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La revolución de los tres acordes urgentes: los Ramones, año 50

La revolución de los tres acordes urgentes: los Ramones, año 50

Texto de
Fotografía de
Realización de
Ilustración de
Traducción de
16
.
10
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26
AAAA
Tiempo de Lectura: 00 min

Noticia que a pesar de ser muy vieja sigue doliendo: hace 30 años, los Ramones —protopunks, punks completos o más allá del punk, lo que ustedes prefieran— se separaron sin superar sus desavenencias. Noticia aún más vieja pero que sigue manteniendo la llama de este amor eterno: hace 50 años se publicó su primer disco. Un recuerdo para ellos.

One, two, three, four, gritado por el bajista. Después, bajo, guitarra y batería arrancan como si de golpe se abriera la compuerta de una presa. Y entonces entra la voz de Joey. Durante 22 años fue la fórmula mágica de los falsos hermanos Ramones. El punk antes del punk, podría decirse.

Una banda que cambió las reglas del juego, nacida en Nueva York, criada dentro del CBGB y que se hizo grande tocando cada vez más rápido. Mientras el rock parecía encaminarse hacia el progresivo, los Ramones construyeron una carrera con canciones que rara vez superaban los cuatro acordes. Fuera del callejón habitado por los Ramones, las producciones se volvían gigantescas, los solos instrumentales se alargaban y el negocio alcanzaba velocidad crucero. Ellos decidieron otra cosa.

Desde 1968, con Dylan y Baez, el rock y el folk se habían convertido en instrumentos contra la Guerra de Vietnam y a favor del movimiento de derechos civiles. Canciones como manifiestos, conciertos como asambleas, músicos como portavoces de una generación: declarar una postura política empezaba a convertirse en una convención.

Los Ramones rompieron con la idea de que el rock tenía que convertirse necesariamente en un manifiesto político. De todas formas, los integrantes no compartían una misma posición política o acaso vital: Joey era cercano a la izquierda, Johnny votaba republicano y Dee Dee pescaba las canciones de la calle, espacio de adicciones y obsesiones. Cantaban sobre adolescentes inadaptados, hospitales psiquiátricos, inhalar pegamento, prostitución, aburrimiento, amores imposibles y ganas de escapar. Hablaban de soledad, violencia y alienación sin proclamas, a través de la ironía y de canciones que duraban menos de dos minutos.

Por debajo del gran —pomposo— rock de los años setenta crecía una escena más inmediata y rabiosa. Los Stooges y Velvet Underground jugaban en una liga distinta a la de Pink Floyd y King Crimson. Los Sex Pistols y los Clash todavía no habían llegado. En Nueva York, alrededor del CBGB —un dive bar en el Bowery, una de las zonas más de rompe y rasga de la ciudad de entonces—, una generación aún desconocida mezclaba rock, garage y vanguardias. Television, Stilettos, Blondie, Talking Heads, Mink DeVille, Heartbreakers y, poco después, Dead Boys, Tuff Darts, Shirts, Fleshtones. Y los Ramones. Cuatro individuos de Queens con un apellido común inventado.

Así recordaba Dee Dee Ramone aquellos años: “Me juntaba con un montón de tipos con los que me drogaba. Joey Ramone no se drogaba. Lo había intentado, pero no podía controlar las drogas. Una vez lo vi fumar mariguana y después empezó a temblar, acurrucado en el piso en posición fetal, mientras gritaba: ‘¡Me estoy volviendo loco! ¡Me estoy volviendo loco!’. En aquella época Joey pintaba. ¡Trituraba zanahorias, lechuga, nabos y fresas para mezclarlos y usarlos como pintura! Sus cuadros no estaban mal, y además trataba de grabar cintas con toda clase de sonidos. Sus papás tenían un departamento en el piso 20. Una vez había una tormenta eléctrica y salió al balcón con un micrófono para grabar los truenos, ¡pero un rayo cayó sobre el micrófono y terminó quemándolo todo! Me hacía botar una pelota de basquetbol durante media hora para grabar el sonido. Después se pasaba un día entero escuchándolo, completamente ido. Joey y yo solíamos sentarnos en las escaleras de un banco en Queens Boulevard, con una botella de vino, mientras John se escabullía para inhalar un poco de pegamento”.

“Cuando entré al grupo yo era el baterista. En realidad no quería tocar la batería, porque antes de los Ramones cantaba en otra banda. Creo que fue Dee Dee quien quiso que entrara al grupo. Johnny me llamó un día. Nos conocíamos del barrio y pensé que estaría bien, salvo por el detalle de que tenía que tocar la batería”. Así narró Joey Ramone los inicios de la banda en una conversación con Tim Armstrong y Lars Frederiksen, de Rancid, en 1996, cuando los Ramones ya habían anunciado su despedida.

Familia por invención

Recapitulemos. Se trata casi de un asunto de generación espontánea. El 30 de marzo de 1974 los Ramones —cuatro sujetos que venían de Queens— se presentaron en el Performance Studio de Nueva York. Johnny tocó la guitarra, Dee Dee el bajo y canta; Joey, en la batería. Tommy, que al principio los acompaña como organizador y consejero, intentaba darle forma a aquel ruido.

“Yo quería cantar”, señalaba Joey cada que podía. “Tommy, que nunca en su vida había tocado la batería, al principio era productor. Había trabajado en los Electric Lady Studios de Jimi Hendrix, y nos asesoraba. Cuando entendimos que conmigo en la batería aquello no funcionaba, buscamos a alguien que simplemente pudiera llevar el ritmo. Pero en esa época todos querían lucirse. Así que Tommy se sentaba detrás de la batería para mostrarles a los demás cómo tenían que tocar, hasta que le pedimos que se convirtiera él en el baterista”. Joey pasó al micrófono, Tommy tomó las baquetas. La regla: eliminar todo lo que sobra.

Johnny había visto a los New York Dolls. Es decir, aprendió que, de preferencia, no había que ser un virtuoso. Su guitarra se convirtió en el motor de la banda: pocos acordes, ningún solo, un rasgueo continuo, casi mecánico. Es a Dee Dee al que se le ocurrió el apellido Ramone. Recordaba a Paul Ramon, el seudónimo que utilizó Paul McCartney antes de la explosión Beatle. ¿Qué nombres tenían antes del bautismo? Un dato insignificante, quizá. Pero dejémoslo por escrito: Douglas Colvin se convirtió en Dee Dee Ramone, John Cummings en Johnny Ramone, Jeffrey Hyman en Joey Ramone y Tamás Erdélyi en Tommy Ramone. Una familia inventada, cuatro personalidades del todo distintas.

Johnny Ramone tenía una idea muy precisa de cómo debía sonar el rock and roll. Entrevistado en 1983 por el periodista Steve Newton, contó: “Tratamos de tocar una música salvaje, divertida, agresiva”. Y cuando le preguntaron si los Ramones eran una banda punk, respondió: “Supongo que sí. Depende de lo que entiendas por punk. Para mí Elvis Presley era punk, y también los Rolling Stones, al principio, eran punk. Pero si hablas de una especie de moda, entonces no sabría decirte”.

La sencillez también era una manera de estar juntos. En 1996 Tim Armstrong, de Rancid, recapituló junto a Joey cómo se formó su propia banda. Dijo que simplemente conocía a Matt Freeman desde que tenían cinco años. Luego Lars se sumó al grupo. Brett Reed, skater y amigo, entró sin saber tocar la batería. “Ustedes estaban concentrados en las canciones, no en los músicos”, le dijo a Joey. “No se trataba de que el baterista o el guitarrista se lucieran. Nosotros pertenecemos a otra tradición”.

En 1988, durante una gira por Japón, el periodista Steve Harris entrevistó a Joey y le preguntó cómo había conseguido la banda construir un sonido tan reconocible. “Bueno, todas las bandas tratan de desarrollar un sonido distintivo, un sello propio, pero pocas lo consiguen. Ese es el objetivo más grande: tener un sonido que sea solamente tuyo. Ya se trate de los Beatles, Little Richard, Elvis Presley, los Rolling Stones, Led Zeppelin, los Ramones o los Who, ese es el logro más importante. La mayoría de las bandas termina imitando a alguien más (…) Basta pensar en cuántos grupos fueron influenciados por los Who, por ejemplo, o por los Stones. Pero cuando logras crear algo propio, es algo que simplemente sucede. Es cuestión de química. No es que puedas decir: ‘Ah, voy a tratar de crear un sonido que sea solamente mío’. Simplemente pasa. Claro, puedes decir: ‘Quiero escribir una canción como esta’, pero cuando se trata de crear un sonido, un sonido verdaderamente tuyo y reconocible, es algo que nace de manera espontánea”.

Volvamos a 1974, a Nueva York. “Cuando empezamos estábamos prácticamente solos, porque nadie tocaba como nosotros. Y era difícil. Siempre estás solo”, le contó Joey a Rancid. Armstrong reviró: “Los marginados. Ese es precisamente el verdadero espíritu de todo esto”. Joey prosiguió: “Sabíamos que teníamos algo que funcionaba. Pero pensábamos que éramos los únicos a quienes les gustaba. Era muy diferente de todo lo demás. Mucha gente no lo entendía. Cuando empezamos a tocar en el CBGB no había nadie. Creo que uno de nuestros primeros fans fue Alan Vega, de Suicide. Le dijo a Johnny que había esperado algo así durante toda su vida”.

El downtown de Manhattan estaba en crisis: desempleo, edificios abandonados, rentas bajas que, en contrapartida, dejaban espacio para los artistas. El CBGB, concebido por Hilly Kristal como espacio para el country, el bluegrass y el blues, tiene que albergar, en cambio, a Patti Smith, Blondie, Television y Talking Heads. Los Ramones llevaron canciones vertiginosas, herederas de los sencillos de los años sesenta.

“Creo que al principio no éramos lo suficientemente buenos para tocar las canciones de otros”, contó Joey a Rancid. “Así que empezamos a escribir las nuestras. Eso era lo bonito de los Ramones: habíamos empezado desde cero. No éramos músicos experimentados. Habíamos construido todo desde abajo”.

El 23 de abril de 1976 se publicó Ramones. Catorce canciones, menos de media hora de música, un costo de grabación de unos 6 400 dólares. “Blitzkrieg Bop”, “Beat on the Brat”, “Judy Is a Punk”, “Now I Wanna Sniff Some Glue”, “I Wanna Be Your Boyfriend”. La portada, fotografiada por Roberta Bayley, mostraba a los cuatro frente a una pared de ladrillos. Pantalones de mezclilla, chamarras de cuero, tenis, cabello largo. Una fotografía destinada a reproducirse millones de veces. El disco vendió poco, pero empezó a pasar de mano en mano entre personas que buscan otra manera de entender la música.

(Y esa tan particular manera de estar en el mundo y no sentir ni pizca de vergüenza por ello sigue teniendo defensores, de todo tipo y residencia. Es maravilloso que 50 años después, en México, los Chingadazo de Kung Fu digan cosas como: “Creemos que cuando haces una canción que habla de los sentimientos de los animales pierdes la esencia de querer solamente oler pegamento y perder el tiempo, que era exactamente de lo que cantaban los Ramones cuando empezaron con el punk rock”.)

En 1977 llegaron Leave Home y Rocket to Russia. En 1978, Road to Ruin. Las canciones se volvieron cada vez más conocidas, los conciertos cada vez más rápidos. “Sheena Is a Punk Rocker”, “Rockaway Beach”, “Teenage Lobotomy”, “I Wanna Be Sedated”. Tommy dejó la batería cansado de las giras, pero siguió trabajando con el grupo como productor. Llegó Marky Ramone, que traía consigo experiencias musicales diferentes. Las melodías se quedaban grabadas en la cabeza, la agresividad comenzó a convivir con la diversión.

En 1978 Devorah Ostrov los entrevistó para el fanzine Widows & Orphans. La pregunta ineludible: ¿se estaban volviendo más comerciales? “No vamos a cambiar para volvernos comerciales”, respondió Joey, quien fue aún más explícito cuando la conversación tocó los temas del éxito y el futuro de la banda. “El rock and roll habría muerto si se hubiera quedado inmutable”, sostuvo. ¿Y Johnny? Él no veía nada malo en hacerse famoso.

Joey era cercano a la cultura progresista; Johnny, un conservador de manual. Su convivencia también quedaba marcada por episodios personales dolorosos. Y, sin embargo, siguieron compartiendo escenario, hoteles y giras. “Los Ramones tuvieron que hacer sacrificios para mantenerse juntos todos estos años”, le diría años después Joey a Rancid. “Tienes que saber lo que tienes, amarlo de verdad, apreciar a tus fans. No fue fácil que nos aceptaran. En realidad nunca nos aceptaron por completo, y está bien así. Y tampoco fue fácil llevarnos bien. Con el tiempo las cosas entre Johnny y yo se volvieron tensas, después de una serie de... incidentes. No quiero hablar de eso. Pero tienes que valorar lo que tienes. Por eso seguimos adelante. Por lo menos yo seguí adelante. Johnny y yo, durante 22 años”.

