Sombreros de huano: una conexión con las mujeres del pasado y del futuro

Doña Leydi, de Cuch Holoch, Yucatán, combina con maestría y convicción su oficio de tejedora de finos sombreros de hoja de palma y su responsabilidad como integrante de la Red de Promotoras Mayas de Justicia.

Fotografía:
Lilia Balam

En colaboración con la Fundación W.K. Kellogg


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Sombreros de huano: una conexión con las mujeres del pasado y del futuro
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Leydi del Rosario May vive en Cuch Holoch, a cinco kilómetros de su cabecera, Halachó, y a unos 88 kilómetros de Mérida. En su casa, tiene una cueva, y en ella teje sombreros de huano, una de las piezas más apreciadas de la artesanía maya, de delicadas fibras de hoja de palma. Pero esa cueva es algo más; es un refugio en el que se reúne con otras mujeres y comparte lo que aprende sobre derechos humanos. 

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No siempre su hogar fue también su lugar de trabajo. Cuando tejía con su madre, de joven, tenían que caminar varios kilómetros hasta llegar a las cuevas que les prestaban cerca de la salida de su comunidad. ¿Por qué las cuevas? No hay misterio: las fibras de huano necesitan ciertas condiciones de humedad y temperatura para trabajarse. Y cuando tuvo que recorrer esa distancia con un hijo tomado de la mano y el otro en brazos, supo que era tiempo de buscar una alternativa. La encontró más cerca de lo que imaginó. Junto con su suegro, Javier Yah Poot, comenzó a buscar cuevas más cercanas a su hogar, y “gracias a Dios” la hallaron.

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Hoy me cuenta su historia. Lo hace en su idioma: el maya, desde el lugar que ella eligió, su cueva. Y, aunque entiendo muy pocas de sus palabras, capto lo que comunica gracias a su mirada, al movimiento de sus manos, a su sonrisa. De hecho, otra mujer, Margeyi Collí Huchim, teje —sin fibra de huano— nuestra comunicación, pues ella traduce con cuidado las palabras de doña Leydi. Margeyi forma parte del Centro Alternativo para el Desarrollo Integral Indígena (Cadin).

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Doña Leydi teje mientras habla; no mira sus manos de movimientos hábiles, nos mira a nosotras. Su pericia es tal que no necesita fijarse en el sombrero que va tejiendo, dando forma. Y es que tiene 44 años de experiencia. Aprendió a los 10 años, y un año antes ya se interesaba en lo que tejía su madre, ya le hacía preguntas. Con cada fibra de huano que cruza entre sus dedos para hacer el trenzado siente que su mamá sigue viva, aunque ya no esté físicamente.

Su madre no le enseñó su arte por casualidad. Con toda conciencia le transmitió un saber que le serviría de sostén en la vida. Leydi creció sin la presencia de su padre; su mamá supo pronto que tendría que brindarle lo necesario en pro de su autonomía. Por descontado, sus tejidos fueron también una manera de apoyar a la economía familiar desde pequeña. Los sombreros que madre e hija hacían juntas, los vendían en las calles, y cada semana llegaba a su pueblo una señora desde Bécal, en Campeche, a poco más de 10 kilómetros, para comprarles. Todavía les vende sombreros a gente de Bécal que va a Cuch Holoch expresamente a buscarlos, pero esas visitas son cada vez menos frecuentes. Leydi cree que hoy los sombreros ya no le bastan como sustento económico. Ya no se venden como antes.

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Redituable o no su artesanía, el movimiento de las manos de doña Leydi no para. Teje por costumbre (algo mucho más importante que la rutina), porque la acerca a su madre y porque vender algo que sale de sus manos, aunque ya suceda poco, le da una satisfacción única, difícil de definir. La elaboración de un sombrero puede tomarle desde un día hasta semanas, según la complejidad del tejido. 

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Tejer ideas, conciencia, atrevimiento

Doña Leydi crea sus sombreros, pero también le da forma con paciencia a sus ideas. Vive un proceso de aprendizaje continuo, con estaciones en el camino. Arrancó en el momento en que comenzó a tomar los talleres que el Cadin impartía en su comunidad; siguió al integrarse a más talleres que la organización civil organizaba en Sihó (a alrededor de 14 kilómetros de su pueblo) y, finalmente, se consolidó al conocer otra organización, Equis – Justicia para las Mujeres, que la invitó a integrarse a la Red de Promotoras Mayas de Justicia. 

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Conviene conocer un poco más de la Red de Promotoras. El proyecto, que ya tiene un recorrido de alrededor de ocho años, se inició como un espacio de intercambio de conocimientos y saberes entre las mujeres de las comunidades. En él confiaban también sus problemáticas, y recibían orientación sobre qué camino seguir para lograr un mejor acceso a la justicia. La red evolucionó con el tiempo. En una segunda fase, el acento se puso en tejer alianzas y trabajar por la construcción de la paz, y se hicieron esfuerzos para que las promotoras mayas de justicia tuvieran mayor visibilidad en sus propias comunidades, de modo que toda mujer que fuera víctima de una situación de violencia supiera que podía acercarse a ellas para obtener acompañamiento en el proceso que fuera necesario. En la fase más reciente, se creó la Agenda de Acceso a la Justicia de las Mujeres Mayas, que tiene ya un convenio de colaboración con el Gobierno del estado con el fin de trabajar en la prevención, atención y erradicación de la violencia en comunidades mayas (por ahora, la demostración del compromiso estatal no ha pasado de la firma del convenio).

