a Neném. Le encantaban las fiestas, la cerveza y los cantantes de izquierda que resistían a la dictadura militar.
Luiz no quería irse de la ladera. Amaba la paz del lugar: el murmullo del agua del riachuelo deslizándose por la pendiente, el canto de los pájaros, la humedad de las plantas después de la lluvia. Se había casado con Albertina, la hermana de un amigo de infancia con quien había estudiado en la escuela, a la que le decían “Tina”, y soñaba con criar a sus hijos y a sus nietos en el mismo lugar en el que había nacido. Con el crecimiento de la familia, añadieron un piso a la casita de Manoel Jr. y, a su lado, construyeron un barracón de dos plantas. Neném levantó otra vivienda a unos 20 metros más arriba, en el morro. Pero Luiz sabía que, para poder criar allí a sus descendientes, necesitaba obtener un título de propiedad. Sin ese documento, él y su familia estarían perdidos.
Tras la remoción de sus vecinos, Luiz se inscribió en las clases nocturnas de la Facultad de Derecho Cândido Mendes, en el centro de Río, en busca de una vía legal para defender el derecho a la tierra de su familia. Trabajaba manejando ambulancias y aprovechaba los huecos entre emergencias para asistir a clases: si surgía un accidente, lo llamaban, él salía corriendo, atendía a muertos y heridos, y volvía como si nada.
Una noche, en la biblioteca de la facultad, mientras hojeaba el Código Civil, descubrió el artículo 183: una ley que establece el derecho a la usucapión urbana. Esta otorga a toda persona que ocupe, de forma pacífica, continua y sin oposición, un terreno urbano durante al menos cinco años, la posibilidad de solicitar su titularidad legal. La familia Pinto llevaba más de 40 años viviendo en la ladera. Luiz pensó que sería fácil.
El 15 de agosto de 1975, tres meses después de la remoción de sus vecinos, presentó la solicitud de usucapión a nombre de sus padres ante la Vara de Registros Públicos de Río de Janeiro. El documento reclamaba el derecho de propiedad sobre un terreno de 32 300 metros cuadrados. Tenía seis páginas mecanografiadas y ocho pruebas que demostraban su residencia desde, por lo menos, los años 50. Entre ellas, una factura de una radio que doña Eva había comprado en 1952; boletas amarillentas de gas y luz de 1951 de la antigua Société Anonyme du Gaz de Rio de Janeiro; registros de salud y credenciales electorales a nombre de sus hermanos, de 1953.
Pero para un descendiente de esclavos las cosas no eran tan sencillas.
Entre peritajes, burocracia e idas y vueltas legales, Luiz sabía que el proceso demoraría décadas. Mientras él y su familia esperaban pacientemente la decisión de la justicia, intentando llevar una vida tranquila, la transformación de la ladera se aceleró. Las constructoras enviaron tractores para devastar la vegetación, aplanar los terrenos y elevar edificios de lujo.

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Hoy, la ladera a la que llegó Manoel Jr. se llama Lagoa y apenas conserva rastros de lo que fue. La calle empedrada por Manoel Jr., Sacopã, que nace en una avenida y serpentea por el barrio, está flanqueada por edificios de cinco, 10 y hasta 15 pisos, con balcones de mármol y vistas al lago turquesa, que da nombre a la zona, y a la estatua del Cristo Redentor. Muchos edificios llevan nombres de ciudades europeas, como Fontana di Trevi; de estaciones de esquí suizas, como Crans Montana; o de autores célebres, como Saint-Exupéry, y están habitados por actores de telenovela y políticos influyentes.
Están blindados por cercas y tienen entradas imponentes, custodiadas por guardias uniformados que pasan el día mirando las cámaras de seguridad con cara de aburridos. El movimiento en la zona es escaso. A diferencia de otros barrios de Río de Janeiro, siempre bulliciosos y concurridos, Lagoa es muy tranquilo. Solo se ven algunas personas en ropa deportiva que suben la empinada calle para ejercitarse, o que pasean perros diminutos de ladrido agudo. De vez en cuando, un repartidor de iFood pedalea en una bicicleta precaria para llevar comida a algún residente de esos mastodontes lujosos.
Muchas de las palmeras y de los arbustos tropicales han desaparecido. En la calle Sacopã, tan solo sobrevivieron pequeños reductos de vegetación confinados en macetas para decorar los balcones o las aceras. Muchas plantas rebeldes han logrado agrietar el contenedor, trepando por los muros y enredándose en los cables eléctricos.
En medio de ese paisaje, el quilombo emerge como un oasis verde: es como un parque sitiado por edificios enormes que parecen querer devorarlo. Cualquiera puede entrar. Su acceso está delimitado apenas por una reja que permanece siempre abierta y que da paso a un estacionamiento con piso de tierra. Al fondo se encuentran las escaleras que construyó Édimo, que se pierden entre la flora tropical.
Al subirlas para llegar al patio central del quilombo —una especie de salón abierto con piso de piedra, cubierto por un frágil techo metálico sostenido por vigas de madera y atravesado por dos árboles grandes—, el visitante siente que se interna en un mundo desaparecido. La vegetación densa regala sombra y frescor. Los tobillos empiezan a picar, atacados por mosquitos. Aparecen grandes hormigas que avanzan en fila sobre los troncos, y lagartijas que se escabullen entre la maleza. Es como si toda la fauna expulsada por la urbanización hubiera encontrado allí su último refugio. Incluso el olor cambia: se respira un aroma fermentado, causado por las papayas que se pudren sobre la tierra negra.
El quilombo es, en cierto modo, un tesoro: el último rincón virgen de Lagoa, aún sin construir. Un rincón que vale oro. Lagoa tiene el tercer metro cuadrado más caro de Río de Janeiro, con un valor cercano a los 3 000 dólares. Si se toma en cuenta el precio medio de la zona, el terreno donde resiste la familia Pinto podría venderse por 69 millones de dólares.
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El retorno a la democracia en Brasil, en 1985, tras 21 años de dictadura militar, abrió una esperanza de mejora para la población afrodescendiente del país. Con la convocatoria de la Asamblea Nacional Constituyente por parte del gobierno de José Sarney (1985-1990), el movimiento negro se organizó para asegurar que su derecho a la tierra, históricamente ignorado, quedara inscripto en la nueva Constitución Federal de 1988. Conocida como la “Constitución Ciudadana”, esta reconoció finalmente a Brasil como una nación multicultural y, en su artículo 68, estableció que el Estado debía otorgar la titularidad de las tierras ocupadas por los quilombos, como forma de reparación histórica por la esclavitud.
Pero Luiz no tenía mucha fe en ese nuevo derecho. Para hacerlo valer, primero era necesario atravesar un trámite complejo y burocrático de modo que la comunidad fuera reconocida como quilombo. Tendría que demostrar que él y su familia descendían de personas esclavizadas y que mantenían un vínculo ancestral con el territorio que habitaban. ¿Cómo probar que el abuelo de Luiz se había refugiado en la ladera cuando aún era esclavo?
Muchos archivos de aquella época fueron destruidos. Dos años después de la abolición de la esclavitud, en diciembre de 1890, el entonces ministro de Hacienda, Rui Barbosa, ordenó la incineración de registros del Imperio brasileño vinculados a la población esclavizada. Los historiadores creen que probablemente buscaba impedir que los antiguos propietarios de esclavos reclamaran indemnizaciones al Estado por la pérdida de “sus bienes”.
Además, como muchos esclavos eran analfabetos, tampoco dejaron rastros escritos. Y Dona Eva y Manoel Jr. se negaban a hablar de lo poco que sus padres les habían transmitido sobre el sufrimiento que habían padecido. No querían que los relatos amargos de aquella época sembraran en sus hijos odio hacia su color de piel ni dudas sobre su igualdad con los blancos. Querían que pudieran reconstruir la historia familiar lejos del tormento del pasado.
De todos modos, como el proceso de usucapión se demoraba, Luiz inició en 1999 el trámite para el reconocimiento de su terreno como quilombo amparado en el artículo 68 de la nueva Constitución, y abrió las puertas de la comunidad, en la ladera, a varios antropólogos de la Universidad Federal Fluminense de Río de Janeiro, con la esperanza de desentrañar los misterios del pasado familiar. Luiz nunca pensó que llegaría a conseguirlo, pero no perdía nada con intentarlo.
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En 2002, 27 años después de la solicitud de usucapión presentada por Luiz, la justicia finalmente tomó una decisión. Y era favorable. La Vara de Registros Públicos había accedido a otorgarles el título de propiedad del terreno en primera instancia. Pero los Pinto no pudieron celebrar por mucho tiempo. Una inmobiliaria llamada Higienópolis impugnó la decisión judicial, alegando ser heredera de la Inmobiliaria Darke, perteneciente a la misma familia que había permitido a Manoel Jr. instalarse en el terreno y a la cual él había servido fielmente durante décadas, hasta jubilarse. Astréia Darke de Mattos ya no estaba allí para testificarlo: había fallecido en 1993, a los 90 años.
Luiz sabía que las facturas y boletas de gas y de luz no bastarían para enfrentar a la inmobiliaria. Necesitaba ayuda legal especializada. Luiz no dudó un segundo en llamar al mejor. Humberto Adami, también afrodescendiente, ha dedicado su vida a combatir el racismo en Brasil. Es un hombre impaciente y cascarrabias que ha llevado decenas de casos relacionados con los 8 441 quilombos existentes en el país. Esa vasta experiencia le ha dado una intuición casi felina.
