
Otro futuro —más divertido, más sano, más natural, memorioso, comunitario: más cercano a las fuentes de la vida— es posible para la niñez de Cholul, Yucatán, a través del proceso propuesto por Mejen T´aano´ob, Pequeñas Voces.
En colaboración con la Fundación W.K. Kellogg
Escucha este texto en Maya, aquí
Este 25 de agosto de 2026, María Ramé conduce una camioneta que recorre las calles de Cholul, Cantamayec. Es un pueblo pequeño, con poco más de 460 habitantes, hacia el centro-sur del estado de Yucatán. Atravesamos casas mayas tradicionales. Una iglesia de la Luz del Mundo hecha con bajareque y guano. Mujeres vestidas con hipiles chapean sus solares resguardadas bajo la sombra y la humedad de árboles frutales. Aunque Cholul es un sitio milenario surgido de la civilización maya antes de la colonización, apenas adquirió la denominación “oficial” de pueblo en 1930.
La camioneta avanza cargada con grava, arena y herramientas de cultivo. Sentado en la tapa de la batea, Óscar Chan —integrante junto con María de la organización Mejen T´aano´ob Pequeñas Voces A.C.— dice que la lengua maya se está perdiendo en el pueblo de Cholul. “Es muy preocupante”, enfatiza. Jóvenes y adultos han dejado de hablarla. Algunos por vergüenza. En las escuelas, aunque se presumen indígenas, el español aún es el idioma principal. Las desigualdades obligan a la gente al desplazamiento y al desarraigo.


Por la conversación deduzco que Cantamayec, la cabecera, se enfrenta a las problemáticas usuales de los municipios con altos índices de precarización: falta de servicios básicos, falta de educación, consumo de sustancias, migración. “Por eso es importante defender la cultura”, dice Óscar. Me cuenta que su posición política frente a la lengua maya se basa en el reencuentro con sus raíces. Luego de mudarse a Mérida para estudiar la licenciatura, se alejó momentáneamente de su lengua materna. A sus 26 años, de vuelta en su comunidad, decidió dedicarse de lleno a su preservación. Defienden el territorio desde la bioculturalidad.
El contexto cotidiano sigue siendo mayahablante: las niñas y los niños escuchan a sus abuelos y a sus madres en las calles y los solares. Sin embargo, como apunta María, el verdadero espacio de imposición es el español en las escuelas, en donde sistemáticamente se ha discriminado a las y los niños por hablar su idioma. Se ha generado la narrativa falsa de que es mejor abandonar la lengua materna para “que les vaya bien” allá afuera, y evitar el rezago y la discriminación.
{{ linea }}
Paramos frente al parque principal, ante una iglesia rojo terracota de corte colonial. Miro al cielo y descubro árboles inmensos. Podrían ser robles —Béek, en maya— o algarrobos. Tres adultos mayores duermen sin playera en las bancas de madera. El rojo intenso de las bardas podría deberse a una de esas brigadas municipales de ‘mejoramiento vecinal’. Un grupo de niñas y niños esperan en una cancha de concreto. María saca la cabeza por la ventana y grita:
—¡Biix a beel!
Y las niñas y niños contestan a coro, acercándose:
—¡Biix a beel, María! ¡Biix a beel, Óscar!
—Ko’ox Subinaj —dice Óscar, y todos comienzan a subir a la camioneta.


{{ linea }}
La traducción de Mejen T´aano´ob es Pequeñas Voces. Tras consolidarse en 2016, los procesos de Mejen se enfocan en las niñas y niños. Engarzan la lengua maya, la agroecología y los saberes comunitarios. Han construido espacios donde los conocimientos se ejercen y se perpetúan desde la pedagogía del territorio. Sin duda, trabajan al ras de la tierra. En los últimos años sus procesos se inspiran en la milpa, con tres líneas de acción representadas por cañas de maíz: K toj óolal (Nuestro ser en equilibrio), Uk’u’uk’ankl noj tuukulo’ob (Florecimiento de los saberes comunitarios en las juventudes) y Mu’uk’ankunsik k maaya miatsil (Fortalecimiento de la identidad del pueblo, su cultura y lengua maya).
