Amistad y aprendizaje entre cacareos: las mujeres poderosas que producen huevo en Kikibá

Emiliano Zapata es una localidad de Oxkutzcab, municipio de clima particularmente cálido a unos 100 kilómetros al sur de Mérida, célebre por su producción de cítricos. Allí vive el Colectivo Kikibá, como se autonombra un grupo de mujeres que, con historias formativas y experiencias muy diversas, comenzaron a trabajar y crecer juntas hace seis años. Nada de naranjas agrias y limas: más bien aprendieron a manejar y comercializar gallinas, y hoy su negocio es ejemplo de empuje y prosperidad.

Fotografía:
Lilia Balam

En colaboración con la Fundación W.K. Kellogg


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Amistad y aprendizaje entre cacareos: las mujeres poderosas que producen huevo en Kikibá
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Una mujer que se reconoce poderosa

Magaly Martín May formó parte a lo largo de tres años de un grupo de mujeres, aprendiendo el manejo de las abejas meliponas. No se sentía en confianza; percibía mucha competitividad entre compañeras. Por ello, cuando Ivette Chel la invitó a conocer el proyecto Mujeres Emprendedoras, ideado por la Fundación Heifer México —una organización internacional que desde hace cuatro décadas apoya a familias que producen alimentos a pequeña escala en el sureste mexicano—, con el fin último de entrar a otro grupo en ciernes, dudó. Además, no se trataba de abejas, sino gallinas, y ella no sabía nada de su manejo. Eran tiempos críticos de la pandemia por covid-19, lo cual no ayudaba. Sin embargo, tras charlar con sus hijos y esposo, comenzó a motivarse. Decidió entonces asistir a las primeras reuniones para escuchar de qué se trataba. Muy pronto supo que se quedaría, pues reconoció que el plano de convivencia se basaba en la igualdad, que todas “podían expresarse” y compartir su conocimiento.

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Ni ella ni nadie hubiera podido imaginar en ese momento qué tanto el nuevo proyecto productivo transformaría la vida de Magaly. Lo hizo radicalmente. Le abrió nuevas oportunidades para generar ingresos, construir redes —de apoyo, negocio, amistad— y ejercer su liderazgo.

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Comenzó aprendiendo el manejo de las gallinas, pero eso no fue lo único, aprendió también valores y cómo trabajar en grupo. “Ahora ya soy otra”. Leyéndolo de una línea a otra, parece sencillo, pero el proceso tomó su tiempo. Magaly es de temperamento serio; no le resultaba fácil comunicarse, y prefería callarse cuando no estaba de acuerdo con algo. No sentía confianza suficiente como para decirle a su esposo lo que pensaba, “porque la verdad, aquí en nuestra comunidad los que tienen 50-60 años, los hombres de aquí, son muy machistas, y si tú les decías algo y no les parecía, te regañaban o no te hacían caso”. Así, creció aprendiendo que era mejor callar que ser ignorada.

Doña Magaly tiene 49 años y 120 gallinas. Lleva seis años trabajando en la producción de huevos con gallinas de libre pastoreo.

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Magaly nunca estuvo de acuerdo con los esposos que no dejaban que sus esposas se expresaran libremente, pero no decía nada. Cuando descubrió que en ese naciente grupo de mujeres, hoy Colectivo Kikibá, podía desenvolverse, ser ella misma a sus anchas, se convirtió en “doña Magaly”, y lo dice entre risas reconociendo el poder que adquirió su nombre. Su visión se fue transformando, la visión de sí misma, de su posición en el mundo, del impacto que puede tener. A raíz de esta convivencia horizontal con mujeres dispuestas a la escucha y al aprendizaje, reflexionó: “Entonces sí podemos cambiar nuestra forma de vivir, nuestra forma de pensar”.

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Doña Magaly también se dio cuenta de algo acaso más importante: “Yo puedo decidir”. Ya no hubo marcha atrás. A sus 43 años, recibió 50 gallinas, comida suficiente para alimentarlas por ocho semanas y las capacitaciones necesarias para aprender a manejarlas. Ahora, a sus 49 años, ya tiene 120 gallinas, lleva seis años trabajando en la producción de huevos con gallinas de libre pastoreo.