«Cuando tomé el caso, enseguida supe que algo olía a podrido», dice, mientras bebe una gaseosa en un quiosco frente a la playa de Copacabana, a una cuadra de su casa. Lleva una camisa rosada y sandalias de cuero, su atuendo de días de descanso. Es miércoles 19 de junio de 2025, feriado de Corpus Christi. El único momento libre en su apretada agenda. Llegó a la hora que había anunciado: a las 16:30 en punto. No tiene mucho tiempo, así que va directo al grano.
«Higienópolis es un fraude», asegura. Está convencido de que la inmobiliaria fue creada, con la intención de desalojar el quilombo, con la complicidad del vecindario. Según él, hay varios indicios clave de lo que considera una farsa: la empresa fue creada poco tiempo antes de la decisión judicial; no se encontró ningún Registro General de Inmuebles a nombre de la inmobiliaria en la notaría. Además, hay un detalle que parece una curiosa coincidencia: el juez que tomó la causa, Roberto Wider, vivía en uno de los edificios vecinos al quilombo, construido justo sobre los terrenos que la familia Pinto reclamaba como propios, y tenía fama de ser corrupto.
Para probar su hipótesis, Humberto Adami dedicó innumerables noches de insomnio a trabajar bajo la luz de una vieja lámpara verde en su despacho, Adami e Associados, en el piso 208 de un gran edificio moderno en el centro de Río. Pero el trabajo cada vez era mayor. Pronto, otras inmobiliarias, condominios y constructoras del barrio se sumaron a la causa de Higienópolis —cuyos representantes no respondieron a los múltiples pedidos de entrevista enviados por correo electrónico— para sostener que ese terreno no pertenecía a los Pinto. Humberto Adami llegó a acumular 42 expedientes sobre su escritorio. El trabajo lo desbordaba, y los fondos que consiguió de la Fundación Ford para financiar su labor voluntaria en favor de los Pinto —que no tenían recursos para pagarle— se quedaron cortos. «¡Este caso casi quiebra mi firma!», gruñe. Necesitaba ayuda extra. Así que, a regañadientes, organizó una colecta de fondos para contratar a un pasante.

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En los años 80, la familia Pinto atravesó dificultades financieras. El barrio ya estaba construido, los obreros se habían ido y el negocio de las quentinhas dejó de ser rentable. Luiz y Édimo abrieron un punto de taxi en el estacionamiento del terreno, pero no alcanzaba para cubrir unos gastos cada vez mayores. Como sus hermanos, él también había tenido hijos: Luiz y Marcio. Hoy, 37 miembros de la familia Pinto viven en la ladera, repartidos en nueve barracones.
Fue entonces cuando Neném decidió que había llegado el momento de perseguir su sueño de convertirse en estrella. Para aumentar los ingresos, organizaría una roda de samba una vez por mes, en la que cantaría y vendería feijoada, un plato típico de Brasil preparado con frijoles negros y restos de cerdo. Puso todo su empeño en que la idea saliera a la perfección.
En enero de 1984, con ayuda de toda la familia, retiraron 30 toneladas de tierra para levantar un patio central en el quilombo, al que llamaron “terreiro”, que se convertiría en el escenario de las rodas de samba.
Su hijo mayor, José Cláudio, un chico alto y flaco, y de piel más clara que su madre, que había sido invitado a jugar fútbol en el Flamengo, renunció a su carrera deportiva para ayudar a Neném. La acompañaba hasta el mercado de San Pedro, en Niterói, una ciudad a una hora de distancia, a la que se llega cruzando un puente gigantesco o en barco, para buscar la mejor carne de cerdo. Dejaban la carne en sal desde el día anterior, para quitarle el exceso de grasa. Luego, Neném la cocinaba durante horas en una chimenea exterior de leña, que le daba un toque ahumado especial, antes de mezclarla con frijoles negros, ajo, cilantro y sal. Al final, removía la mezcla lentamente en viejas ollas de hierro, con una paciencia que parecía de santa.
Neném construyó un pequeño altar tallado en piedra, donde colocó la imagen de la esclava Anastácia, símbolo de la resistencia, y le rezó para que todo saliera bien. Las plegarias fueron escuchadas. Poco a poco, la samba de la calle Sacopã se convirtió en una fiebre entre famosos, artistas, jóvenes alternativos e intelectuales del sur de Río de Janeiro, y llegó a recibir hasta 400 personas.
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Este sábado 14 de junio de 2025, a las cinco de la tarde, ya hay unas 30 personas en “el terreiro”, que permanece casi intacto, tal como lo levantó la familia. Siguen allí la misma chimenea de leña donde cocinaba doña Eva, el piso de piedra y el techo metálico. Lo único que cambió fue la pared del fondo del patio, donde ahora aparecen pintados Luiz, con sus gorros de crochet en amarillo, verde y negro, y Tia Neném.
La feijoada, el arroz y la col se sirven en recipientes metálicos, sobre una mesa frente a la chimenea, para que cada invitado pueda repetir a gusto y comer sentado en las mesitas de plástico. El ambiente es muy distendido. Un grupo de amigos, vestidos con ropa colorida, se ríe a carcajadas frente a sus platos vacíos, donde apenas quedan cáscaras de naranja. También hay un inglés cuarentón, con camiseta roja del Chelsea, bebiendo una cerveza fría en un pequeño vaso —de los llamados “copos americanos”— mientras acaricia a su perrita. Cerca, una pareja de señoras sexagenarias, con aire intelectual, conversa animadamente mientras bebe Coca-Cola.
Los músicos ensayan sentados en círculo alrededor de una mesa ovalada, cubierta con un mantel. Hacen pruebas de sonido, afinan los instrumentos y palmean las percusiones. El repertorio es siempre el mismo: clásicos del samba de los años 70 y 80, con nombres como Velha Guarda da Mangueira, Zeca Pagodinho y Beth Carvalho.
Por allí han pasado muchos artistas famosos: Regina Casé, Zezé Motta, Caetano Veloso, Tim Maia y el futbolista Sócrates, que adoraba las caipirinhas que preparaba José Cláudio. Pero no importa cuán célebre sea el invitado: a las 22:00 en punto, todo se detiene. La ley prohíbe hacer ruido en zonas residenciales después de esa hora. Los músicos guardan sus instrumentos y, en cuestión de minutos, los invitados descienden por la pequeña escalera hasta el portón del quilombo.
Luiz siempre advierte: «No se puede pasar ni un minuto más. Si no, los vecinos ricachones llaman a la policía».
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Las rodas de samba de la familia Pinto incomodan a gran parte del vecindario. Un productor audiovisual de cabello engominado, que vive en el penthouse con piscina de un edificio vecino al quilombo, dice que no las soporta. «Las sambas convierten el barrio en un caos», cuenta el 30 de junio de 2025 desde la sala de su apartamento, cubierta por una alfombra inmensa y perfumada con olor a limpiador, mientras una empleada doméstica, con un gorro parecido al que usan los cirujanos, barre la casa. Según él, los autos de los asistentes a las fiestas se amontonan en la calle empedrada y angosta de Sacopã, bloqueando el paso de los residentes, y el ruido impide que su hijo, de 17 años, pueda estudiar. «Tenemos que prender el aire acondicionado para que no se escuche tanto la bulla», dice.
Prefiere hablar de forma anónima por miedo a que los Pinto lo acusen de “racismo”, palabra que, asegura, la familia usa como escudo para descalificar cualquier reclamo de los vecinos. Al igual que otros residentes, sospecha que no descienden de esclavos fugitivos, sino que “inventaron esa historia” para evitar un desalojo y esquivar las reglas del barrio. «No tienen permiso para comercializar feijoada ni para hacer fiestas; sus infraestructuras son muy precarias», asegura, y teme que las casitas de los Pinto se derrumben con la lluvia carioca.
Pero lo que más lo inquieta es que lleguen nuevos miembros a la familia, y que, poco a poco, «el lugar termine por convertirse en una favela», dice. Él y su esposa colocaron dos sillas de madera frente a la enorme ventana de su apartamento, que les permiten vigilar el estacionamiento del quilombo. Si advierten un movimiento sospechoso, o el menor indicio de una construcción nueva, no dudan en avisar a Amofonte, la asociación de residentes de Lagoa, que ha presentado más de 20 denuncias contra el quilombo por construcción irregular, tala ilegal de árboles, ruido excesivo y uso indebido del estacionamiento. Pese a los numerosos correos, los mensajes en redes sociales y hasta las cartas entregadas en la sede de la asociación y a su abogado para solicitar una entrevista, no hubo respuesta.
En una de sus últimas declaraciones a la prensa, en una nota enviada al diario O Globo, el 1 de mayo de 2018, la asociación sostuvo que el sonido de las sambas «se propaga por varias cuadras» de Lagoa y que «llueven las quejas de los residentes del barrio». También alegó que los eventos «no tienen el menor sentido» ya que «nada de eso [las sambas] caracteriza la cultura quilombola». Esa «música se puede escuchar en un aparato o en una sala de espectáculos», aseguró Amofonte, defendiendo que su oposición a los eventos organizados por los Sacopã «no se trata de prejuicio, sino de sentido común y de entender el entorno en el que uno está situado».