Con el apoyo y financiamiento de fundaciones como la W.K. Kellogg, desde 2014 iniciaron sus trabajos en escuelas primarias de dos comunidades; a partir del 2020, trabajan directamente con la comunidad, centrados en el cuidado del territorio a través del arte social y oficios como la carpintería. El eje es la cultura maya: “Tenemos una regla principal: no se puede hablar en español”, me explica Óscar. Así, al privilegiar la lengua materna, fomentan su arraigo y la pervivencia de saberes. El objetivo es que el profundo vínculo entre madres e hijos se exprese en maya.
Además de la lengua, colaboran con las familias en los solares mayas en la construcción de tinacos de ferrocemento para la recolección de agua, jardineras con plantas fitorremediadoras para la recirculación de aguas jabonosas, producción de medicina tradicional con plantas sanadoras, meliponicultura y agricultura de traspatio. Las niñas y niños han descubierto en Mejen un espacio lúdico, ajeno a los formatos atávicos de la educación tradicional. Por descontado, la realidad confirma los temores en torno a la pérdida de la lengua maya en el estado de Yucatán. Según el Censo de Población y Vivienda del Inegi, el porcentaje de mayahablantes en Yucatán ha venido cayendo de forma preocupante al pasar del 37.3% en el año 2000 al 23.7% en 2020. Óscar argumenta que el abandono de la lengua tiene repercusiones en diferentes niveles. Cuando una lengua se debilita, se van, para siempre, maneras de ver el mundo y el universo, parafraseando a Miguel León Portilla. “En las cabeceras, en las ciudades, hay diferentes grados y tipos de pérdida. Cada comunidad, en sí, tiene su propio contexto lingüístico”, precisa Óscar.
Para María, las cifras oficiales reflejan un proceso de desplazamiento acelerado. Me explica que la pirámide lingüística de la lengua maya adopta una forma de “cántaro”, en la que la niñez de cero a seis años es la que menos habla la lengua. Para combatir esta estadística, la organización recurre a la pedagogía del territorio, es decir, vivir en maya las actividades que sostienen la vida: ir a la milpa, ir a leñar, medir los tiempos del monte, hasta cosechar los elotes y desgranarlos comunitariamente. “Trabajamos con el territorio comunitario al centro, con el conocimiento comunitario al centro; se trata de trabajar la lengua territorializada como una experiencia educativa. Tejemos un vínculo muy bonito y muy cercano con las mamás que son mayeras, y poco a poco nos vamos dando cuenta de en dónde están los miedos, sin meter el juicio, sin meter la culpa. Es un proceso sumamente cuidadoso para abrazar la lengua”.


{{ linea }}
Kevin tiene 14 años y maneja una motocicleta verde chillón con la calcomanía de un caballo negro al costado. Se baja y se acerca a la batea.
—En mi casa tenemos abejas —me dice—, y ahorita hay miel. ¿Comes miel?
—Claro.
—Ahorita vengo.
Regresa con una botella llena. “La vendemos a 10 pesos”, dice. “A ti, te la regalo”. Se sube en la moto, arranca como un conductor profesional y sigue a la camioneta. Las niñas y adolescentes bromean con Kevin, pues hace poco se golpeó la cabeza con una rama. En menos de cinco minutos subimos a más de 10 personas a la batea. Algunos van sentados en la tapa; otros nos sostenemos en los costados. Se gritan frases en maya —Bik a k’olabaj yéetel u k’aab le che’o’ (“No te vayas a golpear con esa rama”)— y ríen con Óscar.
Recorremos las calles bacheadas. Kevin esquiva los huecos y perros con una pericia impresionante. Le pregunto a Óscar.
—¿Cuál es la relación del juego, de lo lúdico, con la formación que le dan a las niñas y niños? No solo la lengua, también el monte.
