
En Tekom, Yucatán, Edwi lucha por reivindicar y asegurar el futuro de su profesión: partera. No está sola. Cuenta con el apoyo de organizaciones que reconocen el rol clave e insustituible que ejerce una partera en su comunidad.
En colaboración con la Fundación W.K. Kellogg
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Las manos de Edwi María Aracely Camacho, de 45 años, son las de su abuela y las de su bisabuela. “Manos largas”, según le dijo en maya la primera, cuando Edwi era niña. “Buenas para sobar”. Edwi las muestra ante la cámara con una sonrisa pudorosa de medio perfil. No le gustan las fotografías.
Edwi vive con su madre y su hermana en Tekom. Las tres comparten el nombre “María”, una herencia, como las manos, que se remite a tiempos anteriores, a pleno siglo XX. En aquella época (y ya bien entrado el siglo XXI) la abuela de Edwi era una partera reconocida en el municipio, localizado al oriente de Yucatán. Ella y otras nueve mujeres que se encargaban de revisar y sobar a las mujeres gestantes, y de recibir a los bebés en las casas. Hoy solo hay cuatro parteras en todo el municipio. Una de ellas fue formada por la hermana del padre de Edwi, Hilaria; otras parteras fallecieron sin encontrar una aprendiz.
La labor, supo Edwi por su abuela —a la cual acompañaba a las consultas y a los partos—, no solo consistía en palpar y recetar remedios tradicionales; también era escuchar mucho y con atención: sueños, pesadillas, intuiciones, problemas que podían alterar al bebé. Ella se recuerda a los diez años de pie junto a su abuela, viéndola desplazar sus manos largas sobre los vientres y espaldas de las mujeres. “¿Te duele aquí?”, inquiría. Y con la mano sobre la piel la abuela podía diagnosticar inflamación de colón, un problema de vesícula, alguna infección.
Por lo general, los hombres esperaban afuera. Entonces, en confianza, su abuela acostaba a las mujeres en el suelo —hoy Edwi les pide que se acuesten en una colchoneta café— y les preguntaba: “¿Para qué necesitas el servicio?”. Las respuestas eran diversas. A veces las mujeres querían saber simplemente si estaban embarazadas; en otras, la posición del bebé o los meses de gestación. La abuela comenzaba a palpar y hacía, en maya, una de las preguntas más importantes: “¿Cómo es tu vida?”.
Hablamos de unos años en los que no había en Tekom unidades de salud. Las que existían eran lejanas, acaso en la ciudad de Valladolid, a 15 kilómetros al norte. Por lo tanto, la labor de las parteras cumplía un papel elemental en la atención obstétrica. No solo eran médicas tradicionales; se volvían también amigas y confidentes.
El contexto de marginación en este municipio sugiere retos mayúsculos en la provisión de servicios de salud pública. En 2020 el Centro de Población y Vivienda del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) registró 3 555 habitantes en Tekom; de ese total, el 50.4% son mujeres y al menos 2 512 personas son mayahablantes. El 80.9% de la población es atendida por el Seguro Popular (actualmente IMSS-Bienestar). En tanto, el 39.6% se encuentra en pobreza extrema y 52% en pobreza moderada, de acuerdo con el Coneval.


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Una mañana, cuando Edwi tenía 11 años, su abuela María Virgen Uc Cante, quien laboró durante 46 años como partera y se retiró a los 90 años, le dijo en maya: “Quiero que tú sigas, que tú atiendas y que puedas ayudar a las otras mujeres como yo lo estoy haciendo”. Había embarazos que no podían detectarse porque el bebé estaba en una mala posición. Cuando la abuela se lo dijo, Edwi pensó en esos momentos y en la habilidad que se necesita para notar si el bebé estaba “encajado” o muy bajo.