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La hostilidad del vecindario ha vuelto pesada la atmósfera para la familia Pinto. En varias ocasiones, las denuncias desembocaron en multas, prohibiciones temporales de la samba y la feijoada, e incluso en el cierre con candado del portón y la vigilancia policial durante meses. Despiertan cada día sin saber qué nueva denuncia aparecerá en el buzón. Se sienten permanentemente amenazados y poco bienvenidos en el barrio, como si fueran extraterrestres en el lugar donde nacieron y crecieron.
Un vecino de un lujoso condominio incluso intentó sobornar a Tía Neném para que saliera del terreno. «Me llamó con un paquete de dinero; yo ni siquiera lo toqué. Él dijo que allí había 27 000 reales» (cerca de 5 200 dólares), cuenta ella en un diario que conserva su hijo José Cláudio. Lo más humillante fue la sorpresa que provocó su rechazo al vecino: el hombre nunca imaginó que se negara a aceptar ese dinero. «Su esposa me miró de arriba abajo: llevaba unas zapatillas viejas y un vestido remendado. La mujer puso una cara de repulsión y me dijo: ‘¿Cómo puede no aceptar una oferta así?’», se lee en el diario de Tía Nenem.
Con el paso de los años, esa presión se volvió insoportable para ella. Hasta que el 2 de marzo de 2006, a los 72 años, no aguanto más. Se encontró con la esposa del juez que llevaba uno de los múltiples juicios contra el quilombo en la iglesia donde cantaba. La mujer llamó a su marido por teléfono y le pasó el aparato a Neném. El juez le dijo que Luiz era “descarado” y “abusivo”, y prometió desalojar el lugar en 15 días. No era legal, pero Neném, que no tenía los conocimientos jurídicos de Luiz, le creyó. Esa misma noche sufrió un infarto. Luiz la encontró fría al día siguiente y se desmayó del susto.

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¿Tanto sacrificio valía la pena? Luiz ya no estaba seguro. La causa judicial contra Higienópolis no avanzaba, y tampoco el proceso de titularización del quilobo mediante el artículo 68 de la Constitución. El olfato de Humberto Adami respecto del juez Roberto Wider que dictó la sentencia a favor de la inmobiliaria no había fallado: en 2012, el Consejo Nacional de Justicia lo sancionó con jubilación obligatoria, la pena máxima en un proceso disciplinario, por haber nombrado irregularmente para dirigir registros notariales de Río a dos abogados sin concurso público.
Pero nada de eso cambió el rumbo del caso. A Luiz le costaba cada vez más salir a la calle y enfrentarse a un vecindario que lo miraba de reojo. «El racista cree que el negro no puede vivir en una zona noble», dice. «A veces estoy ahí abajo lavando mi coche, y la gente llega y dice que quiere hablar con mi patrón solo porque soy negro».
Luiz temía morir sin ver el desenlace de su batalla. Se estaba haciendo viejo. Le diagnosticaron diabetes e hipertensión. Tenía los tobillos hinchados y caminaba con lentitud. Además, el contexto político también se había vuelto más hostil: el impeachment de Dilma Rousseff en 2016 abrió el camino al ascenso de la derecha en Brasil y, en 2018, fue electo presidente Jair Bolsonaro, un militar de extrema derecha, abiertamente hostil a los quilombos. Durante su campaña llegó a comparar a los quilombolas con animales que “no hacen nada”.
El 18 de abril de 2020 murió Hugo, nieto de Luiz y uno de sus mayores aliados: un joven carismático y generoso en quien Luiz veía su propio reflejo. Hugo era músico, rebelde y tan apasionado por el quilombo como él. Tenía apenas 25 años. Dos años después, el 3 de octubre de 2022, Márcio, padre de Hugo e hijo de Luiz, falleció a los 58 años a causa de problemas cardíacos. Sus familiares afirman que su corazón no logró sobreponerse al dolor provocado por la partida tan inesperada de Hugo, de quien ni siquiera pudo despedirse.
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Triste y abatido Luiz pasaba los días en silencio, sentado en una silla de plástico en el patio del quilombo, murmurando el rap que había compuesto con su nieto Hugo para que nadie se olvidara nunca de la historia del quilombo.
Mi tatarabuelo, que llegó antes de la abolición
En esta tierra se asentó, comenzó la evolución.
Aquí él sembró, aquí él cosechó, aquí él resistió.
Aquí murió.
Mi bisabuelo heredó su gran misión:
no dejar de rendir culto a nuestro arte y tradición,
de tocar nuestro tambor, de hacer nuestra oración.
Mi bisabuelo también murió,
pero mi abuelo heredó el don
y, como cantante y compositor, creó esta canción
y me la dio para que yo la cantara.
Yo soy la sexta generación,
soy quilombo, quilombola, soy Zumbi.
Soy lo que soy: aún resistencia. No quiero salir de aquí.
Soy la raza brasileña que todavía sufre humillación.
Pero soy la historia verdadera que construyó esta nación.
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Las elecciones presidenciales del 30 de octubre de 2022 le dieron la victoria a Luiz Inácio Lula da Silva que, como candidato del Partido de los Trabajadores, ya había sido presidente entre 2003 y 2010. Eso le devolvió el ánimo a Luiz. Apenas asumió el cargo, el 1 de enero de 2023, Lula nombró como ministra de Igualdad Racial a Anielle Franco, una joven afrodescendiente y hermana de Marielle Franco, la activista antirracista y defensora de los derechos LGBTQ asesinada en Río de Janeiro el 14 de marzo de 2018 por denunciar proyectos inmobiliarios clandestinos de las milicias que dominan barrios enteros de la ciudad.
Fue una potente señal del compromiso del nuevo gobierno con la lucha por los derechos de los afrodescendientes que desde la Constitución de 1988 no había avanzado demasiado: apenas 54 de las 1 802 comunidades que reivindican ser quilombos han obtenido la titulación de sus tierras, debido a la complejidad y lentitud del proceso. Hoy, solo el 4.3 % de los 1.3 millones de quilombolas brasileños vive en territorios formalizados. Según la ONG Terra de Direitos, si el Estado mantuviera el ritmo actual de regularización, serían necesarios 2 188 años para titular todos los territorios quilombolas.
Anielle Franco parecía dispuesta a acelerar el proceso.
El 23 de julio de 2024, la ministra aprovechó un viaje oficial a Río de Janeiro, adonde había acudido para una reunión del G20, para visitar por la tarde el quilombo de Luiz. El patriarca le contó la historia de su familia. Conmovida, ella le dijo:
—Voy a intentar contactar al presidente. Lo voy a llamar para que hables con él.
Intentó comunicarse varias veces, sin éxito. Hasta que, finalmente, Lula respondió. Anielle le pasó el teléfono a Luiz, y ambos intercambiaron unas breves palabras.
—Mira, estoy en tránsito —le dijo Lula con su voz ronca—. Puede que se corte la llamada en cualquier momento. Estoy dentro de un automóvil, pero aquí estoy. Ahora vienen las elecciones municipales, así que voy a tener que pasar por Río. A ver si logro conocer ese quilombo… a ver si me doy una vueltita. Ponte en contacto con Anielle. Mira, ahora estoy por entrar a un túnel…
Antes de que se interrumpiera la llamada, Luiz apenas tuvo tiempo de agradecer:
—Muchas gracias. Es un placer enorme. Lo espero ansiosamente.
Lula no volvió a comunicarse, pero cuatro meses después de la visita de Anielle Franco, el 29 de noviembre, mientras escribía una letra de samba para el carnaval, Luiz recibió otra llamada. Esta vez era Gustavo Noronha, funcionario del Instituto Nacional de Colonización y Reforma Agraria (Incra), responsable de regularizar la propiedad de la tierra en Brasil. Le dijo:
—El documento para titularizar tu tierra está sobre la mesa del presidente, listo para ser firmado. Cuando lo firme, te llamo.
Lula había decidido firmar un decreto que declaraba 15 quilombos de “interés social, cultural e histórico”. Es decir, un decreto que permitiría al Incra iniciar un proceso de regularización del quilombo y garantizaría que el área no pudiera ser vendida. Entre los territorios seleccionados estaba el de la familia Pinto.
—¿Es verdad? —preguntó Luiz, echándose a llorar.
A los pocos minutos, Noronha lo volvió a llamar:
—Lula acaba de firmar el decreto.
Luiz no podía sentirse más orgulloso. Lo había logrado. Había sido una batalla larga. Ahora tenía 82 años, pero todo había valido la pena. Aunque la obtención del título de tenencia de la tierra del quilombo todavía iba a tardar, solo era un proceso burocrático, y no corrían el riesgo de ser expulsados de su terreno.
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Tras el decreto de Lula, la presión arterial de Luiz se estabilizó. Pero Humberto Adami cree que la batalla está lejos de terminar. El terreno oficialmente registrado no es el mismo de antes. A medida que los nuevos edificios fueron comiéndose el territorio y reduciéndolo poco a poco, el Incra prevé regularizar un área mucho más pequeña —911 metros cuadrados— en comparación con los más de 32 300 metros cuadrados que había ocupado su abuelo. Los quilombolas tampoco pueden beber el agua que brota de la tierra como lo hacía Luiz de niño. El agua ya no está limpia: las nuevas construcciones contaminaron la zona.