—Lo puedo ejemplificar con el nido de lenguas, el proceso k’u’uk’ankil. Ahí se trata de hacerlo y decirlo todo en maya. ¿Y qué vamos a hacer en el nido de lenguas? Pues jugar, pero no es cualquier juego. Jugar la tierra con la niñez no es un trabajo. Es un juego. Una experiencia. Descubrimos que la milpa jala a la comunidad. Es importante porque la gente también está dejando la milpa. Y otra cosa: cuando hacemos comida las niñeces también están encantadas. Ven el uso de las plantas del monte, que también se están perdiendo, como la chaya y el sikil (semilla de calabaza molida). Hacemos pipián, brazo de reina, con tu maíz, con tus tortillas. Se retoma la cultura desde el alimento, fortalecen los sentidos y significados de lo que sostiene la vida.
Mejen trasciende lo pedagógico para asentarse en un piso ético y político. María añade:
—La pérdida de la lengua no es una responsabilidad de las familias, [no ocurre] porque las mamás hayan dejado de enseñarla y transmitirla. Es por todos los mecanismos de discriminación y racismo que hemos vivido, impuestos por el Estado. Nos sentiremos libres cuando encontremos aliados, cuando tengamos esa fuerza desde el corazón que dice: “Voy a hablar en lengua maya y si no me entienden, pues si quiero les traduzco”. Esa fuerza que nace, que significa que tienes derecho a vivir en tu lengua. Hablamos de una pedagogía con un piso ético y político. Tienes derecho a vivir en tu lengua porque vivimos en un territorio con una diversidad lingüística maravillosa. En la medida en la que seamos conscientes de que desde ese piso nos paramos para hablar la lengua, entonces se hará con total libertad.


{{ linea }}
En una parada del trayecto se acerca José Ermilo Chan, un adulto mayor con 40 nietos que lo llenan de orgullo. Le pregunto qué celebra de su vida, y dice que comer un torito con su extensa familia durante las celebraciones. “¿Cuáles?”, pregunto. “Todas”, contesta. Es el abuelo de Escarlet, una niña mayahablante divertidísima que nos acompaña en el viaje. Le pregunto a José Ermilo qué piensa del maya y dice que él no solo habla, sino que piensa en maya. “Yo no puedo así hablar tan bien el español. Te digo que yo lo hablo diferente porque el mío no es lineal, no va recto; yo no hablo el español lineal porque hablo maya. Me tropiezo así. El maya lo hablaban mis papás y mis abuelos”. Me lanza un par de preguntas en maya y sonríe por mi rostro confuso. Óscar contesta por mí y José Ermilo concluye: “Él, Óscar, buen maya tiene”.
{{ linea }}
La camioneta recorre una brecha de más de un kilómetro. Vemos triciclos estacionados y gente cortando leña. Nos refresca el dosel de la selva alta. Las ramas raspan las puertas de la camioneta y hay que estar atentos, bajar la cabeza antes de que te golpeen. Cada tanto aparece una cerca con alambres y maderas. Kevin se baja de la moto para abrirnos paso. Durante el camino he conversado mucho con Escarlet y con Licha. La segunda posee un talento natural para la fotografía y el video. Es quien alimenta las redes sociales de Mejen.
Llegamos a la milpa: torres de alto voltaje, tan altas que duele verlas por la luz del sol. Colinas —pu'uk, en maya— con sembradíos. Ajonjolí, maíz, ibes, calabazas. María dice que se sembrará jícama porque está por llegar la luna llena. Las y los jóvenes se reparten a lo largo del campo y buscan su xúul, una vara de madera para hacer huecos y depositar las semillas. María me detalla que en esta ocasión el xúul es de madera por la textura de la tierra y el tipo de semilla. Hoy no siembran atravesando el tsek’el, un suelo pedregoso. No solo por la laja que caracteriza a la península de Yucatán, sino por las piedras sueltas y aglomeradas apenas por un poco de tierra —ch’och’ol en maya—. Han cultivado esta milpa por tres años, se trata de la segunda siembra llamada saak’ab. Luego irán a otra parcela para que ésta se regenere.