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Fue gracias a su cambio de mentalidad y al poder que le brindó darse cuenta de que podía tener un negocio que incluso su hogar se transformó. Doña Magaly se casó a los 22 años, y antes de eso nunca había trabajado fuera de casa. Su trabajo doméstico no era remunerado. Por eso no tenía dinero para sus cosas; le daba vergüenza pedirle a su esposo que le comprara artículos básicos como ropa. Ahora no necesita acudir a nadie porque ella misma puede comprarse lo que necesita o quiere. Esto tuvo un impacto muy fuerte: entendió que era la confirmación de su autonomía e independencia. Con el ahorro de su negocio de huevos Kikibá y el trabajo de su esposo, en su casa por fin pudieron construir un baño, y piso nuevo.

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“Mi hija me motivó porque ella sí tuvo la oportunidad de estudiar, y cuando le platiqué lo que me estaba pasando y lo que estábamos viviendo en grupo, me dijo ‘mamá, tú sí puedes, no cortes tus ilusiones’”, recuerda doña Magaly. Contó también con el apoyo de su hijo, e incluso logró dialogar con su esposo, contarle con franqueza lo que estaba viviendo. Él expresó su apoyo de la forma más elocuente: le dio 8 mil pesos para que pudiera hacer su gallinero. Hoy ya recuperó ese dinero, y lo multiplicó. Qué enorme satisfacción, por ejemplo, poder contribuir al pago de la colegiatura de su hija, que estudiaba Ingeniería en Programación en la ciudad de Peto.

El arte de llevar un corral: inocuidad y cuidado del huevo, etnoveterinaria, costos y formas de producción son conocimientos que se imparten entre las integrantes del Colctivo Kikibá.

Sus aves fueron su terapia. Así lo dice doña Magaly. Incluso para el que acaba de conocerla resulta evidente que la persistencia y la disciplina tienen un papel importante en su vida, y que el nuevo proyecto productivo tiene mucho que ver en ello.

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Un día para ella hoy se inicia en su gallinero. A las siete de la mañana ya está alimentando a sus aves, revisando si tienen agua, si su espacio está limpio o si requiere lavarlo y desinfectarlo. Vuelve a visitarlas el mediodía y checa si necesitan cambio de agua, si tienen calor y necesita refrescarlas. Horas más tarde, a las cinco de la tarde, les lleva hierba y maíz para que en la noche, cuando llega su esposo, él la apoye recogiendo y limpiando los huevitos. Su familia la apoya: su hijo es el encargado de cubrir toda su rutina con las gallinas cuando ella no está. Cada día producen 60 huevos en su casa, y su actividad también supone un recorte de gasto diario, por el huevo que consumen.

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Doña Magaly recuerda que de joven le cortaron las alas. Quería estudiar y “ser alguien en la vida”, pero en su comunidad se decía que solo los hombres debían tener estudios, pues el destino de las mujeres es el hogar. Ahora ella ha cumplido el sueño de tener un negocio, ser independiente. Y tiene nuevos horizontes: quiere tener 300 gallinas y dar trabajo a otras personas.

Del desempleo al liderazgo

Neydi Gabriela Uc Uc estaba desempleada en 2020. Perdió su trabajo en la escuela primaria Antonio Mediz Bolio, cuando la pandemia arreció y las clases dejaron de ser presenciales. Sus funciones como maestra suplente dejaron de ser necesarias. En ese momento ni soñaba con el giro que daría su vida. Hoy es una mujer líder. Detrás de ella se encuentran 120 gallinas, son de su compañera Magaly, pero fue ella quien le enseñó su manejo. El cambio, para ella también, comenzó con una invitación de su amiga Ivette Chel, en plena crisis del coronavirus.

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En su comunidad había un cerco sanitario estricto; solamente una persona de Emiliano Zapata podía cruzar los casi 12 kilómetros necesarios para llegar a Oxkutzcab, los accesos se encontraban cerrados. El proyecto productivo se llevaría a cabo a pesar de eso, con todas las medidas necesarias. Una vez que le quitaron el temor a la enfermedad, explicándole los protocolos, Ivette le propuso entrar al negocio de las aves. Como Magaly, su primera reacción fue la cautela. Aunque su mamá tenía gallinas, eran gallinas pais, las criollas, y no conocía del manejo de otro tipo. Pero lo aprendió, claro.