En 1985 Joey escribió “Bonzo Goes to Bitburg”, después de ver por televisión a Ronald Reagan visitar un cementerio militar alemán en el que también estaban enterrados miembros de las SS. Una postura explícita en una banda dividida políticamente. A Steve Harris, Joey le explica que no se trataba de un cambio de rumbo: durante los primeros años habían elegido hablar de frustración y alienación, en lugar de reproducir el talante de las canciones en contra de la Guerra de Vietnam. Y no pasaba nada.

Eran irresistibles. Bruce Springsteen contó que había visto a los Ramones en Asbury Park y pensado en escribir una canción para ellos. Al regresar a casa compuso “Hungry Heart”, pero su mánager Jon Landau lo convenció de quedársela. Ser terminó convirtiendo en uno de sus mayores éxitos. Los Ramones, en cambio, siguen vendiendo mucho menos que el ejército de músicos que crecieron escuchándolos.

En 1989 Dee Dee abandonó el grupo. Las adicciones, las dificultades personales y los conflictos acumulados hacían imposible continuar. Llegó C.J. Ramone, mucho más joven que los demás. La banda encontró una nueva energía sobre el escenario, mientras Dee Dee siguió escribiendo canciones y persiguiendo proyectos personales. En su autobiografía Lobotomy, narró el lado más difícil de la historia de los Ramones: la vida de gira, la soledad, las drogas, las relaciones deterioradas, la sensación de haber quedado atrapado en una banda que él mismo había ayudado a inventar.

Cohete a Pantitlán, 1992

Aquella música no colonizó las listas de éxitos, pero cruzó océanos y fronteras. En México, David Rodríguez, El Conejo, fundador de los Yaps de San Bartolo Ameyalco, recuerda muy bien el día en que un amigo llegó al ensayo con un disco de los Ramones. Fue un descubrimiento que cambió su manera de entender la música. Mike, el cantante del grupo, sabía inglés y les traducía las canciones a los demás.

Rodríguez cuenta que encontró una fotografía de los Ramones en una revista musical, la recortó y la pegó en la portada de un cuaderno escolar. Él y sus compañeros intentaban vestirse como sus ídolos, tanto que sus compañeros de escuela señalaban la fotografía y les preguntaban si eran ellos. Los Yaps empezaron a tocar en fiestas de barrio, primero covers y después sus propias canciones. Tras el festival de Avándaro de 1971, entre la represión del Estado y la falta de espacios, el rock mexicano se refugiaba todavía en las fiestas de barrio y los locales improvisados. Los Ramones eran la demostración viva de que para formar una banda era necesario muy poco.

Acidez, banda punk mexicana nacida a principios de los dos mil, sigue reivindicando esa misma idea de la música: “Nosotros seguimos fieles a nuestras letras. Siempre nos ha valido madre lo que los demás piensen de nosotros. El punk rock nació para ser sencillo, rápido y accesible para cualquiera. Hay quienes buscan el virtuosismo; nosotros buscamos la honestidad de los tres acordes que nos enseñaron los Ramones”.

El 23 de junio de 1989 los Ramones tocaron en el Iguana’s de Tijuana. Dee Dee todavía estaba con ellos. Michael Steinhour, que estuvo presente aquella noche, recordó en LinkedIn un concierto que, casi 40 años después, todavía le parecía imposible de olvidar. “Era como si unos piratas hubieran tomado el control de una ciudad portuaria. Sin límite de edad, el lugar atascado de gente mucho más allá de su capacidad, cerveza barata y reglas de comportamiento completamente opcionales. Caos puro. ¡Y en medio de todo eso, los Ramones! No recuerdo si hubo una banda telonera. Pero el grupo estaba prendidísimo y se alimentaba de la energía del público. Simplemente glorioso”. Tres años después, el 26 y 27 de septiembre de 1992, los Ramones llegaron a la Ciudad de México, al Ex Balneario Olímpico de Pantitlán. Los Yaps abrieron una de las noches. Los chicos que habían descubierto a los Ramones gracias a un disco llevado al ensayo y una fotografía recortada de una revista terminaron compartiendo escenario con sus ídolos. El 2 y 3 de julio de 1993 los Ramones regresaron a la capital, al Gimnasio Olímpico Juan de la Barrera. Les abrió El Tri. El slam fue igualmente olímpico, e incluso hubo competencias de butacas voladoras.

Lollapalooza, 1996

Lemmy Kilmister, de Motörhead, que en dudosa paz descanse, también reconoció en su momento las contradicciones de aquella familia inventada. Entrevistado por The Arts Desk, el recuerdo se convierte en una reflexión sobre la historia de ambos grupos: “Adoro a esos fucking Ramones. Conocía sobre todo a Joey y a Dee Dee. Dee Dee era un desastre, siempre estaba metido en la heroína. Eso fue lo que lo mató. Leí su libro autobiográfico, Poison Heart: muy, muy deprimente. Escribe que odiaba cada minuto que pasó en los Ramones. Es terrible, ¿no crees? Porque a mí me gustaban muchísimo”.

Instalémonos en 1996. Llega Lollapalooza. Los Rancid participan en el festival junto a los Ramones, que han anunciado su última gira. “Te voy a decir por qué voy”, dice Armstrong. “Porque puedo salir de gira con ustedes”. “Los vamos a ver tocar 30 veces. Es su última gira”, continúa Tim. “Quiero ver el último concierto de los Ramones”, dice Lars. “Esto es historia del rock and roll”, responde Tim.

Joey está contento. Le gustan Metallica, Soundgarden y Rancid. Cuenta que Soundgarden ayudó a que los Ramones entraran al cartel del festival, después de años de quedar fuera.

Eddie Vedder, cantante de Pearl Jam, pertenece a esa generación que descubrió a través de los Ramones la posibilidad de hacer música ahora mismo, sin esperar a nada. En 2003 le contó a SPIN cómo fue su encuentro con Road to Ruin, el cuarto álbum de la banda. “En realidad no tenía muy claro qué era el punk rock. Mi primer corte mohawk me lo hice hasta los 22 años. Pero ese disco me abrió un mundo. De alguna manera me daba miedo, tal vez porque los Ramones, por cómo se veían, parecían una pandilla callejera. Cuando tenía 13 años recibí mi primera guitarra y más o menos podía tocar las canciones de Ted Nugent, pero no era capaz de hacer los solos. Con los Ramones, en cambio, podía tocar las canciones de principio a fin”.

El 6 de agosto de 1996 los Ramones suben al escenario del Palace de Los Ángeles por última vez. Es el concierto número 2 263 de la banda. Dee Dee regresa para cantar “Love Kills”, Lemmy toca R.A.M.O.N.E.S., Tim Armstrong y Lars Frederiksen de Rancid participan en “53rd & 3rd”, Ben Shepherd de Soundgarden en “Chinese Rocks”, Eddie Vedder de Pearl Jam canta en el último tema, “Any Way You Want It”, un cover de Dave Clark Five. El final devuelve todo al rock and roll de los años sesenta, a la música que aquellos tipos escuchaban antes de convertirse en los Ramones.

La familia inventada se disolvió sin haber resuelto sus conflictos.

Joey murió en 2001; Dee Dee, en 2002; Johnny, en 2004, y Tommy en 2014. El nombre Ramones continúa apareciendo en playeras, paredes y discos. El punk también se ha convertido en una marca global, pero hay algo que sigue en los márgenes del mercado.

Un chavo que creció en una familia pobre escucha aquellos discos y decide hacer música. Otro ve la misma película 27 veces. En México, una fotografía recortada y pegada en la portada de un cuaderno. En Japón, una muchacha que corre a comprar un disco después de escuchar una canción en la radio.

Aquellos cuatro malpensantes ciudadanos de Queens que no sabían tocar las canciones de otros y decidieron escribir las suyas sí hicieron una revolución. Gracias a ellos, muchísimas personas tomaron una guitarra, un bajo o un par de baquetas y gritaron “One, two, three, four!”. Nacieron bandas, carreras, amores y amistades. Nacieron historias que dudosamente alguien más habría tenido la inconsciencia de contar.

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16
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Tiempo de Lectura: 00 min

Noticia que a pesar de ser muy vieja sigue doliendo: hace 30 años, los Ramones —protopunks, punks completos o más allá del punk, lo que ustedes prefieran— se separaron sin superar sus desavenencias. Noticia aún más vieja pero que sigue manteniendo la llama de este amor eterno: hace 50 años se publicó su primer disco. Un recuerdo para ellos.

One, two, three, four, gritado por el bajista. Después, bajo, guitarra y batería arrancan como si de golpe se abriera la compuerta de una presa. Y entonces entra la voz de Joey. Durante 22 años fue la fórmula mágica de los falsos hermanos Ramones. El punk antes del punk, podría decirse.

Una banda que cambió las reglas del juego, nacida en Nueva York, criada dentro del CBGB y que se hizo grande tocando cada vez más rápido. Mientras el rock parecía encaminarse hacia el progresivo, los Ramones construyeron una carrera con canciones que rara vez superaban los cuatro acordes. Fuera del callejón habitado por los Ramones, las producciones se volvían gigantescas, los solos instrumentales se alargaban y el negocio alcanzaba velocidad crucero. Ellos decidieron otra cosa.

Desde 1968, con Dylan y Baez, el rock y el folk se habían convertido en instrumentos contra la Guerra de Vietnam y a favor del movimiento de derechos civiles. Canciones como manifiestos, conciertos como asambleas, músicos como portavoces de una generación: declarar una postura política empezaba a convertirse en una convención.

Los Ramones rompieron con la idea de que el rock tenía que convertirse necesariamente en un manifiesto político. De todas formas, los integrantes no compartían una misma posición política o acaso vital: Joey era cercano a la izquierda, Johnny votaba republicano y Dee Dee pescaba las canciones de la calle, espacio de adicciones y obsesiones. Cantaban sobre adolescentes inadaptados, hospitales psiquiátricos, inhalar pegamento, prostitución, aburrimiento, amores imposibles y ganas de escapar. Hablaban de soledad, violencia y alienación sin proclamas, a través de la ironía y de canciones que duraban menos de dos minutos.

Por debajo del gran —pomposo— rock de los años setenta crecía una escena más inmediata y rabiosa. Los Stooges y Velvet Underground jugaban en una liga distinta a la de Pink Floyd y King Crimson. Los Sex Pistols y los Clash todavía no habían llegado. En Nueva York, alrededor del CBGB —un dive bar en el Bowery, una de las zonas más de rompe y rasga de la ciudad de entonces—, una generación aún desconocida mezclaba rock, garage y vanguardias. Television, Stilettos, Blondie, Talking Heads, Mink DeVille, Heartbreakers y, poco después, Dead Boys, Tuff Darts, Shirts, Fleshtones. Y los Ramones. Cuatro individuos de Queens con un apellido común inventado.

Así recordaba Dee Dee Ramone aquellos años: “Me juntaba con un montón de tipos con los que me drogaba. Joey Ramone no se drogaba. Lo había intentado, pero no podía controlar las drogas. Una vez lo vi fumar mariguana y después empezó a temblar, acurrucado en el piso en posición fetal, mientras gritaba: ‘¡Me estoy volviendo loco! ¡Me estoy volviendo loco!’. En aquella época Joey pintaba. ¡Trituraba zanahorias, lechuga, nabos y fresas para mezclarlos y usarlos como pintura! Sus cuadros no estaban mal, y además trataba de grabar cintas con toda clase de sonidos. Sus papás tenían un departamento en el piso 20. Una vez había una tormenta eléctrica y salió al balcón con un micrófono para grabar los truenos, ¡pero un rayo cayó sobre el micrófono y terminó quemándolo todo! Me hacía botar una pelota de basquetbol durante media hora para grabar el sonido. Después se pasaba un día entero escuchándolo, completamente ido. Joey y yo solíamos sentarnos en las escaleras de un banco en Queens Boulevard, con una botella de vino, mientras John se escabullía para inhalar un poco de pegamento”.

“Cuando entré al grupo yo era el baterista. En realidad no quería tocar la batería, porque antes de los Ramones cantaba en otra banda. Creo que fue Dee Dee quien quiso que entrara al grupo. Johnny me llamó un día. Nos conocíamos del barrio y pensé que estaría bien, salvo por el detalle de que tenía que tocar la batería”. Así narró Joey Ramone los inicios de la banda en una conversación con Tim Armstrong y Lars Frederiksen, de Rancid, en 1996, cuando los Ramones ya habían anunciado su despedida.

Familia por invención

Recapitulemos. Se trata casi de un asunto de generación espontánea. El 30 de marzo de 1974 los Ramones —cuatro sujetos que venían de Queens— se presentaron en el Performance Studio de Nueva York. Johnny tocó la guitarra, Dee Dee el bajo y canta; Joey, en la batería. Tommy, que al principio los acompaña como organizador y consejero, intentaba darle forma a aquel ruido.