Aceptar la invitación a formar parte de la Red, y arrancar su formación para ser promotora maya de justicia, no fue sencillo para doña Leydi. Sus temores, en un entorno social e institucional poco receptivo aún a la diversidad lingüística, se originaban sobre todo en el hecho de que no sabía hablar español. Eso ya quedó atrás. Hoy me doy cuenta de que entiende perfectamente las preguntas que le hago en español, pero espera a que Margeyi se las diga en maya para sentirse más segura —y por respeto a su propio idioma, intuyo—. Cuando la traductora se va, me habla en español. Así, compruebo que ha desarrollado un segundo idioma y ganado aplomo. Su esposo también le ayudó a superar sus dudas ante el ofrecimiento de Equis – Justicia. Fue todo un compañero: la motivó, le hizo saber que él se haría cargo de sus hijos mientras ella se formaba y crecía. Gracias a esta lealtad conyugal, decidió aventurarse a acudir a un encuentro de mujeres con la organización. Ahí tuvo que vencer otro miedo: salir sola. 

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Dispuesta a enfrentarse a su miedo, tejió sombreros para juntar el dinero de su pasaje. “Me armé de valor”, dice. Una primera sorpresa: Equis – Justicia cubriría sus viáticos y, así, vivió su primera experiencia fuera del lugar que conocía de toda la vida. Fue reconociéndose cada vez más poderosa, al tiempo que aprendía sobre sus derechos.

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Antes se preguntaba qué era eso de los derechos. Ahora ella misma les explica a las demás mujeres con las que teje. Hoy sabe que tiene derecho a portar su vestimenta, a hablar su idioma, a una vida digna, a divertirse. Y que ante el sistema de justicia tiene las mismas garantías que cualquiera. Doña Leydi no se guarda todo ese aprendizaje. Lo comparte con su comunidad: con sus hijos, su esposo, las mujeres que tejen con ella.

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Las mujeres en la cueva le dicen que es rica porque han visto “que sale del pueblo”, saben que ha volado en avión. Pero ella contesta que no es rica porque tenga dinero; lo es porque ha aprendido sobre sus derechos, su autonomía, el poder de su participación como ciudadana.

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Un día llegó la oportunidad de acudir a un encuentro en la Ciudad de México. Doña Leydi llegó a contemplar la posibilidad de no ir. Aún creía que una mujer maya que no habla español no podía hacer ese tipo de cosas. Pero un abrazo de su hijo y tres palabras —“yo te apoyo”— fueron suficientes para hacerla cambiar de parecer. Ella no dejó que el miedo la detuviera, así lo cuenta. Y ese viaje dejó una huella poderosa: doña Leydi tomó la palabra en el Senado de la República. Esa mujer maya se expresó frente a la tribuna del poder, “así, con sus chanclas”, como ella lo describe. Se sintió fuerte y orgullosa de ser quien es.

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Encuentros como ese no solamente le permitieron aprender sobre sus derechos; también conoció otros saberes ancestrales dominados por otras mujeres, como el urdido de hamaca, medicina tradicional, elaboración de veladoras, repostería. Y eso potenció su motivación.

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Antes de formar parte de proyectos como el de la Red, su mente estaba cerrada. La educaron con ideas achicadas de lo que puede ser una mujer. Hoy se reconoce como mujer independiente, capaz de enfrentar y solucionar problemas. Y quiere que otras mujeres vivan todo esto igualmente; que, como ella, reciban ese alimento para el alma, ese reconocimiento de su poder.

Trenzar el futuro

El impacto de su poder no se quedó en el Senado, lo lleva hasta su pueblo, hasta su cueva. A sus compañeras les comparte que siendo mujeres mayas también pueden llegar lejos, y reconocerse como tales no debe detenerlas, ni hacerlas sentir menos. Al contrario: debe impulsarlas.

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Lo dice en sus palabras, pero sobre todo con el rostro iluminado dentro de la cueva. Entrelazar el huano también es reunirse con mujeres —y algunos hombres—. La pequeña gruta se convierte en un espacio para hablar, escucharse, compartir experiencias, acompañarse en las dificultades. Es el espacio, claro, que doña Leydi aprovecha para hablar de lo que aprende sobre derechos humanos, y orientarlas cuando se acercan a ella y se entera de que, por ejemplo, están viviendo algún tipo de violencia. Pueden ser demandas por manutención, violencia física, acoso: la tejedora se encarga de canalizar los casos hacia las organizaciones con las que tiene contacto.

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Además, doña Leydi forma parte del proyecto Tejiendo Sueños / Ji’it Naay, a través de la propia Equis - Justicia para las Mujeres. En donde aprendió a tejer, en Cuch Holoch, impartirá talleres de tejido de sombreros.

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Amplificar este saber, dice doña Leydi, es una forma de preservar la tradición y brindar a otras mujeres el mismo regalo que recibió: una herramienta para ser autónomas económicamente, y un espacio para la escucha mutua, el aprendizaje compartido. La ilusiona especialmente que otras mujeres jóvenes aprendan el tejido, pues sabe que llegará un momento en el que no podrá continuar con su trabajo como lo hace ahora, y serán las jóvenes quienes conservarán el legado de su madre. Trenza sus saberes hacia el futuro. Y dice: “Yo sé que el día cuando yo me muera, mi raíz no se va a morir”.

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