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Neydi fue elegida como promotora del proyecto. Tomó todas las capacitaciones necesarias para aprender los secretos de las gallinas, a tal punto que pudo transmitirlos al grupo de mujeres que dirigiría, que bien pronto se convirtió en un colectivo hecho y derecho.

Huevos de gallina de libre pastoreo. El primer logro: que la comunidad aceptara consumir huevo diferente, huevo no-blanco, como del súper.

El primer taller fue en la localidad de Teabo, lo tomó, pero no sin antes cuestionar por qué tenían que salir de su pueblo en medio de la pandemia. Más charlas, más labor de convencimiento, más protocolos fueron necesarios. Tenía que estar ella misma segura y darle seguridad al grupo del que se encargaría. Neydi aplicó una gran disciplina de higiene: llegaba a casa y en un cuartito, antes de entrar, dejaba toda su ropa, se bañaba y hasta después entraba con su familia. Ahora, años después de terminada la crisis, esas anécdotas suenan como de otro planeta, pero Neydi recuerda que esa fue la única manera de lograr que las mujeres, sus compañeras, aceptaran sus visitas semanales de capacitación, en sus propias casas.

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Inocuidad y cuidado del huevo, etnoveterinaria, costos y formas de producción: tales fueron algunas de las capacitaciones que tomó y luego compartió con el grupo.

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Aprendieron. Prepararon sus gallineros. Y seis meses después seguían esperando a que llegaran sus gallinas. Comenzaron a dudar si llegarían. Neydi no dudaba, sabía que llegarían; pero sí tenía un temor: a que cuando el camión llegara a repartir las gallinas, no lo dejaran entrar a la comunidad. Finalmente llegaron en diciembre de 2021 (el proyecto se había iniciado en 2020).

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Entonces los problemas fueron de otro tipo, porque las aves comenzaron a romper postura, es decir, a dar huevos. “¿Qué vamos a hacer con tanto huevo?”, le preguntaban ahora a la promotora. Vender el huevo fue un reto al principio, porque la gente del pueblo veía los huevos de color caqui y prejuzgaba: “Es de patio”, de las gallinas pais, “sabe mariscoso”. “Pues hay que regalarlo”, les dijo Neydi. Las integrantes del colectivo no querían, porque no verían ganancias y ya habían invertido en hacer sus gallineros. Entonces las confrontó: “Pero si no regalamos, ¿para qué queremos tanto huevo?”. O más importante: ¿cómo lograr enconces que la gente pruebe los huevos? Una cuestión y un dilema nada alejado a lo que se enfrenta cualquier nuevo emprendimiento, y una valiosa lección de negocios, con un añadido: regalar su primera producción de huevo sería una forma de ayuda comunitaria, pues durante la pandemia muchas personas pasaron dificultades económicas.

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Tres meses más tarde, las personas ya iban en búsqueda de los huevos. Ya querían comprarlos. Al principio los vendían a un peso, hoy los venden a 3.50 pesos. Desde ese momento, los vecinos comenzaron a interesarse y ya no solamente compraban los huevitos, sino que también querían conocer la historia. Sabían que había un grupo de mujeres emprendiendo detrás de cada huevo consumido.

Integrantes del colectivo Kikibá: doña Magaly y Neydi, en los extremos del grupo.

Cuando las escuelas regresaron a clases y el grupo de mujeres se iba haciendo camino, a Neydi le ofrecieron de nuevo trabajo como maestra suplente. Pero no regresó a ello; su tiempo estaba destinado a este proyecto de emprendimiento. Y no fue cualquier decisión: en la escuela había trabajado por casi 10 años, pero priorizó el proyecto de lo que se convertiría en el Colectivo Kikibá porque veía su potencial. Decidió crecer junto con él. Hoy, además de ser facilitadora del colectivo, que ya vende huevos incluso en Mérida, también es promotora de comercialización. En efecto, ya no solamente trabaja con las mujeres de su comunidad, Emiliano Zapata, sino también con compañeras de Oxkutzcab, Maní, Teabo, entre otras. Estas mujeres han logrado surtir con la producción de sus gallinas a cafeterías, panaderías, e incluso a la cadena de restaurantes Toks.