“Yo quería cantar”, señalaba Joey cada que podía. “Tommy, que nunca en su vida había tocado la batería, al principio era productor. Había trabajado en los Electric Lady Studios de Jimi Hendrix, y nos asesoraba. Cuando entendimos que conmigo en la batería aquello no funcionaba, buscamos a alguien que simplemente pudiera llevar el ritmo. Pero en esa época todos querían lucirse. Así que Tommy se sentaba detrás de la batería para mostrarles a los demás cómo tenían que tocar, hasta que le pedimos que se convirtiera él en el baterista”. Joey pasó al micrófono, Tommy tomó las baquetas. La regla: eliminar todo lo que sobra.

Johnny había visto a los New York Dolls. Es decir, aprendió que, de preferencia, no había que ser un virtuoso. Su guitarra se convirtió en el motor de la banda: pocos acordes, ningún solo, un rasgueo continuo, casi mecánico. Es a Dee Dee al que se le ocurrió el apellido Ramone. Recordaba a Paul Ramon, el seudónimo que utilizó Paul McCartney antes de la explosión Beatle. ¿Qué nombres tenían antes del bautismo? Un dato insignificante, quizá. Pero dejémoslo por escrito: Douglas Colvin se convirtió en Dee Dee Ramone, John Cummings en Johnny Ramone, Jeffrey Hyman en Joey Ramone y Tamás Erdélyi en Tommy Ramone. Una familia inventada, cuatro personalidades del todo distintas.

Johnny Ramone tenía una idea muy precisa de cómo debía sonar el rock and roll. Entrevistado en 1983 por el periodista Steve Newton, contó: “Tratamos de tocar una música salvaje, divertida, agresiva”. Y cuando le preguntaron si los Ramones eran una banda punk, respondió: “Supongo que sí. Depende de lo que entiendas por punk. Para mí Elvis Presley era punk, y también los Rolling Stones, al principio, eran punk. Pero si hablas de una especie de moda, entonces no sabría decirte”.

La sencillez también era una manera de estar juntos. En 1996 Tim Armstrong, de Rancid, recapituló junto a Joey cómo se formó su propia banda. Dijo que simplemente conocía a Matt Freeman desde que tenían cinco años. Luego Lars se sumó al grupo. Brett Reed, skater y amigo, entró sin saber tocar la batería. “Ustedes estaban concentrados en las canciones, no en los músicos”, le dijo a Joey. “No se trataba de que el baterista o el guitarrista se lucieran. Nosotros pertenecemos a otra tradición”.

En 1988, durante una gira por Japón, el periodista Steve Harris entrevistó a Joey y le preguntó cómo había conseguido la banda construir un sonido tan reconocible. “Bueno, todas las bandas tratan de desarrollar un sonido distintivo, un sello propio, pero pocas lo consiguen. Ese es el objetivo más grande: tener un sonido que sea solamente tuyo. Ya se trate de los Beatles, Little Richard, Elvis Presley, los Rolling Stones, Led Zeppelin, los Ramones o los Who, ese es el logro más importante. La mayoría de las bandas termina imitando a alguien más (…) Basta pensar en cuántos grupos fueron influenciados por los Who, por ejemplo, o por los Stones. Pero cuando logras crear algo propio, es algo que simplemente sucede. Es cuestión de química. No es que puedas decir: ‘Ah, voy a tratar de crear un sonido que sea solamente mío’. Simplemente pasa. Claro, puedes decir: ‘Quiero escribir una canción como esta’, pero cuando se trata de crear un sonido, un sonido verdaderamente tuyo y reconocible, es algo que nace de manera espontánea”.

Volvamos a 1974, a Nueva York. “Cuando empezamos estábamos prácticamente solos, porque nadie tocaba como nosotros. Y era difícil. Siempre estás solo”, le contó Joey a Rancid. Armstrong reviró: “Los marginados. Ese es precisamente el verdadero espíritu de todo esto”. Joey prosiguió: “Sabíamos que teníamos algo que funcionaba. Pero pensábamos que éramos los únicos a quienes les gustaba. Era muy diferente de todo lo demás. Mucha gente no lo entendía. Cuando empezamos a tocar en el CBGB no había nadie. Creo que uno de nuestros primeros fans fue Alan Vega, de Suicide. Le dijo a Johnny que había esperado algo así durante toda su vida”.

El downtown de Manhattan estaba en crisis: desempleo, edificios abandonados, rentas bajas que, en contrapartida, dejaban espacio para los artistas. El CBGB, concebido por Hilly Kristal como espacio para el country, el bluegrass y el blues, tiene que albergar, en cambio, a Patti Smith, Blondie, Television y Talking Heads. Los Ramones llevaron canciones vertiginosas, herederas de los sencillos de los años sesenta.

“Creo que al principio no éramos lo suficientemente buenos para tocar las canciones de otros”, contó Joey a Rancid. “Así que empezamos a escribir las nuestras. Eso era lo bonito de los Ramones: habíamos empezado desde cero. No éramos músicos experimentados. Habíamos construido todo desde abajo”.

El 23 de abril de 1976 se publicó Ramones. Catorce canciones, menos de media hora de música, un costo de grabación de unos 6 400 dólares. “Blitzkrieg Bop”, “Beat on the Brat”, “Judy Is a Punk”, “Now I Wanna Sniff Some Glue”, “I Wanna Be Your Boyfriend”. La portada, fotografiada por Roberta Bayley, mostraba a los cuatro frente a una pared de ladrillos. Pantalones de mezclilla, chamarras de cuero, tenis, cabello largo. Una fotografía destinada a reproducirse millones de veces. El disco vendió poco, pero empezó a pasar de mano en mano entre personas que buscan otra manera de entender la música.

(Y esa tan particular manera de estar en el mundo y no sentir ni pizca de vergüenza por ello sigue teniendo defensores, de todo tipo y residencia. Es maravilloso que 50 años después, en México, los Chingadazo de Kung Fu digan cosas como: “Creemos que cuando haces una canción que habla de los sentimientos de los animales pierdes la esencia de querer solamente oler pegamento y perder el tiempo, que era exactamente de lo que cantaban los Ramones cuando empezaron con el punk rock”.)

En 1977 llegaron Leave Home y Rocket to Russia. En 1978, Road to Ruin. Las canciones se volvieron cada vez más conocidas, los conciertos cada vez más rápidos. “Sheena Is a Punk Rocker”, “Rockaway Beach”, “Teenage Lobotomy”, “I Wanna Be Sedated”. Tommy dejó la batería cansado de las giras, pero siguió trabajando con el grupo como productor. Llegó Marky Ramone, que traía consigo experiencias musicales diferentes. Las melodías se quedaban grabadas en la cabeza, la agresividad comenzó a convivir con la diversión.

En 1978 Devorah Ostrov los entrevistó para el fanzine Widows & Orphans. La pregunta ineludible: ¿se estaban volviendo más comerciales? “No vamos a cambiar para volvernos comerciales”, respondió Joey, quien fue aún más explícito cuando la conversación tocó los temas del éxito y el futuro de la banda. “El rock and roll habría muerto si se hubiera quedado inmutable”, sostuvo. ¿Y Johnny? Él no veía nada malo en hacerse famoso.

Joey era cercano a la cultura progresista; Johnny, un conservador de manual. Su convivencia también quedaba marcada por episodios personales dolorosos. Y, sin embargo, siguieron compartiendo escenario, hoteles y giras. “Los Ramones tuvieron que hacer sacrificios para mantenerse juntos todos estos años”, le diría años después Joey a Rancid. “Tienes que saber lo que tienes, amarlo de verdad, apreciar a tus fans. No fue fácil que nos aceptaran. En realidad nunca nos aceptaron por completo, y está bien así. Y tampoco fue fácil llevarnos bien. Con el tiempo las cosas entre Johnny y yo se volvieron tensas, después de una serie de... incidentes. No quiero hablar de eso. Pero tienes que valorar lo que tienes. Por eso seguimos adelante. Por lo menos yo seguí adelante. Johnny y yo, durante 22 años”.

En 1985 Joey escribió “Bonzo Goes to Bitburg”, después de ver por televisión a Ronald Reagan visitar un cementerio militar alemán en el que también estaban enterrados miembros de las SS. Una postura explícita en una banda dividida políticamente. A Steve Harris, Joey le explica que no se trataba de un cambio de rumbo: durante los primeros años habían elegido hablar de frustración y alienación, en lugar de reproducir el talante de las canciones en contra de la Guerra de Vietnam. Y no pasaba nada.

Eran irresistibles. Bruce Springsteen contó que había visto a los Ramones en Asbury Park y pensado en escribir una canción para ellos. Al regresar a casa compuso “Hungry Heart”, pero su mánager Jon Landau lo convenció de quedársela. Ser terminó convirtiendo en uno de sus mayores éxitos. Los Ramones, en cambio, siguen vendiendo mucho menos que el ejército de músicos que crecieron escuchándolos.

En 1989 Dee Dee abandonó el grupo. Las adicciones, las dificultades personales y los conflictos acumulados hacían imposible continuar. Llegó C.J. Ramone, mucho más joven que los demás. La banda encontró una nueva energía sobre el escenario, mientras Dee Dee siguió escribiendo canciones y persiguiendo proyectos personales. En su autobiografía Lobotomy, narró el lado más difícil de la historia de los Ramones: la vida de gira, la soledad, las drogas, las relaciones deterioradas, la sensación de haber quedado atrapado en una banda que él mismo había ayudado a inventar.

Cohete a Pantitlán, 1992

Aquella música no colonizó las listas de éxitos, pero cruzó océanos y fronteras. En México, David Rodríguez, El Conejo, fundador de los Yaps de San Bartolo Ameyalco, recuerda muy bien el día en que un amigo llegó al ensayo con un disco de los Ramones. Fue un descubrimiento que cambió su manera de entender la música. Mike, el cantante del grupo, sabía inglés y les traducía las canciones a los demás.

Rodríguez cuenta que encontró una fotografía de los Ramones en una revista musical, la recortó y la pegó en la portada de un cuaderno escolar. Él y sus compañeros intentaban vestirse como sus ídolos, tanto que sus compañeros de escuela señalaban la fotografía y les preguntaban si eran ellos. Los Yaps empezaron a tocar en fiestas de barrio, primero covers y después sus propias canciones. Tras el festival de Avándaro de 1971, entre la represión del Estado y la falta de espacios, el rock mexicano se refugiaba todavía en las fiestas de barrio y los locales improvisados. Los Ramones eran la demostración viva de que para formar una banda era necesario muy poco.

Acidez, banda punk mexicana nacida a principios de los dos mil, sigue reivindicando esa misma idea de la música: “Nosotros seguimos fieles a nuestras letras. Siempre nos ha valido madre lo que los demás piensen de nosotros. El punk rock nació para ser sencillo, rápido y accesible para cualquiera. Hay quienes buscan el virtuosismo; nosotros buscamos la honestidad de los tres acordes que nos enseñaron los Ramones”.

El 23 de junio de 1989 los Ramones tocaron en el Iguana’s de Tijuana. Dee Dee todavía estaba con ellos. Michael Steinhour, que estuvo presente aquella noche, recordó en LinkedIn un concierto que, casi 40 años después, todavía le parecía imposible de olvidar. “Era como si unos piratas hubieran tomado el control de una ciudad portuaria. Sin límite de edad, el lugar atascado de gente mucho más allá de su capacidad, cerveza barata y reglas de comportamiento completamente opcionales. Caos puro. ¡Y en medio de todo eso, los Ramones! No recuerdo si hubo una banda telonera. Pero el grupo estaba prendidísimo y se alimentaba de la energía del público. Simplemente glorioso”. Tres años después, el 26 y 27 de septiembre de 1992, los Ramones llegaron a la Ciudad de México, al Ex Balneario Olímpico de Pantitlán. Los Yaps abrieron una de las noches. Los chicos que habían descubierto a los Ramones gracias a un disco llevado al ensayo y una fotografía recortada de una revista terminaron compartiendo escenario con sus ídolos. El 2 y 3 de julio de 1993 los Ramones regresaron a la capital, al Gimnasio Olímpico Juan de la Barrera. Les abrió El Tri. El slam fue igualmente olímpico, e incluso hubo competencias de butacas voladoras.

Lollapalooza, 1996

Lemmy Kilmister, de Motörhead, que en dudosa paz descanse, también reconoció en su momento las contradicciones de aquella familia inventada. Entrevistado por The Arts Desk, el recuerdo se convierte en una reflexión sobre la historia de ambos grupos: “Adoro a esos fucking Ramones. Conocía sobre todo a Joey y a Dee Dee. Dee Dee era un desastre, siempre estaba metido en la heroína. Eso fue lo que lo mató. Leí su libro autobiográfico, Poison Heart: muy, muy deprimente. Escribe que odiaba cada minuto que pasó en los Ramones. Es terrible, ¿no crees? Porque a mí me gustaban muchísimo”.

Instalémonos en 1996. Llega Lollapalooza. Los Rancid participan en el festival junto a los Ramones, que han anunciado su última gira. “Te voy a decir por qué voy”, dice Armstrong. “Porque puedo salir de gira con ustedes”. “Los vamos a ver tocar 30 veces. Es su última gira”, continúa Tim. “Quiero ver el último concierto de los Ramones”, dice Lars. “Esto es historia del rock and roll”, responde Tim.