—Cuando usamos el xúul para milpa usamos un pico de fierro porque estás ahí entre la laja —dice María picando la tierra, dejando espacios de 30 centímetros entre las semillas—. Pero ahorita no porque lo vamos a sembrar en la tierra roja, k'ankab, que es la suavecita. Este año no sembramos tanto maíz en el suelo con laja, porque el año pasado no se nos dio tan bien ahí. Entonces sembramos más calabaza. Ahora vas a ver que está lleno de calabaza, ajonjolí e ibes.
—¿Todas las niñas y niños vienen siempre? —pregunto.
—Hay chicos, como los más chicos que viste, que se van y luego regresan —interviene Óscar—. Y eso es genial porque todo esto es voluntario. Dejan de venir y luego regresan. A algunos a veces se les complica porque están estudiando. Y estos son procesos fantásticos, tienen dudas geniales. Y los cuidamos mucho, que estén y se sientan bien. Como ahorita, con Tavito, que escuchaste que falleció su perrito. Lo abrazamos y lloramos juntos.
Tavito, de ocho años, vino con su mamá, Yoli. La madrugada del 25 de agosto su perro murió envenenado. No pudieron hacer nada, no hay veterinarias en Cholul. Mientras recorremos la milpa, escuchamos un grito. Tavito se lastimó con una rama, la cual está clavada en su pierna derecha. María le aplica alcohol con un remojo de hierbas cicatrizantes, como el xkakaltun o el box Béek áak, pero el dolor no le permite avanzar con el cuidado. María, Tavito y su mamá suben a la camioneta y van hacia el pueblo.


{{ linea }}
Caminamos kilómetro y medio hacia una zona con unas palapas y veleta. Es una cooperativa con la que Mejen se alió, llamada Subinaj —compuesto por la palabra Subin, que es un árbol espinoso del género acacia, y la palabra naj que significa casa—. Leo en la pared de la entrada: “Porque la diferencia para nostrxs es para el encuentro amoroso/No para la dominación y el exterminio/Por eso seguimos empeñados en construir imposibles/Por eso estamos juntos”.
Nos sentamos en una palapa circular a conversar. Estamos —además de Óscar, Gaba y Katia, del equipo de Mejen— Escarlet, Teresa, Monserrat, Yolanda, Cindy, Licha, Aurora, Cecilia y Nely, integrantes de Mejen y de la comunidad de Cholul.
—¿Cómo ven representado el maya en su día a día? ¿Por qué es importante seguirlo hablando? —pregunto.
—Cuando hacen la vaquería. Cuando estamos sembrando o sacando miel. Es importante porque no toda la gente lo habla. A la gente de las escuelas ya no se los enseñan, se va olvidando —dice Licha.
Óscar replantea:
—Ku béeytal a nujke’ex ich maaya’e’. Ba’axten uts a t’anik le maaya’o’[1].
—K t’aan to’on way yúucatane’maaya, bey chichan kaaje’, k papa’ yéetel mamaje’ ich maaya k t’a’anle’ let kanaj[2] —contesta Nely, una de las integrantes mayores del grupo.
Les pregunto cuál es su frase o palabra favorita del maya, una que usen mucho. Escarlet dice ts’a wuk’u’ wáa (¿ya desayunaste?). Nely agrega in watan (mi esposa). A lo largo de la caminata hacia las palapas, conversé con Katia y Gaba sobre los niveles de profundidad de la lengua. Palabras cuya traducción al español es imposible por la falta de conceptos. Una de las palabras favoritas de Gaba —ambas, como el resto de Mejen, se comunican en maya— es óol, cuyo significado en español, de acuerdo con Óscar, es solo aproximado: lo esencial, lo que nos da vida.
En la palapa circular, Cindy cuenta que le gustaba salir con sus primos a jugar al jardín de su abuelo. Él era un médico tradicional, conocedor de las plantas de la región. A ella le puso dos apodos: Reinita y Viento del alux, sus conceptos favoritos.
—Tené in ábuelo ku ya’alikten chan xunan u k’aat u ya’ale’ u yiik’al alux[3] —explica Cindy.
—¿Qué es lo que más les gusta decir, cantar o gritar en maya cuando están en completa confianza entre ustedes? —continúo.
—Ko’one’ex óok’ot. Ko’one’ex múul kaambal[4] —empieza Escarlet.