Humberto Adami sostiene que el quilombo merece exigir compensación por esas pérdidas. «¡Los deberían indemnizar con millones!», dice. El miércoles 22 de abril de 2026, al mediodía, mientras toma un trago de cerveza en el mismo quiosco de Copacabana de siempre, cuenta que en una de sus noches de insomnio se le ocurrió una idea brillante para lograrlo: tras el reconocimiento del terreno de los Pinto como sitio de interés público, podría lograrse la anulación de la causa con Higienópolis, alegando la incompetencia del tribunal que la juzgó. «El caso fue tramitado por la Justicia estatal, pero los asuntos vinculados a quilombos como este debieron pasar a la Justicia federal», explica, convencido también de que la condena por corrupción contra el juez Roberto Wider podría ayudar a convencer a la justicia de desmontar la sentencia.
A Adami le brillan los ojos, cargados de insomnio y de ambición por un nuevo desafío. «Pero esas estrategias jurídicas dan mucho trabajo», dice. Y en el quilombo no hay ahora quien esté dispuesto a pelear. «Luiz está viejo, enfermo, y no preparó a otra generación para continuar esta lucha», lamenta. «Yo no puedo empezar un proceso y luego andar solo como un Don Quijote. Y en los procesos hay que pagar, gente».
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Varios familiares de Luiz están cansados de pelear. Nueve meses después de la decisión de declarar al quilombo de interés general, el 23 de mayo de 2025 llegó por correo una nueva denuncia de Amofonte, enviada al promotor de Justicia de Medio Ambiente del estado de Río de Janeiro por el volumen excesivo de la samba, medido con un sonómetro. Incluso adjuntaron fotos del quilombo tomadas con drones.
José Cláudio, el hijo de Neném, que ahora tiene 62 años y vive con su esposa y uno de sus dos hijos en la casa que construyó junto a Tia Neném, está dispuesto a bajar las armas, aunque eso moleste a Luiz. «Hoy tenemos un gran desencuentro en el quilombo. Eso me duele mucho», lamenta el sábado 6 de septiembre, mientras comparte con su prima Márcia, hija de Édimo y un año mayor que él, un pedazo de pastel de maíz en la mesa de la cocina. Desde allí se ve, en la pared de la sala, un enorme retrato de Tia Neném.
Ambos aseguran respetar mucho a su tío Luiz, pero creen que ha llegado el momento de poner fin a las sambas. «Hacer ruido solo alimenta una imagen negativa del quilombo», dice José Cláudio, que ha pasado por un largo tratamiento psicológico para sobrellevar las tensiones del barrio y la pérdida de su madre, con quien mantenía una relación muy cercana. A Márcia, el prejuicio de los vecinos hacia el quilombo le afecta en el trabajo: se dedica a pasear perros en el barrio y cuenta que perdió a una clienta que un día le ofreció llevarla a su casa y, al descubrir dónde vivía, nunca volvió a llamarla.
También les preocupa el futuro de las nuevas generaciones. María Eduarda y Luiz Eduardo, hijos del primogénito de Luiz, son excluidos de la vida social del barrio. En 2024, cuando tenían 15 y 12 años, se hicieron amigos de Manoel, un chico de un edificio situado a unos 100 metros, que se aventuró en bicicleta hasta el quilombo. Empezaron a jugar fútbol juntos y, a menudo, almorzaban en casa de Rosane, su madre. Pero la amistad se quebró cuando Manoel los invitó a la suya: los padres del chico recibieron a María Eduarda y Luiz Eduardo con frialdad al descubrir de dónde venían los nuevos amigos de su hijo. María Eduarda y Luiz Eduardo regresaron apagados a casa y Manoel no volvió a aparecer en el quilombo.
José Cláudio y Márcia piensan que, con ayuda de universitarios y de la Defensoría Pública, podrían abrir un diálogo con el vecindario para reconciliarse. «El racismo en Brasil lo sufrieron nuestros abuelos; nosotros también lo sufrimos, pero cada generación tiene distintas formas de defenderse», dice Márcia. «Luiz pertenece a una generación anterior que quiere resistir peleando; nosotros pensamos que tenemos que imaginar otras estrategias», añade, con un suspiro de cansancio, ansiosa por reencontrar, tras décadas de lucha, esa paz que un día llevó a su bisabuelo y a su abuelo a refugiarse en la ladera.
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Entre el olor de la feijoada y las percusiones de la samba, se cuenta la saga de la familia Pinto, habitantes de un quilombo —una comunidad de descendientes de esclavos en fuga— enclavado como oasis verde en la ladera de una de las zonas residenciales más opulentas del sur de Río de Janeiro. Es una historia de décadas de resistencia ante la presión del negocio inmobiliario, y un símbolo acabado de las tensiones racistas que corren por los subterráneos de la sociedad carioca.
Aquel día de 1929, cuando Manoel Jr. Pinto llegó a ese morro ubicado a 200 metros de un lago turquesa, sintió que un caballo le galopaba en el pecho. La leve neblina se fue disipando, dejando al descubierto la majestuosa masa verde donde tan solo un puñado de casitas construidas de barro y bambú desafiaban la densidad de la flora tropical de Río de Janeiro. El sitio coincidía con las pocas indicaciones que había conseguido sobre el lugar donde se encontraba el “quilombo” (la comunidad de esclavos en fuga) en el que se había refugiado décadas atrás su padre, un antiguo esclavo que había escapado de una hacienda cafetera.
Pero Manoel Jr. no esperaba encontrar a su padre. Hacía años que había perdido su rastro. Probablemente ya estaba muerto. Lo que realmente buscaba era aquello que la ladera le había regalado: la libertad. Si bien formaba parte de la primera generación de afrodescendientes libres, no lo era realmente. El 13 de mayo de 1888, la princesa Isabel, regente del Imperio de Brasil, un país que se había independizado de la Corona portuguesa desde 1822, abolió finalmente la esclavitud. Pero, por falta de una reforma agraria, los millones de esclavos libertos y sus descendientes fueron abandonados a su suerte, sin acceso a la tierra, a una vivienda digna ni a un empleo decente. Muchos regresaron al África con la esperanza de reencontrar la vida que les habían arrebatado. Quienes se quedaron en Brasil terminaron sembrando y cosechando caña de azúcar, café, algodón y tabaco, en las mismas tierras donde habían sido oprimidos durante siglos.
Manoel Jr. había trabajado durante años como jornalero agrícola en la sierra de Nova Friburgo, en el interior del estado de Río de Janeiro. Se sentía exhausto. Pasaba los días deambulando de hacienda en hacienda, buscando trabajo para que su esposa, Doña Eva Manoela da Cruz, y sus cinco hijos pequeños —Eduardo, Sebastião, Édimo, Maria Bernardina y João— no pasaran hambre. Manoel Jr. los miraba, tan pequeños y llenos de vida. No estaba dispuesto a condenarlos a la miseria, de modo que decidió, en 1929, partir rumbo al morro donde su padre se había refugiado, con la esperanza de que ese lugar le trajera la misma suerte. La ciudad de Río de Janeiro estaba creciendo y atrayendo a personas del campo que, como él, buscaban un futuro mejor.
Dejó atrás a Doña Eva y a los niños. Era más prudente que se quedaran en Nova Friburgo hasta que él encontrara primero un empleo, un techo, algo de estabilidad. Manoel Jr. prometió que los visitaría cuantas veces pudiera. Si las cosas salían bien, los llevaría con él más adelante. Besó a sus cinco hijos uno por uno, abrazó a su mujer y partió solo, rumbo a la ladera salvadora.
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Encontrar trabajo no fue difícil. Las tierras pertenecían a la poderosa familia Darke de Mattos, de origen alemán, que había hecho fortuna como propietaria de la empresa fabricante de chocolates Bhering y del famoso Café Globo. La hermana del dueño de la empresa, Astréia Darke de Mattos, una viuda, buscaba un empleado de confianza y versátil que pudiera cuidar su terreno, limpiar su mansión y trabajar como jardinero.
No dudó en dar una oportunidad a Manoel Jr. Era callado, dispuesto a trabajar día y noche. Sabía cuidar plantas y animales, y su bigote fino le daba una apariencia seria que inspiraba confianza. Astréia Darke de Mattos le permitió construir un pequeño barracón al comienzo de la subida del morro para que tuviera donde vivir. Entusiasmado, Manoel Jr. plantó árboles de yaca (una fruta gigantesca de pulpa amarilla y fibrosa y de cáscara verde y dura), cocoteros y bananeras para que su familia pudiera alimentarse de ellas cuando llegara.
Pero fue tan solo 10 años después, cuando la viuda le encargó una nueva tarea, que Manoel Jr. decidió finalmente traer a su familia. En 1939, Astréia Darke de Mattos le pidió que abriera una calle sobre el morro, a unos 100 metros de su barracón. Río de Janeiro estaba experimentando una rápida expansión urbana debido a la falta de espacio en la ciudad. La familia Darke de Mattos, que tenía olfato para los negocios, decidió fundar una inmobiliaria para urbanizar la ladera, cuya proximidad al lago y cuya vista espectacular del Cristo Redentor, inaugurado en 1931, seguramente atraería a constructoras deseosas de levantar grandes edificios.
Pronto comenzaron a llegar obreros, en su mayoría del noroeste del país, para abrir otras calles. Entusiasmado por el dinamismo creciente de la zona, Manoel Jr. pensó que no faltarían oportunidades de trabajo para su esposa e hijos. Además, el 19 de diciembre de 1934 había nacido su sexta hija, Maria Laudellina, a quien le decían Neném. No quería perderse su infancia. Pero lo que nunca imaginó fue que, en realidad, estaba pavimentando el camino hacia su propio infierno.