Joey está contento. Le gustan Metallica, Soundgarden y Rancid. Cuenta que Soundgarden ayudó a que los Ramones entraran al cartel del festival, después de años de quedar fuera.

Eddie Vedder, cantante de Pearl Jam, pertenece a esa generación que descubrió a través de los Ramones la posibilidad de hacer música ahora mismo, sin esperar a nada. En 2003 le contó a SPIN cómo fue su encuentro con Road to Ruin, el cuarto álbum de la banda. “En realidad no tenía muy claro qué era el punk rock. Mi primer corte mohawk me lo hice hasta los 22 años. Pero ese disco me abrió un mundo. De alguna manera me daba miedo, tal vez porque los Ramones, por cómo se veían, parecían una pandilla callejera. Cuando tenía 13 años recibí mi primera guitarra y más o menos podía tocar las canciones de Ted Nugent, pero no era capaz de hacer los solos. Con los Ramones, en cambio, podía tocar las canciones de principio a fin”.

El 6 de agosto de 1996 los Ramones suben al escenario del Palace de Los Ángeles por última vez. Es el concierto número 2 263 de la banda. Dee Dee regresa para cantar “Love Kills”, Lemmy toca R.A.M.O.N.E.S., Tim Armstrong y Lars Frederiksen de Rancid participan en “53rd & 3rd”, Ben Shepherd de Soundgarden en “Chinese Rocks”, Eddie Vedder de Pearl Jam canta en el último tema, “Any Way You Want It”, un cover de Dave Clark Five. El final devuelve todo al rock and roll de los años sesenta, a la música que aquellos tipos escuchaban antes de convertirse en los Ramones.

La familia inventada se disolvió sin haber resuelto sus conflictos.

Joey murió en 2001; Dee Dee, en 2002; Johnny, en 2004, y Tommy en 2014. El nombre Ramones continúa apareciendo en playeras, paredes y discos. El punk también se ha convertido en una marca global, pero hay algo que sigue en los márgenes del mercado.

Un chavo que creció en una familia pobre escucha aquellos discos y decide hacer música. Otro ve la misma película 27 veces. En México, una fotografía recortada y pegada en la portada de un cuaderno. En Japón, una muchacha que corre a comprar un disco después de escuchar una canción en la radio.

Aquellos cuatro malpensantes ciudadanos de Queens que no sabían tocar las canciones de otros y decidieron escribir las suyas sí hicieron una revolución. Gracias a ellos, muchísimas personas tomaron una guitarra, un bajo o un par de baquetas y gritaron “One, two, three, four!”. Nacieron bandas, carreras, amores y amistades. Nacieron historias que dudosamente alguien más habría tenido la inconsciencia de contar.

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La revolución de los tres acordes urgentes: los Ramones, año 50

La revolución de los tres acordes urgentes: los Ramones, año 50

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Noticia que a pesar de ser muy vieja sigue doliendo: hace 30 años, los Ramones —protopunks, punks completos o más allá del punk, lo que ustedes prefieran— se separaron sin superar sus desavenencias. Noticia aún más vieja pero que sigue manteniendo la llama de este amor eterno: hace 50 años se publicó su primer disco. Un recuerdo para ellos.

One, two, three, four, gritado por el bajista. Después, bajo, guitarra y batería arrancan como si de golpe se abriera la compuerta de una presa. Y entonces entra la voz de Joey. Durante 22 años fue la fórmula mágica de los falsos hermanos Ramones. El punk antes del punk, podría decirse.

Una banda que cambió las reglas del juego, nacida en Nueva York, criada dentro del CBGB y que se hizo grande tocando cada vez más rápido. Mientras el rock parecía encaminarse hacia el progresivo, los Ramones construyeron una carrera con canciones que rara vez superaban los cuatro acordes. Fuera del callejón habitado por los Ramones, las producciones se volvían gigantescas, los solos instrumentales se alargaban y el negocio alcanzaba velocidad crucero. Ellos decidieron otra cosa.

Desde 1968, con Dylan y Baez, el rock y el folk se habían convertido en instrumentos contra la Guerra de Vietnam y a favor del movimiento de derechos civiles. Canciones como manifiestos, conciertos como asambleas, músicos como portavoces de una generación: declarar una postura política empezaba a convertirse en una convención.

Los Ramones rompieron con la idea de que el rock tenía que convertirse necesariamente en un manifiesto político. De todas formas, los integrantes no compartían una misma posición política o acaso vital: Joey era cercano a la izquierda, Johnny votaba republicano y Dee Dee pescaba las canciones de la calle, espacio de adicciones y obsesiones. Cantaban sobre adolescentes inadaptados, hospitales psiquiátricos, inhalar pegamento, prostitución, aburrimiento, amores imposibles y ganas de escapar. Hablaban de soledad, violencia y alienación sin proclamas, a través de la ironía y de canciones que duraban menos de dos minutos.

Por debajo del gran —pomposo— rock de los años setenta crecía una escena más inmediata y rabiosa. Los Stooges y Velvet Underground jugaban en una liga distinta a la de Pink Floyd y King Crimson. Los Sex Pistols y los Clash todavía no habían llegado. En Nueva York, alrededor del CBGB —un dive bar en el Bowery, una de las zonas más de rompe y rasga de la ciudad de entonces—, una generación aún desconocida mezclaba rock, garage y vanguardias. Television, Stilettos, Blondie, Talking Heads, Mink DeVille, Heartbreakers y, poco después, Dead Boys, Tuff Darts, Shirts, Fleshtones. Y los Ramones. Cuatro individuos de Queens con un apellido común inventado.

Así recordaba Dee Dee Ramone aquellos años: “Me juntaba con un montón de tipos con los que me drogaba. Joey Ramone no se drogaba. Lo había intentado, pero no podía controlar las drogas. Una vez lo vi fumar mariguana y después empezó a temblar, acurrucado en el piso en posición fetal, mientras gritaba: ‘¡Me estoy volviendo loco! ¡Me estoy volviendo loco!’. En aquella época Joey pintaba. ¡Trituraba zanahorias, lechuga, nabos y fresas para mezclarlos y usarlos como pintura! Sus cuadros no estaban mal, y además trataba de grabar cintas con toda clase de sonidos. Sus papás tenían un departamento en el piso 20. Una vez había una tormenta eléctrica y salió al balcón con un micrófono para grabar los truenos, ¡pero un rayo cayó sobre el micrófono y terminó quemándolo todo! Me hacía botar una pelota de basquetbol durante media hora para grabar el sonido. Después se pasaba un día entero escuchándolo, completamente ido. Joey y yo solíamos sentarnos en las escaleras de un banco en Queens Boulevard, con una botella de vino, mientras John se escabullía para inhalar un poco de pegamento”.

“Cuando entré al grupo yo era el baterista. En realidad no quería tocar la batería, porque antes de los Ramones cantaba en otra banda. Creo que fue Dee Dee quien quiso que entrara al grupo. Johnny me llamó un día. Nos conocíamos del barrio y pensé que estaría bien, salvo por el detalle de que tenía que tocar la batería”. Así narró Joey Ramone los inicios de la banda en una conversación con Tim Armstrong y Lars Frederiksen, de Rancid, en 1996, cuando los Ramones ya habían anunciado su despedida.

Familia por invención

Recapitulemos. Se trata casi de un asunto de generación espontánea. El 30 de marzo de 1974 los Ramones —cuatro sujetos que venían de Queens— se presentaron en el Performance Studio de Nueva York. Johnny tocó la guitarra, Dee Dee el bajo y canta; Joey, en la batería. Tommy, que al principio los acompaña como organizador y consejero, intentaba darle forma a aquel ruido.

“Yo quería cantar”, señalaba Joey cada que podía. “Tommy, que nunca en su vida había tocado la batería, al principio era productor. Había trabajado en los Electric Lady Studios de Jimi Hendrix, y nos asesoraba. Cuando entendimos que conmigo en la batería aquello no funcionaba, buscamos a alguien que simplemente pudiera llevar el ritmo. Pero en esa época todos querían lucirse. Así que Tommy se sentaba detrás de la batería para mostrarles a los demás cómo tenían que tocar, hasta que le pedimos que se convirtiera él en el baterista”. Joey pasó al micrófono, Tommy tomó las baquetas. La regla: eliminar todo lo que sobra.

Johnny había visto a los New York Dolls. Es decir, aprendió que, de preferencia, no había que ser un virtuoso. Su guitarra se convirtió en el motor de la banda: pocos acordes, ningún solo, un rasgueo continuo, casi mecánico. Es a Dee Dee al que se le ocurrió el apellido Ramone. Recordaba a Paul Ramon, el seudónimo que utilizó Paul McCartney antes de la explosión Beatle. ¿Qué nombres tenían antes del bautismo? Un dato insignificante, quizá. Pero dejémoslo por escrito: Douglas Colvin se convirtió en Dee Dee Ramone, John Cummings en Johnny Ramone, Jeffrey Hyman en Joey Ramone y Tamás Erdélyi en Tommy Ramone. Una familia inventada, cuatro personalidades del todo distintas.

Johnny Ramone tenía una idea muy precisa de cómo debía sonar el rock and roll. Entrevistado en 1983 por el periodista Steve Newton, contó: “Tratamos de tocar una música salvaje, divertida, agresiva”. Y cuando le preguntaron si los Ramones eran una banda punk, respondió: “Supongo que sí. Depende de lo que entiendas por punk. Para mí Elvis Presley era punk, y también los Rolling Stones, al principio, eran punk. Pero si hablas de una especie de moda, entonces no sabría decirte”.

La sencillez también era una manera de estar juntos. En 1996 Tim Armstrong, de Rancid, recapituló junto a Joey cómo se formó su propia banda. Dijo que simplemente conocía a Matt Freeman desde que tenían cinco años. Luego Lars se sumó al grupo. Brett Reed, skater y amigo, entró sin saber tocar la batería. “Ustedes estaban concentrados en las canciones, no en los músicos”, le dijo a Joey. “No se trataba de que el baterista o el guitarrista se lucieran. Nosotros pertenecemos a otra tradición”.

En 1988, durante una gira por Japón, el periodista Steve Harris entrevistó a Joey y le preguntó cómo había conseguido la banda construir un sonido tan reconocible. “Bueno, todas las bandas tratan de desarrollar un sonido distintivo, un sello propio, pero pocas lo consiguen. Ese es el objetivo más grande: tener un sonido que sea solamente tuyo. Ya se trate de los Beatles, Little Richard, Elvis Presley, los Rolling Stones, Led Zeppelin, los Ramones o los Who, ese es el logro más importante. La mayoría de las bandas termina imitando a alguien más (…) Basta pensar en cuántos grupos fueron influenciados por los Who, por ejemplo, o por los Stones. Pero cuando logras crear algo propio, es algo que simplemente sucede. Es cuestión de química. No es que puedas decir: ‘Ah, voy a tratar de crear un sonido que sea solamente mío’. Simplemente pasa. Claro, puedes decir: ‘Quiero escribir una canción como esta’, pero cuando se trata de crear un sonido, un sonido verdaderamente tuyo y reconocible, es algo que nace de manera espontánea”.

Volvamos a 1974, a Nueva York. “Cuando empezamos estábamos prácticamente solos, porque nadie tocaba como nosotros. Y era difícil. Siempre estás solo”, le contó Joey a Rancid. Armstrong reviró: “Los marginados. Ese es precisamente el verdadero espíritu de todo esto”. Joey prosiguió: “Sabíamos que teníamos algo que funcionaba. Pero pensábamos que éramos los únicos a quienes les gustaba. Era muy diferente de todo lo demás. Mucha gente no lo entendía. Cuando empezamos a tocar en el CBGB no había nadie. Creo que uno de nuestros primeros fans fue Alan Vega, de Suicide. Le dijo a Johnny que había esperado algo así durante toda su vida”.

El downtown de Manhattan estaba en crisis: desempleo, edificios abandonados, rentas bajas que, en contrapartida, dejaban espacio para los artistas. El CBGB, concebido por Hilly Kristal como espacio para el country, el bluegrass y el blues, tiene que albergar, en cambio, a Patti Smith, Blondie, Television y Talking Heads. Los Ramones llevaron canciones vertiginosas, herederas de los sencillos de los años sesenta.

“Creo que al principio no éramos lo suficientemente buenos para tocar las canciones de otros”, contó Joey a Rancid. “Así que empezamos a escribir las nuestras. Eso era lo bonito de los Ramones: habíamos empezado desde cero. No éramos músicos experimentados. Habíamos construido todo desde abajo”.

El 23 de abril de 1976 se publicó Ramones. Catorce canciones, menos de media hora de música, un costo de grabación de unos 6 400 dólares. “Blitzkrieg Bop”, “Beat on the Brat”, “Judy Is a Punk”, “Now I Wanna Sniff Some Glue”, “I Wanna Be Your Boyfriend”. La portada, fotografiada por Roberta Bayley, mostraba a los cuatro frente a una pared de ladrillos. Pantalones de mezclilla, chamarras de cuero, tenis, cabello largo. Una fotografía destinada a reproducirse millones de veces. El disco vendió poco, pero empezó a pasar de mano en mano entre personas que buscan otra manera de entender la música.