“Ahí es cuando hay que acomodar, subirlos porque ahí no pueden crecer”, cuenta sobre los primeros años en los que se dedicó a observar a la distancia. “Me quedaba pegadita a la puerta, por pena y respeto. Y la labor la comencé a realizar a los 20 años. A esa edad comienzo a ir con mi abuela a los partos”. Ella acompañaba a las mujeres todo el tiempo, más a las mujeres primerizas. La abuela de Edwi podía pasar días acompañándolas.
El primer parto que Edwi atendió con su abuela la marcó. Era una señora de Chibilun, una comisaría de Tekom. “Recuerdo que la señora estaba con sus otros niños pequeños. Tenía solo dos cuartitos en toda la casa y una cocinita. Llegamos por la mañana y el bebé nació en la tarde. Lo que más me impresionó es que la señora nunca dejó de trabajar. Hacía tortillas, daba la comida a sus niños, todo a punto de parir. La mamá de la señora estaba en silla de ruedas y ella también la atendía. Mi abuela le había dicho: ‘Te da para la tarde’. Y le recomendó caminar un poco”.
Era otro tiempo. La comida no tenía conservadores y no estaba tan procesada, apunta Edwi. No minimiza a las mujeres de la actualidad, pero cree que ahora los cuerpos son menos resistentes. Esa tarde, cuando la madre de Chibilun sintió dolor, la abuela pidió toallas, agua limpia y jabón. El bebé nació con el cordón umbilical anudado porque la señora no había podido pagar estudios avanzados. Edwi vio a su abuela sostener al bebé con una mano, con la otra desanudar el cordón, cortarlo y amarrarlo. “Me impresionó porque fue muy rápido”.
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Le pregunto si le ha tocado acompañar un parto en las últimas semanas y me dice que no. Las mujeres prefieren atender el parto en clínicas públicas o particulares, si les alcanza. Esto Edwi lo ha conversado con la red de parteras que son apoyadas por la organización Formación y Capacitación A.C. (Foca), un grupo que trabaja de cerca con parteras tradicionales para que puedan seguir con su labor a pesar de las regulaciones oficiales que la inhiben.
Con el apoyo de organizaciones filantrópicas como la Fundación W.K. Kellog, Foca busca construir espacios estructuralmente seguros para la labor de las parteras en México, evitar su estigmatización —es más fácil para las autoridades señalar y perseguir a las parteras que reconocer las carencias estructurales, la pobreza y desabasto en hospitales públicos— y construir relevos generacionales. Edwi, sin más, tiene una sobrina de 23 años a la que ha intentado convencer para formarse como partera.
Desde luego, las parteras tradicionales no cuentan con un salario ni prestaciones médicas. Y aunque su labor está, a letra de la ley, protegida —una reforma en 2024 al artículo 64 a la Ley General de Salud lo estipula—, deben enfrentarse a las nuevas regulaciones, como la NOM-020-SSA-2025, con la cual se busca “certificarlas” o, más bien, subordinarlas al sistema biomédico y prohibir los partos en casa si no cumplen con requisitos burocráticos y de infraestructura que no son del todo viables en muchas comunidades.

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La sala donde Edwi atiende está llena de libros y fotografías. Tomos grandes de anatomía. Fotos de ella, con lentes de sol negros, a los 15 años. En su mesa hay cremas, ungüentos, gasas y otros utensilios. “Estudio la forma del cuerpo para tener más seguridad cuando palpo”, explica. “Para empezar, divido el cuerpo en cuatro”.
Hoy atiende a Sandra, una chica de poco más de 20 años a la que acompañó durante su proceso de gestación. Tras parir de manera natural hace un año en la clínica de Tekom, Sandra regresa con Edwi para confirmar que no hay complicaciones. En una tarde como esta, Edwi puede atender de dos a tres mujeres.
Si Sandra aún estuviera embarazada, lo primero que Edwi haría es buscar la cabeza del bebé. Notaría, con ese primer dato, si hay que moverlo.