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Tras su llegada a la ladera, la familia Pinto no conoció descanso. Salvo João y Neném, demasiado pequeños aún para trabajar, todos se pusieron manos a la obra para acondicionar el terreno. Édimo, apodado “Mosquito”, aficionado a la albañilería, construyó unas escaleras de cemento, de peldaños bajos, para abrir paso entre la vegetación densa, surcada por un riachuelo, hasta la pequeña casa de barro y con ventanas diminutas que había levantado Manoel Jr.
Junto a la vivienda pusieron también una chimenea de ladrillos para que doña Eva preparara las quentinhas, almuerzos caseros que luego vendía, con la ayuda de Eduardo, Sebastião y Maria Bernardina, a la multitud de albañiles que abrían calles bajo el sol abrasador. La familia Pinto se ganó pronto el cariño del vecindario, que empezó a llamarla, con afecto, “la familia Sacopã”, por el nombre de la calle que Manoel Jr. había pavimentado. Doña Eva, curandera y partera, también era conocida como “la abuelita del ombligo” por los muchos niños a los que ayudó a nacer.
A los Pinto no les faltaba nada. Bebían el agua que brotaba de la tierra oscura, canalizada con troncos huecos de bambú hasta un barril de roble donde la almacenaban. Comían frutas y verduras de la huerta que Manoel Jr. y doña Eva habían cultivado, y criaban cerdos y gallinas. En medio de aquella vida que parecía ir encontrando su cauce, doña Eva y Manoel Jr. tuvieron dos hijos más: primero Antonio, nacido en 1935, y luego Luiz, el 13 de diciembre de 1941.
Luiz salió más rebelde que los otros. Era protestón y travieso, pero también divertido y sociable. Le encantaba jugar al fútbol con los niños de las casitas vecinas, siempre cuidándose de no pisar alguna culebra escondida entre las piedras. También disfrutaba de cantar con su hermana Neném, que soñaba con convertirse en estrella. Tenía talento. Su voz cristalina dejaba a todos en silencio cuando entonaba el Ave María en la iglesia de Santa Margarida, a 10 minutos a pie desde su barracón. También deslumbraba en las fiestas familiares cuando cantaba sambas heredadas de sus antepasados: muchos esclavos solían tocar samba en círculo, con tambores y cantos, como una forma de respiro. Para los Pinto, la música era también una manera de contar el mundo. Como Manoel Jr y Doña Eva eran analfabetos, transformaban los acontecimientos de la época en canción para transmitirlos a sus hijos.
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La paz de los Pinto no duró mucho. A partir de los años 60, la alcaldía de Río de Janeiro lanzó una política para “higienizar” la ciudad, alarmada por el crecimiento desordenado de viviendas informales de obreros que fueron instalándose en Río para trabajar en las obras de urbanización. En realidad, lo que se buscaba era alejar a los negros pobres de zonas de interés para las inmobiliarias.
Las remociones eran rápidas y violentas. Llegaba una orden de desalojo y, 15 días después, aparecían unos 50 funcionarios acompañados por policías, empleados del servicio de saneamiento, y tractores. Ataban una cuerda al techo de una casa y la arrastraban hasta reducirla a escombros. Días más tarde, las familias eran reubicadas en viviendas alejadas del centro. Para 1973, más de 175 000 personas habían sido removidas de diversas favelas de Río de Janeiro.
El 13 de abril de 1975 llegó el turno de la ladera donde vivía la familia Pinto. Para entonces, allí residían unas 120 personas, que fueron trasladadas a Inhoaíba, un barrio en la zona oeste de Río. Pero la familia Pinto se resistió a salir. Manoel Jr. explicó que la señora Astréia Darke de Mattos le había dado permiso para vivir allí con su familia. También que tenía conexiones con personas importantes. Doña Eva había conseguido trabajo como empleada doméstica para personas influyentes, como el gobernador del entonces estado de Guanabara —un estado brasileño que existió entre 1960 y 1975 y estaba formado solo por la ciudad de Río de Janeiro—, Antônio de Pádua Chagas Freitas, un político conservador, de gruesas gafas y mirada severa, que vivía cerca de allí.
Mientras las demás viviendas caían una a una, como fichas de dominó, los agentes de la prefectura hicieron una excepción con la familia Pinto. Y así fue como se convirtieron en los últimos quilombolas —como se llama a los descendientes de esclavos fugitivos— en resistir en la zona sur y opulenta de Río de Janeiro.
Pero los Pinto sabían que aquella protección de la que se habían beneficiado no duraría para siempre. Astréia Darke estaba envejeciendo. Temían que la próxima vez que recibieran una orden de desalojo no tendrían cómo defender su derecho a permanecer allí. Era una cuestión de tiempo.
Tampoco tendrían fuerzas. Manoel Jr. se había convertido en un viejo solitario, que pasaba los días hojeando una Biblia, preguntándose qué significaban todas esas letras diminutas que no lograba descifrar. Y doña Eva era ya una abuela impaciente, cuyo único interés era disciplinar a sus nietos y bendecirlos con hierbas santas. Todos se habían rendido al destino que parecía inevitable. Todos, menos Luiz.
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Cuando removieron a los habitantes del morro, Luiz tenía 34 años, y la rebeldía que doña Eva esperaba que fuera pasajera no había hecho más que acentuarse. Le gustaba vestir camisas amplias, llevar trenzas y gorros de crochet en amarillo, verde y negro, como los cantantes de reggae. Trabajaba como chofer y, en su tiempo libre, componía sambas junto a Neném. Le encantaban las fiestas, la cerveza y los cantantes de izquierda que resistían a la dictadura militar.
Luiz no quería irse de la ladera. Amaba la paz del lugar: el murmullo del agua del riachuelo deslizándose por la pendiente, el canto de los pájaros, la humedad de las plantas después de la lluvia. Se había casado con Albertina, la hermana de un amigo de infancia con quien había estudiado en la escuela, a la que le decían “Tina”, y soñaba con criar a sus hijos y a sus nietos en el mismo lugar en el que había nacido. Con el crecimiento de la familia, añadieron un piso a la casita de Manoel Jr. y, a su lado, construyeron un barracón de dos plantas. Neném levantó otra vivienda a unos 20 metros más arriba, en el morro. Pero Luiz sabía que, para poder criar allí a sus descendientes, necesitaba obtener un título de propiedad. Sin ese documento, él y su familia estarían perdidos.
Tras la remoción de sus vecinos, Luiz se inscribió en las clases nocturnas de la Facultad de Derecho Cândido Mendes, en el centro de Río, en busca de una vía legal para defender el derecho a la tierra de su familia. Trabajaba manejando ambulancias y aprovechaba los huecos entre emergencias para asistir a clases: si surgía un accidente, lo llamaban, él salía corriendo, atendía a muertos y heridos, y volvía como si nada.
Una noche, en la biblioteca de la facultad, mientras hojeaba el Código Civil, descubrió el artículo 183: una ley que establece el derecho a la usucapión urbana. Esta otorga a toda persona que ocupe, de forma pacífica, continua y sin oposición, un terreno urbano durante al menos cinco años, la posibilidad de solicitar su titularidad legal. La familia Pinto llevaba más de 40 años viviendo en la ladera. Luiz pensó que sería fácil.
El 15 de agosto de 1975, tres meses después de la remoción de sus vecinos, presentó la solicitud de usucapión a nombre de sus padres ante la Vara de Registros Públicos de Río de Janeiro. El documento reclamaba el derecho de propiedad sobre un terreno de 32 300 metros cuadrados. Tenía seis páginas mecanografiadas y ocho pruebas que demostraban su residencia desde, por lo menos, los años 50. Entre ellas, una factura de una radio que doña Eva había comprado en 1952; boletas amarillentas de gas y luz de 1951 de la antigua Société Anonyme du Gaz de Rio de Janeiro; registros de salud y credenciales electorales a nombre de sus hermanos, de 1953.
Pero para un descendiente de esclavos las cosas no eran tan sencillas.
Entre peritajes, burocracia e idas y vueltas legales, Luiz sabía que el proceso demoraría décadas. Mientras él y su familia esperaban pacientemente la decisión de la justicia, intentando llevar una vida tranquila, la transformación de la ladera se aceleró. Las constructoras enviaron tractores para devastar la vegetación, aplanar los terrenos y elevar edificios de lujo.

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Hoy, la ladera a la que llegó Manoel Jr. se llama Lagoa y apenas conserva rastros de lo que fue. La calle empedrada por Manoel Jr., Sacopã, que nace en una avenida y serpentea por el barrio, está flanqueada por edificios de cinco, 10 y hasta 15 pisos, con balcones de mármol y vistas al lago turquesa, que da nombre a la zona, y a la estatua del Cristo Redentor. Muchos edificios llevan nombres de ciudades europeas, como Fontana di Trevi; de estaciones de esquí suizas, como Crans Montana; o de autores célebres, como Saint-Exupéry, y están habitados por actores de telenovela y políticos influyentes.
Están blindados por cercas y tienen entradas imponentes, custodiadas por guardias uniformados que pasan el día mirando las cámaras de seguridad con cara de aburridos. El movimiento en la zona es escaso. A diferencia de otros barrios de Río de Janeiro, siempre bulliciosos y concurridos, Lagoa es muy tranquilo. Solo se ven algunas personas en ropa deportiva que suben la empinada calle para ejercitarse, o que pasean perros diminutos de ladrido agudo. De vez en cuando, un repartidor de iFood pedalea en una bicicleta precaria para llevar comida a algún residente de esos mastodontes lujosos.