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El convenio con Toks fue clave. Su excedente de huevo pudieron colocarlo a 29 pesos el kilo, y a esa cantidad se sumaron unos 20 pesos por kilo aportado por el programa de responsabilidad de la cadena. Ese trato duró dos años. El resultado: utilidades suficientes como para comenzar a ofrecer crédito a las emprendedoras, con intereses y plazos más que convenientes. Con esos recursos, 20 mujeres han podido adquirir más gallinas. Vale la pena describir más características del modelo: a cada mujer se le paga el dinero por el huevo con el que “contribuye”, pero también se deja un colchón para el colectivo en sí. Esos recursos Neydi en algún momento los metió en fondos de inversión.

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Los retos en este camino lleno de cacareos han sido diversos. Así como ellas aprendieron a cuidarse durante el covid-19, con cubrebocas y sana distancia, también tuvieron que aplicar esto con sus gallinas. Si hay una enferma, deben separarla. Neydi vigila que así ocurra (así de importante es la medida). Hay otro tipo de riesgos: una vez que comenzaron a posicionarse, más gente quiso aprovecharse del trabajo que ya habían realizado; personas que no pertenecen al colectivo intentaron vender huevos en su nombre. Aprendieron a blindarse de estos intentos y crearon su marca: Kikibá. Hoy todos los huevos que venden llevan un sellito que las distingue. Esto no quiere decir que el grupo sea excluyente: en la comunidad, en los inicios, invitaron a todo el que quisiera participar. Pero las condiciones del cuidado y manejo de las aves y sus gallineros debían y deben mantenerse estrictamente.

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El siguiente paso es muy prometedor. Las mujeres podrán aumentar su producción, pues serán capacitadas para manejar también abejas meliponas, pavos criollos y cerdo pelón.

Colofón: de tres gallinas a un gallinero de 90

El hermano de Neydi, Daniel, tenía 15 años cuando ella se integró al proyecto. Le pidió a su hermana que le regalara unas gallinas. Neydi dudó al principio. No quería dárselas sin más, y lógicamente no podía tener seguridad de que el joven las manejara adecuadamente en casa. Daniel la convenció; se comprometió a cuidarlas “como las mujeres del grupo”, y ella aceptó comprarle sus gallinas. Fueron tres, “de prueba”.

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Daniel armó por sí mismo su gallinero, uno pequeño. Solo eran tres gallinas, pero las cuidó con amor y dedicación. Tomó todo lo que su hermana le enseñó y agregó ternura. “Sus gallinas eran muy obedientes, las abrazaba, las ponía en su hombro y las andaba”, recuerda Neydi.

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Cuando llegó el momento de que las mujeres del grupo compraran más gallinas, Daniel se volvió a apuntar. Le dieron siete gallinas. No podía tener más. El huevo que él producía ya lo consumían en su familia, que antes solo quería comer huevo blanco.

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Por tercera vez, hubo compra de gallinas en el colectivo, y Daniel dio el gran salto. Compró 50. Junto con otro de sus hermanos, reconstruyeron el gallinero, lo ampliaron. Hoy Daniel tiene 90 gallinas y continúa cuidándolas con mucha dedicación, acompañado por su hermana, que lo ha impulsado y guiado.

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Las 90 gallinas de Daniel son la mejor señal de que el proyecto y modelo tienen el futuro abierto. El presente, de cualquier forma, es todo del Colectivo Kikibá, una verdadera escuela de liderazgo empresarial y comunitario que desarrolla sus lecciones de forma colectiva y, acaso lo más potente, verificable en la realidad. Las estrategias —producción, acceso a crédito, inversión, comercialización, búsqueda de mercados— se ajustan, se calibran, frente a los ojos de las integrantes del colectivo, para atender un contexto cambiante. Y su bienestar —y el de sus familias— aumenta. 

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