Hoy levanta la blusa hasta arriba del ombligo y palpa. Se detiene un momento al costado del estómago. Habla en maya con Sandra. Descifro la palabra “suegra”, la cual está afuera con la bebé, que llora mucho. “Checo que no haya hemorragias, inflamaciones”, me dice Edwi en español. Toca la espalda de Sandra. “Hoy, como vino rápido, Sandra trae pantalón, pero por lo general se tiene que venir con ropa más cómoda”, precisa. Finalmente, Edwi descubre una inflamación cerca del ombligo. A la larga, dice, podría generarle dolor en la espalda. Se trata de una afectación al ‘cirro’ (o tip’te’ en maya), el cual designa un centro vital que conecta y organiza los intestinos y otros órganos abdominales. Podría tratarse con medicina tradicional. Para esto, la madre de Edwi, María Celestina, de 70 años, tiene un huerto en la parte de atrás de la casa lleno de plantas medicinales. Es una especialista. “Mi mamá, que aprendió de mi abuela, hace remedios medicinales para el colon, para el malestar de estómago, para las infecciones”.
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Seguimos a Edwi y su madre al huerto. La mujer de 70 años nos enseña cada una de las plantas con la que prepara remedios que enfrasca y que vende o regala para sanar. Caminamos entre decenas de gallinas, huertos segmentados que son protegidos por muñecos descabezados que funcionan como espantapájaros. Le pregunto a Edwi sobre las diferencias principales entre atenderse con un médico o con una partera. Lo primero que menciona es que los médicos no escuchan, solo diagnostican e indagan sobre el malestar físico sin que les importe las condiciones en las que viven las mujeres. Para Edwi, el malestar es un reflejo de las emociones y de lo que ella llama “aura”, la energía de los seres humanos.
“Con las capacitaciones y con lo que aprendí de mi mamá y las plantas, entrelazamos conocimientos. Hay síntomas que podemos diagnosticar, que antes desconocíamos por los términos médicos, y ahora somos capaces de decirle a las mujeres que en este caso sí hay que atenderse con un doctor. Pero sí hay una gran diferencia: nosotras no las juzgamos, las escuchamos; después de escucharlas, les aportamos. Ofrecemos todo lo que tenemos, pues. Nada de esto lo encuentran con un médico, con un enfermero. Es todo lo contrario. Nosotras les hablamos a las mujeres de sus derechos, que no pueden permitir que las ofendan, que las lastimen. Por eso las mujeres nos buscan. Se vuelven mujeres que alzan la voz y que ya no permiten que pasen esas situaciones”, se explaya Edwi.
Además de los intentos de esterilizaciones forzadas, cuando les dicen que para ser atendidas “deben firmar un documento” o comprometerse a métodos invasivos de anticoncepción, los médicos de la comunidad regañan a las mujeres por tener más hijos. No son todos. Algunos, los menos, son amables.

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En medio del huerto, sentados en una casa maya tradicional de guano, Edwi dice que ha aprendido a amar su labor porque con esto aporta a las personas, y porque es algo que le enseñaron “los mayores”. Para ella ser partera también significa estar bien consigo misma. “Hay que estar alineadas en lo emocional, lo físico, para que el trabajo se haga. Si tú estás mal, la mujer se sentirá mal. Eso lo aprendí de mi abuela y ella lo aprendió de mi bisabuela, María Remigia Cante Chay, que falleció a los 101 años. Mi abuela también me dijo: ‘Nunca te arriesgues. Pasarán cosas que no están en tus manos’”.
Edwi, mientras palpa, les pregunta a las mujeres de todo. ¿Qué comieron? ¿Qué soñaron? ¿Cómo te va en tu casa? Descifra, con las dimensiones del estómago, si el bebé será niño o niña, independientemente de los ultrasonidos. Descifra, con las respuestas y anécdotas, si la mujer está en una situación de violencia o sufre grandes cargas de estrés. El diálogo se sostiene en maya, la lengua materna, con la que también les hablan a los bebés antes de nacer.