Muchas de las palmeras y de los arbustos tropicales han desaparecido. En la calle Sacopã, tan solo sobrevivieron pequeños reductos de vegetación confinados en macetas para decorar los balcones o las aceras. Muchas plantas rebeldes han logrado agrietar el contenedor, trepando por los muros y enredándose en los cables eléctricos.
En medio de ese paisaje, el quilombo emerge como un oasis verde: es como un parque sitiado por edificios enormes que parecen querer devorarlo. Cualquiera puede entrar. Su acceso está delimitado apenas por una reja que permanece siempre abierta y que da paso a un estacionamiento con piso de tierra. Al fondo se encuentran las escaleras que construyó Édimo, que se pierden entre la flora tropical.
Al subirlas para llegar al patio central del quilombo —una especie de salón abierto con piso de piedra, cubierto por un frágil techo metálico sostenido por vigas de madera y atravesado por dos árboles grandes—, el visitante siente que se interna en un mundo desaparecido. La vegetación densa regala sombra y frescor. Los tobillos empiezan a picar, atacados por mosquitos. Aparecen grandes hormigas que avanzan en fila sobre los troncos, y lagartijas que se escabullen entre la maleza. Es como si toda la fauna expulsada por la urbanización hubiera encontrado allí su último refugio. Incluso el olor cambia: se respira un aroma fermentado, causado por las papayas que se pudren sobre la tierra negra.
El quilombo es, en cierto modo, un tesoro: el último rincón virgen de Lagoa, aún sin construir. Un rincón que vale oro. Lagoa tiene el tercer metro cuadrado más caro de Río de Janeiro, con un valor cercano a los 3 000 dólares. Si se toma en cuenta el precio medio de la zona, el terreno donde resiste la familia Pinto podría venderse por 69 millones de dólares.
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El retorno a la democracia en Brasil, en 1985, tras 21 años de dictadura militar, abrió una esperanza de mejora para la población afrodescendiente del país. Con la convocatoria de la Asamblea Nacional Constituyente por parte del gobierno de José Sarney (1985-1990), el movimiento negro se organizó para asegurar que su derecho a la tierra, históricamente ignorado, quedara inscripto en la nueva Constitución Federal de 1988. Conocida como la “Constitución Ciudadana”, esta reconoció finalmente a Brasil como una nación multicultural y, en su artículo 68, estableció que el Estado debía otorgar la titularidad de las tierras ocupadas por los quilombos, como forma de reparación histórica por la esclavitud.
Pero Luiz no tenía mucha fe en ese nuevo derecho. Para hacerlo valer, primero era necesario atravesar un trámite complejo y burocrático de modo que la comunidad fuera reconocida como quilombo. Tendría que demostrar que él y su familia descendían de personas esclavizadas y que mantenían un vínculo ancestral con el territorio que habitaban. ¿Cómo probar que el abuelo de Luiz se había refugiado en la ladera cuando aún era esclavo?
Muchos archivos de aquella época fueron destruidos. Dos años después de la abolición de la esclavitud, en diciembre de 1890, el entonces ministro de Hacienda, Rui Barbosa, ordenó la incineración de registros del Imperio brasileño vinculados a la población esclavizada. Los historiadores creen que probablemente buscaba impedir que los antiguos propietarios de esclavos reclamaran indemnizaciones al Estado por la pérdida de “sus bienes”.
Además, como muchos esclavos eran analfabetos, tampoco dejaron rastros escritos. Y Dona Eva y Manoel Jr. se negaban a hablar de lo poco que sus padres les habían transmitido sobre el sufrimiento que habían padecido. No querían que los relatos amargos de aquella época sembraran en sus hijos odio hacia su color de piel ni dudas sobre su igualdad con los blancos. Querían que pudieran reconstruir la historia familiar lejos del tormento del pasado.
De todos modos, como el proceso de usucapión se demoraba, Luiz inició en 1999 el trámite para el reconocimiento de su terreno como quilombo amparado en el artículo 68 de la nueva Constitución, y abrió las puertas de la comunidad, en la ladera, a varios antropólogos de la Universidad Federal Fluminense de Río de Janeiro, con la esperanza de desentrañar los misterios del pasado familiar. Luiz nunca pensó que llegaría a conseguirlo, pero no perdía nada con intentarlo.
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En 2002, 27 años después de la solicitud de usucapión presentada por Luiz, la justicia finalmente tomó una decisión. Y era favorable. La Vara de Registros Públicos había accedido a otorgarles el título de propiedad del terreno en primera instancia. Pero los Pinto no pudieron celebrar por mucho tiempo. Una inmobiliaria llamada Higienópolis impugnó la decisión judicial, alegando ser heredera de la Inmobiliaria Darke, perteneciente a la misma familia que había permitido a Manoel Jr. instalarse en el terreno y a la cual él había servido fielmente durante décadas, hasta jubilarse. Astréia Darke de Mattos ya no estaba allí para testificarlo: había fallecido en 1993, a los 90 años.
Luiz sabía que las facturas y boletas de gas y de luz no bastarían para enfrentar a la inmobiliaria. Necesitaba ayuda legal especializada. Luiz no dudó un segundo en llamar al mejor. Humberto Adami, también afrodescendiente, ha dedicado su vida a combatir el racismo en Brasil. Es un hombre impaciente y cascarrabias que ha llevado decenas de casos relacionados con los 8 441 quilombos existentes en el país. Esa vasta experiencia le ha dado una intuición casi felina.
«Cuando tomé el caso, enseguida supe que algo olía a podrido», dice, mientras bebe una gaseosa en un quiosco frente a la playa de Copacabana, a una cuadra de su casa. Lleva una camisa rosada y sandalias de cuero, su atuendo de días de descanso. Es miércoles 19 de junio de 2025, feriado de Corpus Christi. El único momento libre en su apretada agenda. Llegó a la hora que había anunciado: a las 16:30 en punto. No tiene mucho tiempo, así que va directo al grano.
«Higienópolis es un fraude», asegura. Está convencido de que la inmobiliaria fue creada, con la intención de desalojar el quilombo, con la complicidad del vecindario. Según él, hay varios indicios clave de lo que considera una farsa: la empresa fue creada poco tiempo antes de la decisión judicial; no se encontró ningún Registro General de Inmuebles a nombre de la inmobiliaria en la notaría. Además, hay un detalle que parece una curiosa coincidencia: el juez que tomó la causa, Roberto Wider, vivía en uno de los edificios vecinos al quilombo, construido justo sobre los terrenos que la familia Pinto reclamaba como propios, y tenía fama de ser corrupto.
Para probar su hipótesis, Humberto Adami dedicó innumerables noches de insomnio a trabajar bajo la luz de una vieja lámpara verde en su despacho, Adami e Associados, en el piso 208 de un gran edificio moderno en el centro de Río. Pero el trabajo cada vez era mayor. Pronto, otras inmobiliarias, condominios y constructoras del barrio se sumaron a la causa de Higienópolis —cuyos representantes no respondieron a los múltiples pedidos de entrevista enviados por correo electrónico— para sostener que ese terreno no pertenecía a los Pinto. Humberto Adami llegó a acumular 42 expedientes sobre su escritorio. El trabajo lo desbordaba, y los fondos que consiguió de la Fundación Ford para financiar su labor voluntaria en favor de los Pinto —que no tenían recursos para pagarle— se quedaron cortos. «¡Este caso casi quiebra mi firma!», gruñe. Necesitaba ayuda extra. Así que, a regañadientes, organizó una colecta de fondos para contratar a un pasante.

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En los años 80, la familia Pinto atravesó dificultades financieras. El barrio ya estaba construido, los obreros se habían ido y el negocio de las quentinhas dejó de ser rentable. Luiz y Édimo abrieron un punto de taxi en el estacionamiento del terreno, pero no alcanzaba para cubrir unos gastos cada vez mayores. Como sus hermanos, él también había tenido hijos: Luiz y Marcio. Hoy, 37 miembros de la familia Pinto viven en la ladera, repartidos en nueve barracones.
Fue entonces cuando Neném decidió que había llegado el momento de perseguir su sueño de convertirse en estrella. Para aumentar los ingresos, organizaría una roda de samba una vez por mes, en la que cantaría y vendería feijoada, un plato típico de Brasil preparado con frijoles negros y restos de cerdo. Puso todo su empeño en que la idea saliera a la perfección.
En enero de 1984, con ayuda de toda la familia, retiraron 30 toneladas de tierra para levantar un patio central en el quilombo, al que llamaron “terreiro”, que se convertiría en el escenario de las rodas de samba.
Su hijo mayor, José Cláudio, un chico alto y flaco, y de piel más clara que su madre, que había sido invitado a jugar fútbol en el Flamengo, renunció a su carrera deportiva para ayudar a Neném. La acompañaba hasta el mercado de San Pedro, en Niterói, una ciudad a una hora de distancia, a la que se llega cruzando un puente gigantesco o en barco, para buscar la mejor carne de cerdo. Dejaban la carne en sal desde el día anterior, para quitarle el exceso de grasa. Luego, Neném la cocinaba durante horas en una chimenea exterior de leña, que le daba un toque ahumado especial, antes de mezclarla con frijoles negros, ajo, cilantro y sal. Al final, removía la mezcla lentamente en viejas ollas de hierro, con una paciencia que parecía de santa.