(Y esa tan particular manera de estar en el mundo y no sentir ni pizca de vergüenza por ello sigue teniendo defensores, de todo tipo y residencia. Es maravilloso que 50 años después, en México, los Chingadazo de Kung Fu digan cosas como: “Creemos que cuando haces una canción que habla de los sentimientos de los animales pierdes la esencia de querer solamente oler pegamento y perder el tiempo, que era exactamente de lo que cantaban los Ramones cuando empezaron con el punk rock”.)

En 1977 llegaron Leave Home y Rocket to Russia. En 1978, Road to Ruin. Las canciones se volvieron cada vez más conocidas, los conciertos cada vez más rápidos. “Sheena Is a Punk Rocker”, “Rockaway Beach”, “Teenage Lobotomy”, “I Wanna Be Sedated”. Tommy dejó la batería cansado de las giras, pero siguió trabajando con el grupo como productor. Llegó Marky Ramone, que traía consigo experiencias musicales diferentes. Las melodías se quedaban grabadas en la cabeza, la agresividad comenzó a convivir con la diversión.

En 1978 Devorah Ostrov los entrevistó para el fanzine Widows & Orphans. La pregunta ineludible: ¿se estaban volviendo más comerciales? “No vamos a cambiar para volvernos comerciales”, respondió Joey, quien fue aún más explícito cuando la conversación tocó los temas del éxito y el futuro de la banda. “El rock and roll habría muerto si se hubiera quedado inmutable”, sostuvo. ¿Y Johnny? Él no veía nada malo en hacerse famoso.

Joey era cercano a la cultura progresista; Johnny, un conservador de manual. Su convivencia también quedaba marcada por episodios personales dolorosos. Y, sin embargo, siguieron compartiendo escenario, hoteles y giras. “Los Ramones tuvieron que hacer sacrificios para mantenerse juntos todos estos años”, le diría años después Joey a Rancid. “Tienes que saber lo que tienes, amarlo de verdad, apreciar a tus fans. No fue fácil que nos aceptaran. En realidad nunca nos aceptaron por completo, y está bien así. Y tampoco fue fácil llevarnos bien. Con el tiempo las cosas entre Johnny y yo se volvieron tensas, después de una serie de... incidentes. No quiero hablar de eso. Pero tienes que valorar lo que tienes. Por eso seguimos adelante. Por lo menos yo seguí adelante. Johnny y yo, durante 22 años”.

En 1985 Joey escribió “Bonzo Goes to Bitburg”, después de ver por televisión a Ronald Reagan visitar un cementerio militar alemán en el que también estaban enterrados miembros de las SS. Una postura explícita en una banda dividida políticamente. A Steve Harris, Joey le explica que no se trataba de un cambio de rumbo: durante los primeros años habían elegido hablar de frustración y alienación, en lugar de reproducir el talante de las canciones en contra de la Guerra de Vietnam. Y no pasaba nada.

Eran irresistibles. Bruce Springsteen contó que había visto a los Ramones en Asbury Park y pensado en escribir una canción para ellos. Al regresar a casa compuso “Hungry Heart”, pero su mánager Jon Landau lo convenció de quedársela. Ser terminó convirtiendo en uno de sus mayores éxitos. Los Ramones, en cambio, siguen vendiendo mucho menos que el ejército de músicos que crecieron escuchándolos.

En 1989 Dee Dee abandonó el grupo. Las adicciones, las dificultades personales y los conflictos acumulados hacían imposible continuar. Llegó C.J. Ramone, mucho más joven que los demás. La banda encontró una nueva energía sobre el escenario, mientras Dee Dee siguió escribiendo canciones y persiguiendo proyectos personales. En su autobiografía Lobotomy, narró el lado más difícil de la historia de los Ramones: la vida de gira, la soledad, las drogas, las relaciones deterioradas, la sensación de haber quedado atrapado en una banda que él mismo había ayudado a inventar.

Cohete a Pantitlán, 1992

Aquella música no colonizó las listas de éxitos, pero cruzó océanos y fronteras. En México, David Rodríguez, El Conejo, fundador de los Yaps de San Bartolo Ameyalco, recuerda muy bien el día en que un amigo llegó al ensayo con un disco de los Ramones. Fue un descubrimiento que cambió su manera de entender la música. Mike, el cantante del grupo, sabía inglés y les traducía las canciones a los demás.

Rodríguez cuenta que encontró una fotografía de los Ramones en una revista musical, la recortó y la pegó en la portada de un cuaderno escolar. Él y sus compañeros intentaban vestirse como sus ídolos, tanto que sus compañeros de escuela señalaban la fotografía y les preguntaban si eran ellos. Los Yaps empezaron a tocar en fiestas de barrio, primero covers y después sus propias canciones. Tras el festival de Avándaro de 1971, entre la represión del Estado y la falta de espacios, el rock mexicano se refugiaba todavía en las fiestas de barrio y los locales improvisados. Los Ramones eran la demostración viva de que para formar una banda era necesario muy poco.

Acidez, banda punk mexicana nacida a principios de los dos mil, sigue reivindicando esa misma idea de la música: “Nosotros seguimos fieles a nuestras letras. Siempre nos ha valido madre lo que los demás piensen de nosotros. El punk rock nació para ser sencillo, rápido y accesible para cualquiera. Hay quienes buscan el virtuosismo; nosotros buscamos la honestidad de los tres acordes que nos enseñaron los Ramones”.

El 23 de junio de 1989 los Ramones tocaron en el Iguana’s de Tijuana. Dee Dee todavía estaba con ellos. Michael Steinhour, que estuvo presente aquella noche, recordó en LinkedIn un concierto que, casi 40 años después, todavía le parecía imposible de olvidar. “Era como si unos piratas hubieran tomado el control de una ciudad portuaria. Sin límite de edad, el lugar atascado de gente mucho más allá de su capacidad, cerveza barata y reglas de comportamiento completamente opcionales. Caos puro. ¡Y en medio de todo eso, los Ramones! No recuerdo si hubo una banda telonera. Pero el grupo estaba prendidísimo y se alimentaba de la energía del público. Simplemente glorioso”. Tres años después, el 26 y 27 de septiembre de 1992, los Ramones llegaron a la Ciudad de México, al Ex Balneario Olímpico de Pantitlán. Los Yaps abrieron una de las noches. Los chicos que habían descubierto a los Ramones gracias a un disco llevado al ensayo y una fotografía recortada de una revista terminaron compartiendo escenario con sus ídolos. El 2 y 3 de julio de 1993 los Ramones regresaron a la capital, al Gimnasio Olímpico Juan de la Barrera. Les abrió El Tri. El slam fue igualmente olímpico, e incluso hubo competencias de butacas voladoras.

Lollapalooza, 1996

Lemmy Kilmister, de Motörhead, que en dudosa paz descanse, también reconoció en su momento las contradicciones de aquella familia inventada. Entrevistado por The Arts Desk, el recuerdo se convierte en una reflexión sobre la historia de ambos grupos: “Adoro a esos fucking Ramones. Conocía sobre todo a Joey y a Dee Dee. Dee Dee era un desastre, siempre estaba metido en la heroína. Eso fue lo que lo mató. Leí su libro autobiográfico, Poison Heart: muy, muy deprimente. Escribe que odiaba cada minuto que pasó en los Ramones. Es terrible, ¿no crees? Porque a mí me gustaban muchísimo”.

Instalémonos en 1996. Llega Lollapalooza. Los Rancid participan en el festival junto a los Ramones, que han anunciado su última gira. “Te voy a decir por qué voy”, dice Armstrong. “Porque puedo salir de gira con ustedes”. “Los vamos a ver tocar 30 veces. Es su última gira”, continúa Tim. “Quiero ver el último concierto de los Ramones”, dice Lars. “Esto es historia del rock and roll”, responde Tim.

Joey está contento. Le gustan Metallica, Soundgarden y Rancid. Cuenta que Soundgarden ayudó a que los Ramones entraran al cartel del festival, después de años de quedar fuera.

Eddie Vedder, cantante de Pearl Jam, pertenece a esa generación que descubrió a través de los Ramones la posibilidad de hacer música ahora mismo, sin esperar a nada. En 2003 le contó a SPIN cómo fue su encuentro con Road to Ruin, el cuarto álbum de la banda. “En realidad no tenía muy claro qué era el punk rock. Mi primer corte mohawk me lo hice hasta los 22 años. Pero ese disco me abrió un mundo. De alguna manera me daba miedo, tal vez porque los Ramones, por cómo se veían, parecían una pandilla callejera. Cuando tenía 13 años recibí mi primera guitarra y más o menos podía tocar las canciones de Ted Nugent, pero no era capaz de hacer los solos. Con los Ramones, en cambio, podía tocar las canciones de principio a fin”.

El 6 de agosto de 1996 los Ramones suben al escenario del Palace de Los Ángeles por última vez. Es el concierto número 2 263 de la banda. Dee Dee regresa para cantar “Love Kills”, Lemmy toca R.A.M.O.N.E.S., Tim Armstrong y Lars Frederiksen de Rancid participan en “53rd & 3rd”, Ben Shepherd de Soundgarden en “Chinese Rocks”, Eddie Vedder de Pearl Jam canta en el último tema, “Any Way You Want It”, un cover de Dave Clark Five. El final devuelve todo al rock and roll de los años sesenta, a la música que aquellos tipos escuchaban antes de convertirse en los Ramones.

La familia inventada se disolvió sin haber resuelto sus conflictos.

Joey murió en 2001; Dee Dee, en 2002; Johnny, en 2004, y Tommy en 2014. El nombre Ramones continúa apareciendo en playeras, paredes y discos. El punk también se ha convertido en una marca global, pero hay algo que sigue en los márgenes del mercado.

Un chavo que creció en una familia pobre escucha aquellos discos y decide hacer música. Otro ve la misma película 27 veces. En México, una fotografía recortada y pegada en la portada de un cuaderno. En Japón, una muchacha que corre a comprar un disco después de escuchar una canción en la radio.

Aquellos cuatro malpensantes ciudadanos de Queens que no sabían tocar las canciones de otros y decidieron escribir las suyas sí hicieron una revolución. Gracias a ellos, muchísimas personas tomaron una guitarra, un bajo o un par de baquetas y gritaron “One, two, three, four!”. Nacieron bandas, carreras, amores y amistades. Nacieron historias que dudosamente alguien más habría tenido la inconsciencia de contar.

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Noticia que a pesar de ser muy vieja sigue doliendo: hace 30 años, los Ramones —protopunks, punks completos o más allá del punk, lo que ustedes prefieran— se separaron sin superar sus desavenencias. Noticia aún más vieja pero que sigue manteniendo la llama de este amor eterno: hace 50 años se publicó su primer disco. Un recuerdo para ellos.

One, two, three, four, gritado por el bajista. Después, bajo, guitarra y batería arrancan como si de golpe se abriera la compuerta de una presa. Y entonces entra la voz de Joey. Durante 22 años fue la fórmula mágica de los falsos hermanos Ramones. El punk antes del punk, podría decirse.

Una banda que cambió las reglas del juego, nacida en Nueva York, criada dentro del CBGB y que se hizo grande tocando cada vez más rápido. Mientras el rock parecía encaminarse hacia el progresivo, los Ramones construyeron una carrera con canciones que rara vez superaban los cuatro acordes. Fuera del callejón habitado por los Ramones, las producciones se volvían gigantescas, los solos instrumentales se alargaban y el negocio alcanzaba velocidad crucero. Ellos decidieron otra cosa.

Desde 1968, con Dylan y Baez, el rock y el folk se habían convertido en instrumentos contra la Guerra de Vietnam y a favor del movimiento de derechos civiles. Canciones como manifiestos, conciertos como asambleas, músicos como portavoces de una generación: declarar una postura política empezaba a convertirse en una convención.

Los Ramones rompieron con la idea de que el rock tenía que convertirse necesariamente en un manifiesto político. De todas formas, los integrantes no compartían una misma posición política o acaso vital: Joey era cercano a la izquierda, Johnny votaba republicano y Dee Dee pescaba las canciones de la calle, espacio de adicciones y obsesiones. Cantaban sobre adolescentes inadaptados, hospitales psiquiátricos, inhalar pegamento, prostitución, aburrimiento, amores imposibles y ganas de escapar. Hablaban de soledad, violencia y alienación sin proclamas, a través de la ironía y de canciones que duraban menos de dos minutos.

Por debajo del gran —pomposo— rock de los años setenta crecía una escena más inmediata y rabiosa. Los Stooges y Velvet Underground jugaban en una liga distinta a la de Pink Floyd y King Crimson. Los Sex Pistols y los Clash todavía no habían llegado. En Nueva York, alrededor del CBGB —un dive bar en el Bowery, una de las zonas más de rompe y rasga de la ciudad de entonces—, una generación aún desconocida mezclaba rock, garage y vanguardias. Television, Stilettos, Blondie, Talking Heads, Mink DeVille, Heartbreakers y, poco después, Dead Boys, Tuff Darts, Shirts, Fleshtones. Y los Ramones. Cuatro individuos de Queens con un apellido común inventado.