Una encargada del IMSS-Bienestar les advirtió a las parteras de la comunidad que, si no cuentan con un centro de salud con las condiciones “necesarias”, no pueden atender partos en sus casas ni en las casas de las parturientas. Formación y Capacitación A.C., como organización, está enfrentando legalmente este asunto.

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—¿Qué le dirías a una chica joven, como tu sobrina, para que se interese en la labor de partera?
Edwi entrecruza las manos largas, se detienen a pensar y responde:
—Que no es necesario que lo vean como un trabajo. Que vean que es algo que tienen que trascender con nosotras. También que no tengan miedo, que es algo que me han dicho. Que no tengan miedo porque son tus propias manos y el tacto las que te darán la medida con la que vas a palpar y sentir a la persona. Siempre con humanidad y respeto.
— ¿Cómo ves el futuro de la partería en Tekom?
— Medio gris. Hace poco tuvimos una reunión en Kaua en la que conversé con otras parteras. Una había atendido 100 partos y me dijo que desde hace seis años no atiende ninguno. Y ella está viviendo los mismos problemas. Van a registrar al bebé luego de un parto con partera y te ponen obstáculos. Yo le dije: “Ustedes pueden pelear eso. Es un derecho, que tiene la parturienta y que tiene el bebé recién nacido, que ustedes les den atención. Están violando sus derechos”.
—¿Eso cómo está afectando a los bebés recién nacidos?
—Muchas veces dependen de dónde eres y si eres o no mayahablante. Muere un niño en un hospital y si no tienes influencias, no hay investigación. Eres mayahablante, vienes de una comunidad, hasta ahí queda el caso. Si tienes dinero, se ponen a investigar.
Durante la entrevista, al destacar la importancia de su labor, Edwi no deja pasar el hecho de que las mujeres suelen ser vulneradas y violentadas en los hospitales públicos del pueblo y los alrededores. Edwi también denuncia que los médicos menosprecian la labor de las parteras o se lo recriminan a las madres. Si una mujer que acaba de parir, referenciada por una partera, llega con un médico de la unidad de salud de Tekom o al hospital IMSS-Bienestar de Valladolid, se le pueden negar vacunas o ponerles trabas. “Que se las inyecte la partera”, han dicho, según el testimonio de Edwi. Asimismo, el personal de salud ha condicionado la entrega de las actas de nacimiento a las madres si el bebé nació en manos de una partera tradicional. “Yo les digo: ‘Es tu cuerpo y es tu derecho. No tienes por qué permitirlo’”, cuenta Edwi sentada en su tienda y cocina económica Túumben Sáastal, cuyo significado es “Nuevo amanecer”.

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Edwi y su compañera más cercana María Elvira, formada por su tía Hilaria, están listas para atender un parto si es necesario. Incluso han planeado cómo repartirse las labores. Curiosamente, durante la entrevista, la mujer pasó caminando frente a la tienda de Edwi, cubierta con una sombrilla, y se saludaron.
Edwi nos deja esta último pensamiento sobre ella misma: “Cada vez que hago un trabajo o una atención a una mujer, me siento satisfecha, me siento agradecida con Dios, me siento agradecida con mi abuela porque como quiera me enseñó, me heredó algo invaluable que no tiene un valor monetario. Algo que se queda en el corazón, un aprendizaje que se puede transmitir.”
Edwi sigue luchando porque nazca una nueva generación de parteras en Tekom. Su esfuerzo no parece destinado al aislamiento. Un movimiento de —al menos— reconocimiento de la labor de estas mujeres y de su papel como cohesionadoras de su comunidad se está formando en el estado de Yucatán, representado por la llamada Red Peninsular de Parteras Mayas, que ha tendido puentes con instancias oficiales. Una señal para el optimismo.
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