Neném construyó un pequeño altar tallado en piedra, donde colocó la imagen de la esclava Anastácia, símbolo de la resistencia, y le rezó para que todo saliera bien. Las plegarias fueron escuchadas. Poco a poco, la samba de la calle Sacopã se convirtió en una fiebre entre famosos, artistas, jóvenes alternativos e intelectuales del sur de Río de Janeiro, y llegó a recibir hasta 400 personas.
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Este sábado 14 de junio de 2025, a las cinco de la tarde, ya hay unas 30 personas en “el terreiro”, que permanece casi intacto, tal como lo levantó la familia. Siguen allí la misma chimenea de leña donde cocinaba doña Eva, el piso de piedra y el techo metálico. Lo único que cambió fue la pared del fondo del patio, donde ahora aparecen pintados Luiz, con sus gorros de crochet en amarillo, verde y negro, y Tia Neném.
La feijoada, el arroz y la col se sirven en recipientes metálicos, sobre una mesa frente a la chimenea, para que cada invitado pueda repetir a gusto y comer sentado en las mesitas de plástico. El ambiente es muy distendido. Un grupo de amigos, vestidos con ropa colorida, se ríe a carcajadas frente a sus platos vacíos, donde apenas quedan cáscaras de naranja. También hay un inglés cuarentón, con camiseta roja del Chelsea, bebiendo una cerveza fría en un pequeño vaso —de los llamados “copos americanos”— mientras acaricia a su perrita. Cerca, una pareja de señoras sexagenarias, con aire intelectual, conversa animadamente mientras bebe Coca-Cola.
Los músicos ensayan sentados en círculo alrededor de una mesa ovalada, cubierta con un mantel. Hacen pruebas de sonido, afinan los instrumentos y palmean las percusiones. El repertorio es siempre el mismo: clásicos del samba de los años 70 y 80, con nombres como Velha Guarda da Mangueira, Zeca Pagodinho y Beth Carvalho.
Por allí han pasado muchos artistas famosos: Regina Casé, Zezé Motta, Caetano Veloso, Tim Maia y el futbolista Sócrates, que adoraba las caipirinhas que preparaba José Cláudio. Pero no importa cuán célebre sea el invitado: a las 22:00 en punto, todo se detiene. La ley prohíbe hacer ruido en zonas residenciales después de esa hora. Los músicos guardan sus instrumentos y, en cuestión de minutos, los invitados descienden por la pequeña escalera hasta el portón del quilombo.
Luiz siempre advierte: «No se puede pasar ni un minuto más. Si no, los vecinos ricachones llaman a la policía».
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Las rodas de samba de la familia Pinto incomodan a gran parte del vecindario. Un productor audiovisual de cabello engominado, que vive en el penthouse con piscina de un edificio vecino al quilombo, dice que no las soporta. «Las sambas convierten el barrio en un caos», cuenta el 30 de junio de 2025 desde la sala de su apartamento, cubierta por una alfombra inmensa y perfumada con olor a limpiador, mientras una empleada doméstica, con un gorro parecido al que usan los cirujanos, barre la casa. Según él, los autos de los asistentes a las fiestas se amontonan en la calle empedrada y angosta de Sacopã, bloqueando el paso de los residentes, y el ruido impide que su hijo, de 17 años, pueda estudiar. «Tenemos que prender el aire acondicionado para que no se escuche tanto la bulla», dice.
Prefiere hablar de forma anónima por miedo a que los Pinto lo acusen de “racismo”, palabra que, asegura, la familia usa como escudo para descalificar cualquier reclamo de los vecinos. Al igual que otros residentes, sospecha que no descienden de esclavos fugitivos, sino que “inventaron esa historia” para evitar un desalojo y esquivar las reglas del barrio. «No tienen permiso para comercializar feijoada ni para hacer fiestas; sus infraestructuras son muy precarias», asegura, y teme que las casitas de los Pinto se derrumben con la lluvia carioca.
Pero lo que más lo inquieta es que lleguen nuevos miembros a la familia, y que, poco a poco, «el lugar termine por convertirse en una favela», dice. Él y su esposa colocaron dos sillas de madera frente a la enorme ventana de su apartamento, que les permiten vigilar el estacionamiento del quilombo. Si advierten un movimiento sospechoso, o el menor indicio de una construcción nueva, no dudan en avisar a Amofonte, la asociación de residentes de Lagoa, que ha presentado más de 20 denuncias contra el quilombo por construcción irregular, tala ilegal de árboles, ruido excesivo y uso indebido del estacionamiento. Pese a los numerosos correos, los mensajes en redes sociales y hasta las cartas entregadas en la sede de la asociación y a su abogado para solicitar una entrevista, no hubo respuesta.
En una de sus últimas declaraciones a la prensa, en una nota enviada al diario O Globo, el 1 de mayo de 2018, la asociación sostuvo que el sonido de las sambas «se propaga por varias cuadras» de Lagoa y que «llueven las quejas de los residentes del barrio». También alegó que los eventos «no tienen el menor sentido» ya que «nada de eso [las sambas] caracteriza la cultura quilombola». Esa «música se puede escuchar en un aparato o en una sala de espectáculos», aseguró Amofonte, defendiendo que su oposición a los eventos organizados por los Sacopã «no se trata de prejuicio, sino de sentido común y de entender el entorno en el que uno está situado».
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La hostilidad del vecindario ha vuelto pesada la atmósfera para la familia Pinto. En varias ocasiones, las denuncias desembocaron en multas, prohibiciones temporales de la samba y la feijoada, e incluso en el cierre con candado del portón y la vigilancia policial durante meses. Despiertan cada día sin saber qué nueva denuncia aparecerá en el buzón. Se sienten permanentemente amenazados y poco bienvenidos en el barrio, como si fueran extraterrestres en el lugar donde nacieron y crecieron.
Un vecino de un lujoso condominio incluso intentó sobornar a Tía Neném para que saliera del terreno. «Me llamó con un paquete de dinero; yo ni siquiera lo toqué. Él dijo que allí había 27 000 reales» (cerca de 5 200 dólares), cuenta ella en un diario que conserva su hijo José Cláudio. Lo más humillante fue la sorpresa que provocó su rechazo al vecino: el hombre nunca imaginó que se negara a aceptar ese dinero. «Su esposa me miró de arriba abajo: llevaba unas zapatillas viejas y un vestido remendado. La mujer puso una cara de repulsión y me dijo: ‘¿Cómo puede no aceptar una oferta así?’», se lee en el diario de Tía Nenem.
Con el paso de los años, esa presión se volvió insoportable para ella. Hasta que el 2 de marzo de 2006, a los 72 años, no aguanto más. Se encontró con la esposa del juez que llevaba uno de los múltiples juicios contra el quilombo en la iglesia donde cantaba. La mujer llamó a su marido por teléfono y le pasó el aparato a Neném. El juez le dijo que Luiz era “descarado” y “abusivo”, y prometió desalojar el lugar en 15 días. No era legal, pero Neném, que no tenía los conocimientos jurídicos de Luiz, le creyó. Esa misma noche sufrió un infarto. Luiz la encontró fría al día siguiente y se desmayó del susto.

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¿Tanto sacrificio valía la pena? Luiz ya no estaba seguro. La causa judicial contra Higienópolis no avanzaba, y tampoco el proceso de titularización del quilobo mediante el artículo 68 de la Constitución. El olfato de Humberto Adami respecto del juez Roberto Wider que dictó la sentencia a favor de la inmobiliaria no había fallado: en 2012, el Consejo Nacional de Justicia lo sancionó con jubilación obligatoria, la pena máxima en un proceso disciplinario, por haber nombrado irregularmente para dirigir registros notariales de Río a dos abogados sin concurso público.
Pero nada de eso cambió el rumbo del caso. A Luiz le costaba cada vez más salir a la calle y enfrentarse a un vecindario que lo miraba de reojo. «El racista cree que el negro no puede vivir en una zona noble», dice. «A veces estoy ahí abajo lavando mi coche, y la gente llega y dice que quiere hablar con mi patrón solo porque soy negro».
Luiz temía morir sin ver el desenlace de su batalla. Se estaba haciendo viejo. Le diagnosticaron diabetes e hipertensión. Tenía los tobillos hinchados y caminaba con lentitud. Además, el contexto político también se había vuelto más hostil: el impeachment de Dilma Rousseff en 2016 abrió el camino al ascenso de la derecha en Brasil y, en 2018, fue electo presidente Jair Bolsonaro, un militar de extrema derecha, abiertamente hostil a los quilombos. Durante su campaña llegó a comparar a los quilombolas con animales que “no hacen nada”.
El 18 de abril de 2020 murió Hugo, nieto de Luiz y uno de sus mayores aliados: un joven carismático y generoso en quien Luiz veía su propio reflejo. Hugo era músico, rebelde y tan apasionado por el quilombo como él. Tenía apenas 25 años. Dos años después, el 3 de octubre de 2022, Márcio, padre de Hugo e hijo de Luiz, falleció a los 58 años a causa de problemas cardíacos. Sus familiares afirman que su corazón no logró sobreponerse al dolor provocado por la partida tan inesperada de Hugo, de quien ni siquiera pudo despedirse.
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Triste y abatido Luiz pasaba los días en silencio, sentado en una silla de plástico en el patio del quilombo, murmurando el rap que había compuesto con su nieto Hugo para que nadie se olvidara nunca de la historia del quilombo.