Así recordaba Dee Dee Ramone aquellos años: “Me juntaba con un montón de tipos con los que me drogaba. Joey Ramone no se drogaba. Lo había intentado, pero no podía controlar las drogas. Una vez lo vi fumar mariguana y después empezó a temblar, acurrucado en el piso en posición fetal, mientras gritaba: ‘¡Me estoy volviendo loco! ¡Me estoy volviendo loco!’. En aquella época Joey pintaba. ¡Trituraba zanahorias, lechuga, nabos y fresas para mezclarlos y usarlos como pintura! Sus cuadros no estaban mal, y además trataba de grabar cintas con toda clase de sonidos. Sus papás tenían un departamento en el piso 20. Una vez había una tormenta eléctrica y salió al balcón con un micrófono para grabar los truenos, ¡pero un rayo cayó sobre el micrófono y terminó quemándolo todo! Me hacía botar una pelota de basquetbol durante media hora para grabar el sonido. Después se pasaba un día entero escuchándolo, completamente ido. Joey y yo solíamos sentarnos en las escaleras de un banco en Queens Boulevard, con una botella de vino, mientras John se escabullía para inhalar un poco de pegamento”.

“Cuando entré al grupo yo era el baterista. En realidad no quería tocar la batería, porque antes de los Ramones cantaba en otra banda. Creo que fue Dee Dee quien quiso que entrara al grupo. Johnny me llamó un día. Nos conocíamos del barrio y pensé que estaría bien, salvo por el detalle de que tenía que tocar la batería”. Así narró Joey Ramone los inicios de la banda en una conversación con Tim Armstrong y Lars Frederiksen, de Rancid, en 1996, cuando los Ramones ya habían anunciado su despedida.

Familia por invención

Recapitulemos. Se trata casi de un asunto de generación espontánea. El 30 de marzo de 1974 los Ramones —cuatro sujetos que venían de Queens— se presentaron en el Performance Studio de Nueva York. Johnny tocó la guitarra, Dee Dee el bajo y canta; Joey, en la batería. Tommy, que al principio los acompaña como organizador y consejero, intentaba darle forma a aquel ruido.

“Yo quería cantar”, señalaba Joey cada que podía. “Tommy, que nunca en su vida había tocado la batería, al principio era productor. Había trabajado en los Electric Lady Studios de Jimi Hendrix, y nos asesoraba. Cuando entendimos que conmigo en la batería aquello no funcionaba, buscamos a alguien que simplemente pudiera llevar el ritmo. Pero en esa época todos querían lucirse. Así que Tommy se sentaba detrás de la batería para mostrarles a los demás cómo tenían que tocar, hasta que le pedimos que se convirtiera él en el baterista”. Joey pasó al micrófono, Tommy tomó las baquetas. La regla: eliminar todo lo que sobra.

Johnny había visto a los New York Dolls. Es decir, aprendió que, de preferencia, no había que ser un virtuoso. Su guitarra se convirtió en el motor de la banda: pocos acordes, ningún solo, un rasgueo continuo, casi mecánico. Es a Dee Dee al que se le ocurrió el apellido Ramone. Recordaba a Paul Ramon, el seudónimo que utilizó Paul McCartney antes de la explosión Beatle. ¿Qué nombres tenían antes del bautismo? Un dato insignificante, quizá. Pero dejémoslo por escrito: Douglas Colvin se convirtió en Dee Dee Ramone, John Cummings en Johnny Ramone, Jeffrey Hyman en Joey Ramone y Tamás Erdélyi en Tommy Ramone. Una familia inventada, cuatro personalidades del todo distintas.

Johnny Ramone tenía una idea muy precisa de cómo debía sonar el rock and roll. Entrevistado en 1983 por el periodista Steve Newton, contó: “Tratamos de tocar una música salvaje, divertida, agresiva”. Y cuando le preguntaron si los Ramones eran una banda punk, respondió: “Supongo que sí. Depende de lo que entiendas por punk. Para mí Elvis Presley era punk, y también los Rolling Stones, al principio, eran punk. Pero si hablas de una especie de moda, entonces no sabría decirte”.

La sencillez también era una manera de estar juntos. En 1996 Tim Armstrong, de Rancid, recapituló junto a Joey cómo se formó su propia banda. Dijo que simplemente conocía a Matt Freeman desde que tenían cinco años. Luego Lars se sumó al grupo. Brett Reed, skater y amigo, entró sin saber tocar la batería. “Ustedes estaban concentrados en las canciones, no en los músicos”, le dijo a Joey. “No se trataba de que el baterista o el guitarrista se lucieran. Nosotros pertenecemos a otra tradición”.

En 1988, durante una gira por Japón, el periodista Steve Harris entrevistó a Joey y le preguntó cómo había conseguido la banda construir un sonido tan reconocible. “Bueno, todas las bandas tratan de desarrollar un sonido distintivo, un sello propio, pero pocas lo consiguen. Ese es el objetivo más grande: tener un sonido que sea solamente tuyo. Ya se trate de los Beatles, Little Richard, Elvis Presley, los Rolling Stones, Led Zeppelin, los Ramones o los Who, ese es el logro más importante. La mayoría de las bandas termina imitando a alguien más (…) Basta pensar en cuántos grupos fueron influenciados por los Who, por ejemplo, o por los Stones. Pero cuando logras crear algo propio, es algo que simplemente sucede. Es cuestión de química. No es que puedas decir: ‘Ah, voy a tratar de crear un sonido que sea solamente mío’. Simplemente pasa. Claro, puedes decir: ‘Quiero escribir una canción como esta’, pero cuando se trata de crear un sonido, un sonido verdaderamente tuyo y reconocible, es algo que nace de manera espontánea”.

Volvamos a 1974, a Nueva York. “Cuando empezamos estábamos prácticamente solos, porque nadie tocaba como nosotros. Y era difícil. Siempre estás solo”, le contó Joey a Rancid. Armstrong reviró: “Los marginados. Ese es precisamente el verdadero espíritu de todo esto”. Joey prosiguió: “Sabíamos que teníamos algo que funcionaba. Pero pensábamos que éramos los únicos a quienes les gustaba. Era muy diferente de todo lo demás. Mucha gente no lo entendía. Cuando empezamos a tocar en el CBGB no había nadie. Creo que uno de nuestros primeros fans fue Alan Vega, de Suicide. Le dijo a Johnny que había esperado algo así durante toda su vida”.

El downtown de Manhattan estaba en crisis: desempleo, edificios abandonados, rentas bajas que, en contrapartida, dejaban espacio para los artistas. El CBGB, concebido por Hilly Kristal como espacio para el country, el bluegrass y el blues, tiene que albergar, en cambio, a Patti Smith, Blondie, Television y Talking Heads. Los Ramones llevaron canciones vertiginosas, herederas de los sencillos de los años sesenta.

“Creo que al principio no éramos lo suficientemente buenos para tocar las canciones de otros”, contó Joey a Rancid. “Así que empezamos a escribir las nuestras. Eso era lo bonito de los Ramones: habíamos empezado desde cero. No éramos músicos experimentados. Habíamos construido todo desde abajo”.

El 23 de abril de 1976 se publicó Ramones. Catorce canciones, menos de media hora de música, un costo de grabación de unos 6 400 dólares. “Blitzkrieg Bop”, “Beat on the Brat”, “Judy Is a Punk”, “Now I Wanna Sniff Some Glue”, “I Wanna Be Your Boyfriend”. La portada, fotografiada por Roberta Bayley, mostraba a los cuatro frente a una pared de ladrillos. Pantalones de mezclilla, chamarras de cuero, tenis, cabello largo. Una fotografía destinada a reproducirse millones de veces. El disco vendió poco, pero empezó a pasar de mano en mano entre personas que buscan otra manera de entender la música.

(Y esa tan particular manera de estar en el mundo y no sentir ni pizca de vergüenza por ello sigue teniendo defensores, de todo tipo y residencia. Es maravilloso que 50 años después, en México, los Chingadazo de Kung Fu digan cosas como: “Creemos que cuando haces una canción que habla de los sentimientos de los animales pierdes la esencia de querer solamente oler pegamento y perder el tiempo, que era exactamente de lo que cantaban los Ramones cuando empezaron con el punk rock”.)

En 1977 llegaron Leave Home y Rocket to Russia. En 1978, Road to Ruin. Las canciones se volvieron cada vez más conocidas, los conciertos cada vez más rápidos. “Sheena Is a Punk Rocker”, “Rockaway Beach”, “Teenage Lobotomy”, “I Wanna Be Sedated”. Tommy dejó la batería cansado de las giras, pero siguió trabajando con el grupo como productor. Llegó Marky Ramone, que traía consigo experiencias musicales diferentes. Las melodías se quedaban grabadas en la cabeza, la agresividad comenzó a convivir con la diversión.

En 1978 Devorah Ostrov los entrevistó para el fanzine Widows & Orphans. La pregunta ineludible: ¿se estaban volviendo más comerciales? “No vamos a cambiar para volvernos comerciales”, respondió Joey, quien fue aún más explícito cuando la conversación tocó los temas del éxito y el futuro de la banda. “El rock and roll habría muerto si se hubiera quedado inmutable”, sostuvo. ¿Y Johnny? Él no veía nada malo en hacerse famoso.

Joey era cercano a la cultura progresista; Johnny, un conservador de manual. Su convivencia también quedaba marcada por episodios personales dolorosos. Y, sin embargo, siguieron compartiendo escenario, hoteles y giras. “Los Ramones tuvieron que hacer sacrificios para mantenerse juntos todos estos años”, le diría años después Joey a Rancid. “Tienes que saber lo que tienes, amarlo de verdad, apreciar a tus fans. No fue fácil que nos aceptaran. En realidad nunca nos aceptaron por completo, y está bien así. Y tampoco fue fácil llevarnos bien. Con el tiempo las cosas entre Johnny y yo se volvieron tensas, después de una serie de... incidentes. No quiero hablar de eso. Pero tienes que valorar lo que tienes. Por eso seguimos adelante. Por lo menos yo seguí adelante. Johnny y yo, durante 22 años”.

En 1985 Joey escribió “Bonzo Goes to Bitburg”, después de ver por televisión a Ronald Reagan visitar un cementerio militar alemán en el que también estaban enterrados miembros de las SS. Una postura explícita en una banda dividida políticamente. A Steve Harris, Joey le explica que no se trataba de un cambio de rumbo: durante los primeros años habían elegido hablar de frustración y alienación, en lugar de reproducir el talante de las canciones en contra de la Guerra de Vietnam. Y no pasaba nada.

Eran irresistibles. Bruce Springsteen contó que había visto a los Ramones en Asbury Park y pensado en escribir una canción para ellos. Al regresar a casa compuso “Hungry Heart”, pero su mánager Jon Landau lo convenció de quedársela. Ser terminó convirtiendo en uno de sus mayores éxitos. Los Ramones, en cambio, siguen vendiendo mucho menos que el ejército de músicos que crecieron escuchándolos.

En 1989 Dee Dee abandonó el grupo. Las adicciones, las dificultades personales y los conflictos acumulados hacían imposible continuar. Llegó C.J. Ramone, mucho más joven que los demás. La banda encontró una nueva energía sobre el escenario, mientras Dee Dee siguió escribiendo canciones y persiguiendo proyectos personales. En su autobiografía Lobotomy, narró el lado más difícil de la historia de los Ramones: la vida de gira, la soledad, las drogas, las relaciones deterioradas, la sensación de haber quedado atrapado en una banda que él mismo había ayudado a inventar.

Cohete a Pantitlán, 1992

Aquella música no colonizó las listas de éxitos, pero cruzó océanos y fronteras. En México, David Rodríguez, El Conejo, fundador de los Yaps de San Bartolo Ameyalco, recuerda muy bien el día en que un amigo llegó al ensayo con un disco de los Ramones. Fue un descubrimiento que cambió su manera de entender la música. Mike, el cantante del grupo, sabía inglés y les traducía las canciones a los demás.

Rodríguez cuenta que encontró una fotografía de los Ramones en una revista musical, la recortó y la pegó en la portada de un cuaderno escolar. Él y sus compañeros intentaban vestirse como sus ídolos, tanto que sus compañeros de escuela señalaban la fotografía y les preguntaban si eran ellos. Los Yaps empezaron a tocar en fiestas de barrio, primero covers y después sus propias canciones. Tras el festival de Avándaro de 1971, entre la represión del Estado y la falta de espacios, el rock mexicano se refugiaba todavía en las fiestas de barrio y los locales improvisados. Los Ramones eran la demostración viva de que para formar una banda era necesario muy poco.

Acidez, banda punk mexicana nacida a principios de los dos mil, sigue reivindicando esa misma idea de la música: “Nosotros seguimos fieles a nuestras letras. Siempre nos ha valido madre lo que los demás piensen de nosotros. El punk rock nació para ser sencillo, rápido y accesible para cualquiera. Hay quienes buscan el virtuosismo; nosotros buscamos la honestidad de los tres acordes que nos enseñaron los Ramones”.