—Ko’one’ex janal[5] —secunda Óscar.
—Ko’one’ex báaxal[6] —tercia Ceci.
—Ko’one’ex k’aay[7]—concluye Diana.
Conversamos sobre las tradiciones que les gustan de sus padres. O algunas cosas que les han enseñado. Escarlet pone como una de las grandes enseñanzas el Ko’ox kool, “Vamos a la milpa”. También ir a la ranchería con su familia y su abuelo José Ermilo Chan para torear un ganado y divertirse. Recuerda que una vez su abuelo se conmovió cuando vio una foto de ella sentada en un caballo. ¿Qué piensan sobre conservar y difundir el maya?, pregunto. Escarlet dice “orgullo”. Óscar dice “alegría”. Licha “que la motiva para seguir hablando en otros lugares, para que otros aprendan y les llame la atención”. Si encuentran a algún amigo que le da vergüenza hablar en maya, Licha le diría que no se desanime porque es algo que desde chicos les debe alegrar. Que es algo de ellos, que les pertenece y representa. Que es importante defenderlo para que se sepa, porque ya muchas personas no saben maya.
Ceci cuenta:
—Tene’ ku beetik in t’anik maya táanxe’ kúuchilo’ob ti’al u kaambalo’ob, ku ya’alaten jela’an in t’aan tumen bey k’aybile[8].
Sobre esa línea, Escarlet dice:
—Yaan k’iine’ te’ noj kaajilo’ob k t’aan maaya, ku k’áatato’on ba’ax k a’alik , ku ya’alko’obe’ jats’uts u yiliko’ob, ku ya’alko’obe’ u k’áat u kano’ob[9].
—Última pregunta. Si el maya tuviera color o forma física, ¿cuál sería?
—Ya’ax[10] —dice Licha.
—Ch’oj[11] —dice Óscar.
—Amarillo —dice Nely.
—Verde bajo o un sapo—dice Escarlet.
—Gris —dice Aurora.
Ante la posibilidad de mandar un mensaje lo más lejos posible, las integrantes de Mejen le dirían a la sociedad que vengan a Cholul a sembrar, a ver cómo viven: el pueblo, las casas de paja, el agua, las plantas, la tierra. El contacto permanente con la naturaleza. Les dirían que hay otro futuro posible.

{{ linea }}
Cuando Tavito vuelve con su madre y María, todos aplaudimos. Volvemos a la camioneta, a la brecha y a la milpa. El atardecer cae como un telón de fuego morado y rosa detrás de las torres de alto voltaje. María y las niñas y niños suben la colina. Al lado de las matas de maíz, miran hacia el horizonte. Los observo desde abajo. La escena es hermosa.
Leí en un libro de Fritz Glockner que algunas culturas prehispánicas ponían al pasado delante y al futuro atrás. Esto porque el pasado podían visualizarlo, mientras que el futuro, al ser absolutamente desconocido, es el que empujaba, el que hacía caminar. Pienso que con el pasado enfrente, en pleno acto de rescate para el futuro, los integrantes de Mejen T’aano’ob cultivan la memoria. Contemplan ese horizonte. Es el óol, lo esencial que nos da vida.

{{ linea }}
[1] “Si quieren pueden responder en maya.¿Por qué creen que es importante hablar en maya?”
[2] “Nuestra lengua aquí en Yucatán es la maya y como pueblo chico nuestros papás y mamás nos hablan en maya y eso aprendimos.”
[3] “A mí mi abuelo me decía reinita y me decía que era viento del alux.”
[4] “Vamos a bailar, aprendamos juntxs.”
[5] “Vamos a comer.”
[6] “Vamos a jugar.”
[7] “Vamos a cantar.”
[8] “Cuando hablo en lengua maya en otros lugares para que se aprenda, me dicen que mi voz en maya es diferente, que hablo como cantado.”
[9] “A veces fuera, en la ciudad hablamos maya y nos preguntan qué es lo que decimos, dicen que quisieran aprenderlo.”
[10] “Verde”
[11] “Azul”
{{ linea }}
%20(1).png)