Mi tatarabuelo, que llegó antes de la abolición
En esta tierra se asentó, comenzó la evolución.
Aquí él sembró, aquí él cosechó, aquí él resistió.
Aquí murió.
Mi bisabuelo heredó su gran misión:
no dejar de rendir culto a nuestro arte y tradición,
de tocar nuestro tambor, de hacer nuestra oración.
Mi bisabuelo también murió,
pero mi abuelo heredó el don
y, como cantante y compositor, creó esta canción
y me la dio para que yo la cantara.
Yo soy la sexta generación,
soy quilombo, quilombola, soy Zumbi.
Soy lo que soy: aún resistencia. No quiero salir de aquí.
Soy la raza brasileña que todavía sufre humillación.
Pero soy la historia verdadera que construyó esta nación.
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Las elecciones presidenciales del 30 de octubre de 2022 le dieron la victoria a Luiz Inácio Lula da Silva que, como candidato del Partido de los Trabajadores, ya había sido presidente entre 2003 y 2010. Eso le devolvió el ánimo a Luiz. Apenas asumió el cargo, el 1 de enero de 2023, Lula nombró como ministra de Igualdad Racial a Anielle Franco, una joven afrodescendiente y hermana de Marielle Franco, la activista antirracista y defensora de los derechos LGBTQ asesinada en Río de Janeiro el 14 de marzo de 2018 por denunciar proyectos inmobiliarios clandestinos de las milicias que dominan barrios enteros de la ciudad.
Fue una potente señal del compromiso del nuevo gobierno con la lucha por los derechos de los afrodescendientes que desde la Constitución de 1988 no había avanzado demasiado: apenas 54 de las 1 802 comunidades que reivindican ser quilombos han obtenido la titulación de sus tierras, debido a la complejidad y lentitud del proceso. Hoy, solo el 4.3 % de los 1.3 millones de quilombolas brasileños vive en territorios formalizados. Según la ONG Terra de Direitos, si el Estado mantuviera el ritmo actual de regularización, serían necesarios 2 188 años para titular todos los territorios quilombolas.
Anielle Franco parecía dispuesta a acelerar el proceso.
El 23 de julio de 2024, la ministra aprovechó un viaje oficial a Río de Janeiro, adonde había acudido para una reunión del G20, para visitar por la tarde el quilombo de Luiz. El patriarca le contó la historia de su familia. Conmovida, ella le dijo:
—Voy a intentar contactar al presidente. Lo voy a llamar para que hables con él.
Intentó comunicarse varias veces, sin éxito. Hasta que, finalmente, Lula respondió. Anielle le pasó el teléfono a Luiz, y ambos intercambiaron unas breves palabras.
—Mira, estoy en tránsito —le dijo Lula con su voz ronca—. Puede que se corte la llamada en cualquier momento. Estoy dentro de un automóvil, pero aquí estoy. Ahora vienen las elecciones municipales, así que voy a tener que pasar por Río. A ver si logro conocer ese quilombo… a ver si me doy una vueltita. Ponte en contacto con Anielle. Mira, ahora estoy por entrar a un túnel…
Antes de que se interrumpiera la llamada, Luiz apenas tuvo tiempo de agradecer:
—Muchas gracias. Es un placer enorme. Lo espero ansiosamente.
Lula no volvió a comunicarse, pero cuatro meses después de la visita de Anielle Franco, el 29 de noviembre, mientras escribía una letra de samba para el carnaval, Luiz recibió otra llamada. Esta vez era Gustavo Noronha, funcionario del Instituto Nacional de Colonización y Reforma Agraria (Incra), responsable de regularizar la propiedad de la tierra en Brasil. Le dijo:
—El documento para titularizar tu tierra está sobre la mesa del presidente, listo para ser firmado. Cuando lo firme, te llamo.
Lula había decidido firmar un decreto que declaraba 15 quilombos de “interés social, cultural e histórico”. Es decir, un decreto que permitiría al Incra iniciar un proceso de regularización del quilombo y garantizaría que el área no pudiera ser vendida. Entre los territorios seleccionados estaba el de la familia Pinto.
—¿Es verdad? —preguntó Luiz, echándose a llorar.
A los pocos minutos, Noronha lo volvió a llamar:
—Lula acaba de firmar el decreto.
Luiz no podía sentirse más orgulloso. Lo había logrado. Había sido una batalla larga. Ahora tenía 82 años, pero todo había valido la pena. Aunque la obtención del título de tenencia de la tierra del quilombo todavía iba a tardar, solo era un proceso burocrático, y no corrían el riesgo de ser expulsados de su terreno.
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Tras el decreto de Lula, la presión arterial de Luiz se estabilizó. Pero Humberto Adami cree que la batalla está lejos de terminar. El terreno oficialmente registrado no es el mismo de antes. A medida que los nuevos edificios fueron comiéndose el territorio y reduciéndolo poco a poco, el Incra prevé regularizar un área mucho más pequeña —911 metros cuadrados— en comparación con los más de 32 300 metros cuadrados que había ocupado su abuelo. Los quilombolas tampoco pueden beber el agua que brota de la tierra como lo hacía Luiz de niño. El agua ya no está limpia: las nuevas construcciones contaminaron la zona.
Humberto Adami sostiene que el quilombo merece exigir compensación por esas pérdidas. «¡Los deberían indemnizar con millones!», dice. El miércoles 22 de abril de 2026, al mediodía, mientras toma un trago de cerveza en el mismo quiosco de Copacabana de siempre, cuenta que en una de sus noches de insomnio se le ocurrió una idea brillante para lograrlo: tras el reconocimiento del terreno de los Pinto como sitio de interés público, podría lograrse la anulación de la causa con Higienópolis, alegando la incompetencia del tribunal que la juzgó. «El caso fue tramitado por la Justicia estatal, pero los asuntos vinculados a quilombos como este debieron pasar a la Justicia federal», explica, convencido también de que la condena por corrupción contra el juez Roberto Wider podría ayudar a convencer a la justicia de desmontar la sentencia.
A Adami le brillan los ojos, cargados de insomnio y de ambición por un nuevo desafío. «Pero esas estrategias jurídicas dan mucho trabajo», dice. Y en el quilombo no hay ahora quien esté dispuesto a pelear. «Luiz está viejo, enfermo, y no preparó a otra generación para continuar esta lucha», lamenta. «Yo no puedo empezar un proceso y luego andar solo como un Don Quijote. Y en los procesos hay que pagar, gente».
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Varios familiares de Luiz están cansados de pelear. Nueve meses después de la decisión de declarar al quilombo de interés general, el 23 de mayo de 2025 llegó por correo una nueva denuncia de Amofonte, enviada al promotor de Justicia de Medio Ambiente del estado de Río de Janeiro por el volumen excesivo de la samba, medido con un sonómetro. Incluso adjuntaron fotos del quilombo tomadas con drones.
José Cláudio, el hijo de Neném, que ahora tiene 62 años y vive con su esposa y uno de sus dos hijos en la casa que construyó junto a Tia Neném, está dispuesto a bajar las armas, aunque eso moleste a Luiz. «Hoy tenemos un gran desencuentro en el quilombo. Eso me duele mucho», lamenta el sábado 6 de septiembre, mientras comparte con su prima Márcia, hija de Édimo y un año mayor que él, un pedazo de pastel de maíz en la mesa de la cocina. Desde allí se ve, en la pared de la sala, un enorme retrato de Tia Neném.
Ambos aseguran respetar mucho a su tío Luiz, pero creen que ha llegado el momento de poner fin a las sambas. «Hacer ruido solo alimenta una imagen negativa del quilombo», dice José Cláudio, que ha pasado por un largo tratamiento psicológico para sobrellevar las tensiones del barrio y la pérdida de su madre, con quien mantenía una relación muy cercana. A Márcia, el prejuicio de los vecinos hacia el quilombo le afecta en el trabajo: se dedica a pasear perros en el barrio y cuenta que perdió a una clienta que un día le ofreció llevarla a su casa y, al descubrir dónde vivía, nunca volvió a llamarla.
También les preocupa el futuro de las nuevas generaciones. María Eduarda y Luiz Eduardo, hijos del primogénito de Luiz, son excluidos de la vida social del barrio. En 2024, cuando tenían 15 y 12 años, se hicieron amigos de Manoel, un chico de un edificio situado a unos 100 metros, que se aventuró en bicicleta hasta el quilombo. Empezaron a jugar fútbol juntos y, a menudo, almorzaban en casa de Rosane, su madre. Pero la amistad se quebró cuando Manoel los invitó a la suya: los padres del chico recibieron a María Eduarda y Luiz Eduardo con frialdad al descubrir de dónde venían los nuevos amigos de su hijo. María Eduarda y Luiz Eduardo regresaron apagados a casa y Manoel no volvió a aparecer en el quilombo.
José Cláudio y Márcia piensan que, con ayuda de universitarios y de la Defensoría Pública, podrían abrir un diálogo con el vecindario para reconciliarse. «El racismo en Brasil lo sufrieron nuestros abuelos; nosotros también lo sufrimos, pero cada generación tiene distintas formas de defenderse», dice Márcia. «Luiz pertenece a una generación anterior que quiere resistir peleando; nosotros pensamos que tenemos que imaginar otras estrategias», añade, con un suspiro de cansancio, ansiosa por reencontrar, tras décadas de lucha, esa paz que un día llevó a su bisabuelo y a su abuelo a refugiarse en la ladera.
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