El 23 de junio de 1989 los Ramones tocaron en el Iguana’s de Tijuana. Dee Dee todavía estaba con ellos. Michael Steinhour, que estuvo presente aquella noche, recordó en LinkedIn un concierto que, casi 40 años después, todavía le parecía imposible de olvidar. “Era como si unos piratas hubieran tomado el control de una ciudad portuaria. Sin límite de edad, el lugar atascado de gente mucho más allá de su capacidad, cerveza barata y reglas de comportamiento completamente opcionales. Caos puro. ¡Y en medio de todo eso, los Ramones! No recuerdo si hubo una banda telonera. Pero el grupo estaba prendidísimo y se alimentaba de la energía del público. Simplemente glorioso”. Tres años después, el 26 y 27 de septiembre de 1992, los Ramones llegaron a la Ciudad de México, al Ex Balneario Olímpico de Pantitlán. Los Yaps abrieron una de las noches. Los chicos que habían descubierto a los Ramones gracias a un disco llevado al ensayo y una fotografía recortada de una revista terminaron compartiendo escenario con sus ídolos. El 2 y 3 de julio de 1993 los Ramones regresaron a la capital, al Gimnasio Olímpico Juan de la Barrera. Les abrió El Tri. El slam fue igualmente olímpico, e incluso hubo competencias de butacas voladoras.

Lollapalooza, 1996

Lemmy Kilmister, de Motörhead, que en dudosa paz descanse, también reconoció en su momento las contradicciones de aquella familia inventada. Entrevistado por The Arts Desk, el recuerdo se convierte en una reflexión sobre la historia de ambos grupos: “Adoro a esos fucking Ramones. Conocía sobre todo a Joey y a Dee Dee. Dee Dee era un desastre, siempre estaba metido en la heroína. Eso fue lo que lo mató. Leí su libro autobiográfico, Poison Heart: muy, muy deprimente. Escribe que odiaba cada minuto que pasó en los Ramones. Es terrible, ¿no crees? Porque a mí me gustaban muchísimo”.

Instalémonos en 1996. Llega Lollapalooza. Los Rancid participan en el festival junto a los Ramones, que han anunciado su última gira. “Te voy a decir por qué voy”, dice Armstrong. “Porque puedo salir de gira con ustedes”. “Los vamos a ver tocar 30 veces. Es su última gira”, continúa Tim. “Quiero ver el último concierto de los Ramones”, dice Lars. “Esto es historia del rock and roll”, responde Tim.

Joey está contento. Le gustan Metallica, Soundgarden y Rancid. Cuenta que Soundgarden ayudó a que los Ramones entraran al cartel del festival, después de años de quedar fuera.

Eddie Vedder, cantante de Pearl Jam, pertenece a esa generación que descubrió a través de los Ramones la posibilidad de hacer música ahora mismo, sin esperar a nada. En 2003 le contó a SPIN cómo fue su encuentro con Road to Ruin, el cuarto álbum de la banda. “En realidad no tenía muy claro qué era el punk rock. Mi primer corte mohawk me lo hice hasta los 22 años. Pero ese disco me abrió un mundo. De alguna manera me daba miedo, tal vez porque los Ramones, por cómo se veían, parecían una pandilla callejera. Cuando tenía 13 años recibí mi primera guitarra y más o menos podía tocar las canciones de Ted Nugent, pero no era capaz de hacer los solos. Con los Ramones, en cambio, podía tocar las canciones de principio a fin”.

El 6 de agosto de 1996 los Ramones suben al escenario del Palace de Los Ángeles por última vez. Es el concierto número 2 263 de la banda. Dee Dee regresa para cantar “Love Kills”, Lemmy toca R.A.M.O.N.E.S., Tim Armstrong y Lars Frederiksen de Rancid participan en “53rd & 3rd”, Ben Shepherd de Soundgarden en “Chinese Rocks”, Eddie Vedder de Pearl Jam canta en el último tema, “Any Way You Want It”, un cover de Dave Clark Five. El final devuelve todo al rock and roll de los años sesenta, a la música que aquellos tipos escuchaban antes de convertirse en los Ramones.

La familia inventada se disolvió sin haber resuelto sus conflictos.

Joey murió en 2001; Dee Dee, en 2002; Johnny, en 2004, y Tommy en 2014. El nombre Ramones continúa apareciendo en playeras, paredes y discos. El punk también se ha convertido en una marca global, pero hay algo que sigue en los márgenes del mercado.

Un chavo que creció en una familia pobre escucha aquellos discos y decide hacer música. Otro ve la misma película 27 veces. En México, una fotografía recortada y pegada en la portada de un cuaderno. En Japón, una muchacha que corre a comprar un disco después de escuchar una canción en la radio.

Aquellos cuatro malpensantes ciudadanos de Queens que no sabían tocar las canciones de otros y decidieron escribir las suyas sí hicieron una revolución. Gracias a ellos, muchísimas personas tomaron una guitarra, un bajo o un par de baquetas y gritaron “One, two, three, four!”. Nacieron bandas, carreras, amores y amistades. Nacieron historias que dudosamente alguien más habría tenido la inconsciencia de contar.

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La revolución de los tres acordes urgentes: los Ramones, año 50

La revolución de los tres acordes urgentes: los Ramones, año 50

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Noticia que a pesar de ser muy vieja sigue doliendo: hace 30 años, los Ramones —protopunks, punks completos o más allá del punk, lo que ustedes prefieran— se separaron sin superar sus desavenencias. Noticia aún más vieja pero que sigue manteniendo la llama de este amor eterno: hace 50 años se publicó su primer disco. Un recuerdo para ellos.

Texto de
Fotografía de
Realización de
Ilustración de
Traducción de

One, two, three, four, gritado por el bajista. Después, bajo, guitarra y batería arrancan como si de golpe se abriera la compuerta de una presa. Y entonces entra la voz de Joey. Durante 22 años fue la fórmula mágica de los falsos hermanos Ramones. El punk antes del punk, podría decirse.

Una banda que cambió las reglas del juego, nacida en Nueva York, criada dentro del CBGB y que se hizo grande tocando cada vez más rápido. Mientras el rock parecía encaminarse hacia el progresivo, los Ramones construyeron una carrera con canciones que rara vez superaban los cuatro acordes. Fuera del callejón habitado por los Ramones, las producciones se volvían gigantescas, los solos instrumentales se alargaban y el negocio alcanzaba velocidad crucero. Ellos decidieron otra cosa.

Desde 1968, con Dylan y Baez, el rock y el folk se habían convertido en instrumentos contra la Guerra de Vietnam y a favor del movimiento de derechos civiles. Canciones como manifiestos, conciertos como asambleas, músicos como portavoces de una generación: declarar una postura política empezaba a convertirse en una convención.

Los Ramones rompieron con la idea de que el rock tenía que convertirse necesariamente en un manifiesto político. De todas formas, los integrantes no compartían una misma posición política o acaso vital: Joey era cercano a la izquierda, Johnny votaba republicano y Dee Dee pescaba las canciones de la calle, espacio de adicciones y obsesiones. Cantaban sobre adolescentes inadaptados, hospitales psiquiátricos, inhalar pegamento, prostitución, aburrimiento, amores imposibles y ganas de escapar. Hablaban de soledad, violencia y alienación sin proclamas, a través de la ironía y de canciones que duraban menos de dos minutos.

Por debajo del gran —pomposo— rock de los años setenta crecía una escena más inmediata y rabiosa. Los Stooges y Velvet Underground jugaban en una liga distinta a la de Pink Floyd y King Crimson. Los Sex Pistols y los Clash todavía no habían llegado. En Nueva York, alrededor del CBGB —un dive bar en el Bowery, una de las zonas más de rompe y rasga de la ciudad de entonces—, una generación aún desconocida mezclaba rock, garage y vanguardias. Television, Stilettos, Blondie, Talking Heads, Mink DeVille, Heartbreakers y, poco después, Dead Boys, Tuff Darts, Shirts, Fleshtones. Y los Ramones. Cuatro individuos de Queens con un apellido común inventado.

Así recordaba Dee Dee Ramone aquellos años: “Me juntaba con un montón de tipos con los que me drogaba. Joey Ramone no se drogaba. Lo había intentado, pero no podía controlar las drogas. Una vez lo vi fumar mariguana y después empezó a temblar, acurrucado en el piso en posición fetal, mientras gritaba: ‘¡Me estoy volviendo loco! ¡Me estoy volviendo loco!’. En aquella época Joey pintaba. ¡Trituraba zanahorias, lechuga, nabos y fresas para mezclarlos y usarlos como pintura! Sus cuadros no estaban mal, y además trataba de grabar cintas con toda clase de sonidos. Sus papás tenían un departamento en el piso 20. Una vez había una tormenta eléctrica y salió al balcón con un micrófono para grabar los truenos, ¡pero un rayo cayó sobre el micrófono y terminó quemándolo todo! Me hacía botar una pelota de basquetbol durante media hora para grabar el sonido. Después se pasaba un día entero escuchándolo, completamente ido. Joey y yo solíamos sentarnos en las escaleras de un banco en Queens Boulevard, con una botella de vino, mientras John se escabullía para inhalar un poco de pegamento”.

“Cuando entré al grupo yo era el baterista. En realidad no quería tocar la batería, porque antes de los Ramones cantaba en otra banda. Creo que fue Dee Dee quien quiso que entrara al grupo. Johnny me llamó un día. Nos conocíamos del barrio y pensé que estaría bien, salvo por el detalle de que tenía que tocar la batería”. Así narró Joey Ramone los inicios de la banda en una conversación con Tim Armstrong y Lars Frederiksen, de Rancid, en 1996, cuando los Ramones ya habían anunciado su despedida.

Familia por invención

Recapitulemos. Se trata casi de un asunto de generación espontánea. El 30 de marzo de 1974 los Ramones —cuatro sujetos que venían de Queens— se presentaron en el Performance Studio de Nueva York. Johnny tocó la guitarra, Dee Dee el bajo y canta; Joey, en la batería. Tommy, que al principio los acompaña como organizador y consejero, intentaba darle forma a aquel ruido.

“Yo quería cantar”, señalaba Joey cada que podía. “Tommy, que nunca en su vida había tocado la batería, al principio era productor. Había trabajado en los Electric Lady Studios de Jimi Hendrix, y nos asesoraba. Cuando entendimos que conmigo en la batería aquello no funcionaba, buscamos a alguien que simplemente pudiera llevar el ritmo. Pero en esa época todos querían lucirse. Así que Tommy se sentaba detrás de la batería para mostrarles a los demás cómo tenían que tocar, hasta que le pedimos que se convirtiera él en el baterista”. Joey pasó al micrófono, Tommy tomó las baquetas. La regla: eliminar todo lo que sobra.

Johnny había visto a los New York Dolls. Es decir, aprendió que, de preferencia, no había que ser un virtuoso. Su guitarra se convirtió en el motor de la banda: pocos acordes, ningún solo, un rasgueo continuo, casi mecánico. Es a Dee Dee al que se le ocurrió el apellido Ramone. Recordaba a Paul Ramon, el seudónimo que utilizó Paul McCartney antes de la explosión Beatle. ¿Qué nombres tenían antes del bautismo? Un dato insignificante, quizá. Pero dejémoslo por escrito: Douglas Colvin se convirtió en Dee Dee Ramone, John Cummings en Johnny Ramone, Jeffrey Hyman en Joey Ramone y Tamás Erdélyi en Tommy Ramone. Una familia inventada, cuatro personalidades del todo distintas.

Johnny Ramone tenía una idea muy precisa de cómo debía sonar el rock and roll. Entrevistado en 1983 por el periodista Steve Newton, contó: “Tratamos de tocar una música salvaje, divertida, agresiva”. Y cuando le preguntaron si los Ramones eran una banda punk, respondió: “Supongo que sí. Depende de lo que entiendas por punk. Para mí Elvis Presley era punk, y también los Rolling Stones, al principio, eran punk. Pero si hablas de una especie de moda, entonces no sabría decirte”.

La sencillez también era una manera de estar juntos. En 1996 Tim Armstrong, de Rancid, recapituló junto a Joey cómo se formó su propia banda. Dijo que simplemente conocía a Matt Freeman desde que tenían cinco años. Luego Lars se sumó al grupo. Brett Reed, skater y amigo, entró sin saber tocar la batería. “Ustedes estaban concentrados en las canciones, no en los músicos”, le dijo a Joey. “No se trataba de que el baterista o el guitarrista se lucieran. Nosotros pertenecemos a otra tradición”.

En 1988, durante una gira por Japón, el periodista Steve Harris entrevistó a Joey y le preguntó cómo había conseguido la banda construir un sonido tan reconocible. “Bueno, todas las bandas tratan de desarrollar un sonido distintivo, un sello propio, pero pocas lo consiguen. Ese es el objetivo más grande: tener un sonido que sea solamente tuyo. Ya se trate de los Beatles, Little Richard, Elvis Presley, los Rolling Stones, Led Zeppelin, los Ramones o los Who, ese es el logro más importante. La mayoría de las bandas termina imitando a alguien más (…) Basta pensar en cuántos grupos fueron influenciados por los Who, por ejemplo, o por los Stones. Pero cuando logras crear algo propio, es algo que simplemente sucede. Es cuestión de química. No es que puedas decir: ‘Ah, voy a tratar de crear un sonido que sea solamente mío’. Simplemente pasa. Claro, puedes decir: ‘Quiero escribir una canción como esta’, pero cuando se trata de crear un sonido, un sonido verdaderamente tuyo y reconocible, es algo que nace de manera espontánea”.

Volvamos a 1974, a Nueva York. “Cuando empezamos estábamos prácticamente solos, porque nadie tocaba como nosotros. Y era difícil. Siempre estás solo”, le contó Joey a Rancid. Armstrong reviró: “Los marginados. Ese es precisamente el verdadero espíritu de todo esto”. Joey prosiguió: “Sabíamos que teníamos algo que funcionaba. Pero pensábamos que éramos los únicos a quienes les gustaba. Era muy diferente de todo lo demás. Mucha gente no lo entendía. Cuando empezamos a tocar en el CBGB no había nadie. Creo que uno de nuestros primeros fans fue Alan Vega, de Suicide. Le dijo a Johnny que había esperado algo así durante toda su vida”.

El downtown de Manhattan estaba en crisis: desempleo, edificios abandonados, rentas bajas que, en contrapartida, dejaban espacio para los artistas. El CBGB, concebido por Hilly Kristal como espacio para el country, el bluegrass y el blues, tiene que albergar, en cambio, a Patti Smith, Blondie, Television y Talking Heads. Los Ramones llevaron canciones vertiginosas, herederas de los sencillos de los años sesenta.

“Creo que al principio no éramos lo suficientemente buenos para tocar las canciones de otros”, contó Joey a Rancid. “Así que empezamos a escribir las nuestras. Eso era lo bonito de los Ramones: habíamos empezado desde cero. No éramos músicos experimentados. Habíamos construido todo desde abajo”.

El 23 de abril de 1976 se publicó Ramones. Catorce canciones, menos de media hora de música, un costo de grabación de unos 6 400 dólares. “Blitzkrieg Bop”, “Beat on the Brat”, “Judy Is a Punk”, “Now I Wanna Sniff Some Glue”, “I Wanna Be Your Boyfriend”. La portada, fotografiada por Roberta Bayley, mostraba a los cuatro frente a una pared de ladrillos. Pantalones de mezclilla, chamarras de cuero, tenis, cabello largo. Una fotografía destinada a reproducirse millones de veces. El disco vendió poco, pero empezó a pasar de mano en mano entre personas que buscan otra manera de entender la música.

(Y esa tan particular manera de estar en el mundo y no sentir ni pizca de vergüenza por ello sigue teniendo defensores, de todo tipo y residencia. Es maravilloso que 50 años después, en México, los Chingadazo de Kung Fu digan cosas como: “Creemos que cuando haces una canción que habla de los sentimientos de los animales pierdes la esencia de querer solamente oler pegamento y perder el tiempo, que era exactamente de lo que cantaban los Ramones cuando empezaron con el punk rock”.)

En 1977 llegaron Leave Home y Rocket to Russia. En 1978, Road to Ruin. Las canciones se volvieron cada vez más conocidas, los conciertos cada vez más rápidos. “Sheena Is a Punk Rocker”, “Rockaway Beach”, “Teenage Lobotomy”, “I Wanna Be Sedated”. Tommy dejó la batería cansado de las giras, pero siguió trabajando con el grupo como productor. Llegó Marky Ramone, que traía consigo experiencias musicales diferentes. Las melodías se quedaban grabadas en la cabeza, la agresividad comenzó a convivir con la diversión.

En 1978 Devorah Ostrov los entrevistó para el fanzine Widows & Orphans. La pregunta ineludible: ¿se estaban volviendo más comerciales? “No vamos a cambiar para volvernos comerciales”, respondió Joey, quien fue aún más explícito cuando la conversación tocó los temas del éxito y el futuro de la banda. “El rock and roll habría muerto si se hubiera quedado inmutable”, sostuvo. ¿Y Johnny? Él no veía nada malo en hacerse famoso.

Joey era cercano a la cultura progresista; Johnny, un conservador de manual. Su convivencia también quedaba marcada por episodios personales dolorosos. Y, sin embargo, siguieron compartiendo escenario, hoteles y giras. “Los Ramones tuvieron que hacer sacrificios para mantenerse juntos todos estos años”, le diría años después Joey a Rancid. “Tienes que saber lo que tienes, amarlo de verdad, apreciar a tus fans. No fue fácil que nos aceptaran. En realidad nunca nos aceptaron por completo, y está bien así. Y tampoco fue fácil llevarnos bien. Con el tiempo las cosas entre Johnny y yo se volvieron tensas, después de una serie de... incidentes. No quiero hablar de eso. Pero tienes que valorar lo que tienes. Por eso seguimos adelante. Por lo menos yo seguí adelante. Johnny y yo, durante 22 años”.

En 1985 Joey escribió “Bonzo Goes to Bitburg”, después de ver por televisión a Ronald Reagan visitar un cementerio militar alemán en el que también estaban enterrados miembros de las SS. Una postura explícita en una banda dividida políticamente. A Steve Harris, Joey le explica que no se trataba de un cambio de rumbo: durante los primeros años habían elegido hablar de frustración y alienación, en lugar de reproducir el talante de las canciones en contra de la Guerra de Vietnam. Y no pasaba nada.

Eran irresistibles. Bruce Springsteen contó que había visto a los Ramones en Asbury Park y pensado en escribir una canción para ellos. Al regresar a casa compuso “Hungry Heart”, pero su mánager Jon Landau lo convenció de quedársela. Ser terminó convirtiendo en uno de sus mayores éxitos. Los Ramones, en cambio, siguen vendiendo mucho menos que el ejército de músicos que crecieron escuchándolos.

En 1989 Dee Dee abandonó el grupo. Las adicciones, las dificultades personales y los conflictos acumulados hacían imposible continuar. Llegó C.J. Ramone, mucho más joven que los demás. La banda encontró una nueva energía sobre el escenario, mientras Dee Dee siguió escribiendo canciones y persiguiendo proyectos personales. En su autobiografía Lobotomy, narró el lado más difícil de la historia de los Ramones: la vida de gira, la soledad, las drogas, las relaciones deterioradas, la sensación de haber quedado atrapado en una banda que él mismo había ayudado a inventar.

Cohete a Pantitlán, 1992

Aquella música no colonizó las listas de éxitos, pero cruzó océanos y fronteras. En México, David Rodríguez, El Conejo, fundador de los Yaps de San Bartolo Ameyalco, recuerda muy bien el día en que un amigo llegó al ensayo con un disco de los Ramones. Fue un descubrimiento que cambió su manera de entender la música. Mike, el cantante del grupo, sabía inglés y les traducía las canciones a los demás.

Rodríguez cuenta que encontró una fotografía de los Ramones en una revista musical, la recortó y la pegó en la portada de un cuaderno escolar. Él y sus compañeros intentaban vestirse como sus ídolos, tanto que sus compañeros de escuela señalaban la fotografía y les preguntaban si eran ellos. Los Yaps empezaron a tocar en fiestas de barrio, primero covers y después sus propias canciones. Tras el festival de Avándaro de 1971, entre la represión del Estado y la falta de espacios, el rock mexicano se refugiaba todavía en las fiestas de barrio y los locales improvisados. Los Ramones eran la demostración viva de que para formar una banda era necesario muy poco.

Acidez, banda punk mexicana nacida a principios de los dos mil, sigue reivindicando esa misma idea de la música: “Nosotros seguimos fieles a nuestras letras. Siempre nos ha valido madre lo que los demás piensen de nosotros. El punk rock nació para ser sencillo, rápido y accesible para cualquiera. Hay quienes buscan el virtuosismo; nosotros buscamos la honestidad de los tres acordes que nos enseñaron los Ramones”.

El 23 de junio de 1989 los Ramones tocaron en el Iguana’s de Tijuana. Dee Dee todavía estaba con ellos. Michael Steinhour, que estuvo presente aquella noche, recordó en LinkedIn un concierto que, casi 40 años después, todavía le parecía imposible de olvidar. “Era como si unos piratas hubieran tomado el control de una ciudad portuaria. Sin límite de edad, el lugar atascado de gente mucho más allá de su capacidad, cerveza barata y reglas de comportamiento completamente opcionales. Caos puro. ¡Y en medio de todo eso, los Ramones! No recuerdo si hubo una banda telonera. Pero el grupo estaba prendidísimo y se alimentaba de la energía del público. Simplemente glorioso”. Tres años después, el 26 y 27 de septiembre de 1992, los Ramones llegaron a la Ciudad de México, al Ex Balneario Olímpico de Pantitlán. Los Yaps abrieron una de las noches. Los chicos que habían descubierto a los Ramones gracias a un disco llevado al ensayo y una fotografía recortada de una revista terminaron compartiendo escenario con sus ídolos. El 2 y 3 de julio de 1993 los Ramones regresaron a la capital, al Gimnasio Olímpico Juan de la Barrera. Les abrió El Tri. El slam fue igualmente olímpico, e incluso hubo competencias de butacas voladoras.

Lollapalooza, 1996

Lemmy Kilmister, de Motörhead, que en dudosa paz descanse, también reconoció en su momento las contradicciones de aquella familia inventada. Entrevistado por The Arts Desk, el recuerdo se convierte en una reflexión sobre la historia de ambos grupos: “Adoro a esos fucking Ramones. Conocía sobre todo a Joey y a Dee Dee. Dee Dee era un desastre, siempre estaba metido en la heroína. Eso fue lo que lo mató. Leí su libro autobiográfico, Poison Heart: muy, muy deprimente. Escribe que odiaba cada minuto que pasó en los Ramones. Es terrible, ¿no crees? Porque a mí me gustaban muchísimo”.

Instalémonos en 1996. Llega Lollapalooza. Los Rancid participan en el festival junto a los Ramones, que han anunciado su última gira. “Te voy a decir por qué voy”, dice Armstrong. “Porque puedo salir de gira con ustedes”. “Los vamos a ver tocar 30 veces. Es su última gira”, continúa Tim. “Quiero ver el último concierto de los Ramones”, dice Lars. “Esto es historia del rock and roll”, responde Tim.

Joey está contento. Le gustan Metallica, Soundgarden y Rancid. Cuenta que Soundgarden ayudó a que los Ramones entraran al cartel del festival, después de años de quedar fuera.

Eddie Vedder, cantante de Pearl Jam, pertenece a esa generación que descubrió a través de los Ramones la posibilidad de hacer música ahora mismo, sin esperar a nada. En 2003 le contó a SPIN cómo fue su encuentro con Road to Ruin, el cuarto álbum de la banda. “En realidad no tenía muy claro qué era el punk rock. Mi primer corte mohawk me lo hice hasta los 22 años. Pero ese disco me abrió un mundo. De alguna manera me daba miedo, tal vez porque los Ramones, por cómo se veían, parecían una pandilla callejera. Cuando tenía 13 años recibí mi primera guitarra y más o menos podía tocar las canciones de Ted Nugent, pero no era capaz de hacer los solos. Con los Ramones, en cambio, podía tocar las canciones de principio a fin”.

El 6 de agosto de 1996 los Ramones suben al escenario del Palace de Los Ángeles por última vez. Es el concierto número 2 263 de la banda. Dee Dee regresa para cantar “Love Kills”, Lemmy toca R.A.M.O.N.E.S., Tim Armstrong y Lars Frederiksen de Rancid participan en “53rd & 3rd”, Ben Shepherd de Soundgarden en “Chinese Rocks”, Eddie Vedder de Pearl Jam canta en el último tema, “Any Way You Want It”, un cover de Dave Clark Five. El final devuelve todo al rock and roll de los años sesenta, a la música que aquellos tipos escuchaban antes de convertirse en los Ramones.

La familia inventada se disolvió sin haber resuelto sus conflictos.

Joey murió en 2001; Dee Dee, en 2002; Johnny, en 2004, y Tommy en 2014. El nombre Ramones continúa apareciendo en playeras, paredes y discos. El punk también se ha convertido en una marca global, pero hay algo que sigue en los márgenes del mercado.

Un chavo que creció en una familia pobre escucha aquellos discos y decide hacer música. Otro ve la misma película 27 veces. En México, una fotografía recortada y pegada en la portada de un cuaderno. En Japón, una muchacha que corre a comprar un disco después de escuchar una canción en la radio.

Aquellos cuatro malpensantes ciudadanos de Queens que no sabían tocar las canciones de otros y decidieron escribir las suyas sí hicieron una revolución. Gracias a ellos, muchísimas personas tomaron una guitarra, un bajo o un par de baquetas y gritaron “One, two, three, four!”. Nacieron bandas, carreras, amores y amistades. Nacieron historias que dudosamente alguien más habría tenido la inconsciencia de contar.

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